Cómo te rajaron, crack.
Nos mata, pero vos tenés que ser feliz.
Y te fuiste nomás. Te echaron crack. Con qué sutileza te sacaron de tu casa. El arte de la mentira, la manipulación. La estrategia del tiempo y el desgaste. ¡Qué juego tan perverso! Y eficaz, claro que sí. Porque lo consiguieron. Sos el más grande y te vas como uno más. Y todavía los giles repiten como loros adiestrados que lo único que te mueve es la guita. No importa que en la Paternal vayas a cobrar la mitad. No importa si en Brasil hubieras cobrado el triple. Te vienen rajando desde hace años, crack. Y te cansaste. Y lo lograron. Y te vas.
Tanto estúpido atrás de un escritorio. Tanto estúpido con un micrófono. Tanto estúpido que cree lo increíble. Y en Buenos Aires está el jefe, el “puppet master”, el que lo maneja todo, el que no te quiso nunca. Sí, el mismo que negociaba tu pase cuando vos no te querías ir. Ése que cuando le convino y se tuvo que hacer el piola, te regaló un topo gigio en miniatura. Qué simpático, ¿no? Ahí volviste con 28 años, en plenitud. No al Aleti, no al Milan, no a tantos. Volviste a casa y ganaste la copa solo, desgarrado.
Tenemos que pensar que aquella tarde noche contra Lanús fue tu despedida. Pero no quiero, no lo puedo creer. No te regalaron un arco, ni te hicieron un video, ni dejaron a todos tus compañeros muriéndose de frío bajo la lluvia para que te aplaudieran. No, vos te inventaste una despedida con la gente. Revoleaste una remera y besaste a todo el estadio. Tu última caricia al hincha.
Qué dolor, qué bronca, crack. Fuiste, sos y serás el mejor de todos. Fuiste, sos y serás bostero, como decís siempre. Pero te echaron. Te vas a poner otra camiseta, te vas a retirar en la Paternal. Qué lejos de la Boca queda la Paternal, crack.
¿Cómo puede ser? ¿Cuándo llegó esta gente a donde está? No se entiende, no se puede creer. ¿¡En qué momento tuvieron el valor de declararse dueños de la vedad, le ética, la moral y las buenas costumbres, y así crucificarte en nombre del bien (sí, esto increíble), de Boca!? Qué fácil, qué sencillo que es hacerse el boludo y olvidarse de repente.
Olvidarse de todo el placer que nos regalaste con esto de amasar la pelotita. De cómo le cambiaste el paladar al hincha de Boca, crack. Olvidarse de cómo te envidiaron los de enfrente, los primos. Sí, claro que sí. Si en realidad eras un jugador para ellos, de su estirpe. Puro talento, pura elegancia. El mejor diez en décadas. Te quisieron abiertamente. Pero no, te pusiste a llorar como un nene (eras un nene), y empezaste a entrenar en Casa Amarilla. Y cambiaste la historia.
Y así pasaron gallinas apiladas y los torneos domésticos. Pasaron brasileros que te cagaron a patadas y no te la pudieron sacar nunca. Y las Libertadores, crack. Y Japón. Y qué despiole que armaste ese día. Cuánto galáctico anonadado. Y sí, si vino el nene y se la pisó a todos. No les quedó otra que rendirse, entregarse y ver cómo de la mano de su botín Boca era Campeón del Mundo de nuevo.
Pero qué importa todo eso, si sos un quilombero, si te peleás con todos, si Boca es un cabaret.
No hay mucho más consuelo que saber que todavía te podemos ver inventando el fulbito. Con toda la tristeza, la congoja y el dolor, aquello ya no será usando la camiseta más linda del mundo. Ahora te tendremos que ver con la diez del bicho, jugando en el ascenso, desde la platea del Maradona. Y aunque duela, por cómo te amamos, deseamos que sea con toda la suerte. Porque vamos a seguir estando con vos; vamos a seguir alentándote; vamos a seguir disfrutando de lo que hacés. Nosotros no te vamos al olvidar. El tiempo, sin dueños atrás de un escritorio, te pondrán a vos y la historia donde corresponde.
Mientras tanto, que viva eternamente tu fútbol, crack.