Latín

La última flotada fue con Pink Floyd, con esa pieza cósmica que abre el Dark Side llamada Speak to me/ Breathe. Giramos conmovidos, entregados sabiendo que era confirmadísima la última vez de un tiempo encantando que ni Shakespeare ni Neruda nunca habrían podido imaginar. La pista era la sala de estar donde muchas veces habíamos cocinado veganismo, donde habíamos incendiado los colchones y donde habíamos hecho apología del absurdo filosófico hasta las horas más altas de la madrugada, hasta los cronómetros tempranos de un día nuevo donde los almanaques se derretían como relojes de Dalí. Así fue, el último martes de un verano al mediodía. Hicimos el amor sin desnudarnos y nos despedimos de la fugaz excepción a la regla que marcó al fuego más imperfecto pero completo de los tiempos, de la materia que le dio un rostro humano y poético y real a la parafernalia posmoderna.

Antes había hecho un viaje, fue a Purmamarca. Y a toda la Quebrada, pero en especial a Purmamarca, un pueblito fascinante lleno de paisajes- de cultura- de colores- de vino- y de misterios.

Y antes del viaje las nuevas reglas marcadas por un final amistoso y un risueño incendio de papeles con los niños.

Antes habíamos sufrido un poco.

Y antes de sufrir yo abrí los archivos más penosos de mi alma.

Y antes de confiar en sus ojos la caída de mis Muros de Berlín le había ocultado una verdad inefable: quizás por tonto, por iluso, por la inexperiencia, por colgado, por cínico, por prescindir de una porción del mundo pretérito. O por esperar al tiempo. Y todas cosas malas y todas cosas de merdia.

Y antes transpirábamos lava de los cuerpos. Flotábamos dos días por semana. Cantábamos canciones en bolas y recorríamos las tres habitaciones de una casa ajena para coger sin frenos. Salíamos sin consumirnos. Nos emborrachábamos, y nos alimentábamos con sobredosis de risas. Trabajamos juntos. Y hablábamos más de una noche por teléfono. Derribábamos con nuestras espadas los mitos románticos y nos conocíamos más, para afuera y para adentro.

Y antes había hecho otro viaje, hacia el mar, semideprimido frente a la hostilidad de un trabajo mal pago y la incomprensión de sus actitudes y de las del mundo.

Y antes de aquel otro viaje su espíritu se había hundido en la miseria más cruel que puede padecer un ser humano. Y yo ya no podía formar parte porque su decisión era la de vedarme intervención en sus quilombos.

Y antes nos conocimos y nos entregamos y nos enamoramos sin saber bien cómo era, pero con las reglas claras: ni posesión ni dependencia. Libertad. Me sacudieron los cambiantes colores de su pelo, la luz activista de su feminismo, la desafiante y transparente convicción de vivir en un hoy que serpentea venenoso, la sensibilidad en la piel- de una personalidad que como torbellino avanza pero que a la vez se permite un momento para entregarse. Y entregarnos. Y aprender cosas mejor.

Y el alcohol de la segunda noche en una fiesta de disfraces donde su atuendo era un chantaje y yo me disfrazaba paradójicamente de niño. La primera gran explosión contenida por semanas, el principio de un amor que caminaba solo como un tren que se desliza.

Y una cálida visita al teatro.

Y el alcohol de la primera noche. Ella dice que fue una mirada mía y una invitación a dar una vuelta por San Miguel en un sábado que terminamos hablando de política, de arte y de las formas mientras tocaba una banda de heavy metal inaudita.

Y antes de eso: ¿qué puede haber?

¿y después?

Acaso una ciudad, un duelo, la conciencia de la fantasía

Y la fantasía de la conciencia

El sol iluminando cuerpos nuevos y labios distintos

Y el viento susurrando en la noche

La vida cargada de matices.

Un recuerdo tan vivo como irreal como imprescindible

La composición de un espíritu mío saliendo a la calle a recibir estímulos

Sin manual

Y una pausa. Un gran corte que enlaza versiones, que entierra muertes

Que infla el pecho y que grita con el alma sustantivos:

Amor. Vida. Poesía. Fuego. Y por sobre todo: perdón, siempre perdón. Y qué viva.

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