El cero imposible

Había tanto futuro por delante

que nada queríamos buscar atrás.

Fueron años

de hacer planes sobre la marcha,

de la prisa, del exceso,

de alimentar la impaciencia del diablo.

A nuestro alrededor el tiempo

crepitaba en constante incendio renovado

y allá donde estuviéramos pensábamos

que la acción estaba en otra parte.

Por eso siempre

hacíamos las cosas a medias,

estábamos en dos

-o tres-

sitios al mismo tiempo

o coincidíamos en cuatro

-o cinco-

momentos distintos en un mismo lugar.

Salíamos de noche

como pirómanos de cera

cumpliendo con una caótica liturgia

hasta el encuentro

del uno con el otro,

del otro contra el uno,

del padre con el hijo,

del hombre contra dios.

Exigíamos inmediatez a la vida,

conscientes

de que no siempre la muerte

se toma su tiempo.

A cambio,

la bebíamos en tragos rápidos

y rápido corríamos desnudos

el pestillo de los baños

en los bares,

a la caza

de una verdad que viniera de antiguo

y pudiéramos salvar

del fuego de afuera

con el fuego que fuese.

Así creíamos poner el contador a cero.

Y renacer.

Sólo ahora puedo verlo:

siempre volvíamos a empezar

pero nunca desde cero,

porque uno jamás pone a cero el contador.

Y eso se aprende cuando se pierde la cuenta

de las noches

que no se encuentran las ganas

para otro comienzo

y de los días

que uno tiene los ojos llenos

de motivos para no contar.

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