Vida después del tanatorio

Tanto miedo,

tanta historia y total para esto,

un pasar los días mirando el reloj y pidiendo

al árbitro de la calle la hora de la cama,

de dormir, de la evasión.

Tanto plan, tanta expectativa…

Llegar a viejos, joder,

ya no cómo, sino seguir con vida.

No ser uno de esos

de los que dicen que murieron jóvenes,

cuando aún no les tocaba,

que no era su hora.

Esquivar la mirada del profesor

para que no te caiga la pregunta

de qué quieres ser de mayor.

Alargar la agonía,

el deterioro, el fracaso.

Porque la vida no está

pensada para que acabe,

pero ese es su secreto,

su señuelo, su imán,

su inevitable desenlace.

Trepar huyendo del fuego que trepa,

nadar hacia un horizonte

-el que sea-

en busca de una orilla.

Comer sin hambre,

beber con alguien.

Lanzar al sol las piedras

que más tarde golpearán nuestro ataúd.

Vivir en otros,

dejar constancia,

firmar.

Cumplir con un mandato genético.

Fichar en las grandes victorias

y frustraciones de nuestros antepasados.

Olvidar. Mirar hacia adelante.

Restarle importancia a los primeros achaques.

Amar y ser amado.

Entender que más allá no hay nada,

darle a esto el tratamiento de Todo

y desaparecer,

resignarse al sueño,

relajarse en la mecedora del mundo

y dejar en el suelo un amasijo

de huesos y polvo

inerte,

a modo de un digno,

pequeño

sencillo

y redondo

punto final.

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