Nintendo 64
Nací en 1996. Pertenezco a la clase media. Por esos años, mi padre emigró a los estados unidos y mi madre trabajaba en una empresa. Por las ausencias, mi abuela me cuidaba. Ella era una anciana de aproximadamente 60 años, católica, costurera y con apenas el segundo de primaria terminado. Sin embargo, era trabajadora y supo hacerse de su dinero mediante las chingas diarias y la administración de unos departamentos que heredó de su padre. Yo nunca conocí a mi abuelo. Mi madre tiene los apellidos de mi abuela. Mi madre tuvo un padrastro. Yo no sé nada de nadie.
Una vez, cuando me cuidaba, mi abuela me lanzó una botella de Coca Cola retornable en la cabeza. Otro día, me rompió un palo de escoba de un solo golpe. En el temblor del 99, yo me puse debajo de la mesa para cubrirme porque tenía miedo. Abuela, ven, aquí está bien, le dije. Ella me sacó arrastrando de la oreja. No sorbas la sopa. Lava bien los trastes. Barre también este lado. Pendejo. Inútil. Te quiero. Mi abuela.
Debí tener cinco, seis o siete años cuando mi abuela me compró el Nintendo 64. Él también nació en 1996, pero nos conocimos más tarde. Para ese entonces, los juegos de Mario ya tenían la fama que tienen ahora y el Mario Kart venía con la consola. Gráficos 3D, pistas en 3D, personajes en 3D. La vida en 3D.
Cursé el kínder y la primaria en la misma escuela. Estaba a una calle de mi casa. Mi abuela me llevó por muchos años. A veces yo me levantaba antes de tiempo y veía a mi madre que se iba. La veía desde la ventana. Le gritaba Caro, no te vayas. Caro, no me dejes. Y mi madre me decía que vendría, que no pasaba nada. Lloraba. Mi abuela me tomaba por la espalda y me hacía poner todo en orden. Límpiate. Péinate. Guarda tus cosas. Come algo. Vámonos. Mi abuela.
Ahora lo pienso y es más o menos así: mi abuela, una señora ya mayor para ese entonces, comprándome aquella máquina para divertirme porque alguien, nunca sabré quién, se lo sugirió. Parece extraño, increíble, pero fue así.
Jugaba cuando llegaba de la escuela. Me gustaba mucho Mario, Toad, Luigi, Wario. Jugaba antes de comer y antes de hacer la tarea. A mí me tocaba poner la mesa y hacer el agua de limón. Comíamos. Mi abuela lavaba trastes. Yo me ponía a hacer los deberes escolares y mi abuela tomaba una siesta o cosía o arreglaba cosas que se encontraba. Dame tu pantalón para hacerle el dobladillo. Pásame tu suéter. Dame esa camisa para ponerle el botón. Ven. Toñito. Mijito.
Mi abuela y yo dormíamos en el mismo cuarto porque no había otra cama. A veces, yo dejaba la televisión prendida porque me gustaba mirar las noticias. No entendía nada. Sigo sin entender nada. Me gustaba escuchar esos datos que, a veces, casi nunca, reconocía. Mi abuela dormía mientras yo escuchaba la tele. En realidad casi siempre esperaba a mi madre. Me acuerdo que si llegaba y yo aún no dormía, la acompañaba. Yo la veía cenar, ella me preguntaba cómo me había ido, cómo estaba, etc. Ya es muy tarde. ¿Qué haces despierto? Ay, Toño, mi hijo.
Caro, ¿jugamos? En la noche, como a las diez o a las once, mi madre se sentaba en el suelo para jugar Mario Kart conmigo. Ella escogía casi siempre a Yoshi porque le parecía tierno. Jugábamos. Le ganaba. Ella me decía que lo hacía muy bien, que qué bueno que no descuidara la escuela, que todo iba a mejorar, que de grande, yo iba a poder ayudarla con todos los asuntos legales y de dinero que traía rebasados. Voy a ser abogado para ayudarte, le dije. Mi madre reía. Carolina. Carolina. Carolina.
Mucho tiempo después, supe que ella jugaba Mario Kart cuando yo me dormía o ella tenía un rato libre. Es para practicar, me dijo. Quiero aprender. Quiero poder jugar contigo.
Carolina. Mi abuela. El Nintendo.
Cómo extraño a mi familia…
