Mogotes

Cuando llovía, el calor allí seguía.


Cuando era niño, en estas épocas más o menos, nuestro abuelo nos despertaba muy temprano para ir a pizcar maíz.

Desde que el maíz está maduro, con los tallos aún verdes, se corta y se apila en gavillas, una vez que se va secando, se va juntando en montones que nosotros llamábamos mogotes, una suerte de cono donde se dejaba por semanas hasta que estuviera completamente seco.

Ya cuando se secaba, era tiempo de la pizca. Nos levantaban entre cinco y seis de la mañana, nos asignaban un pizcador, que no era otra cosa que un trozo de cobre, moldeado como si fuese un anillo de un extremo y una punta curva del otro, de tal forma que se colocaba en la mano, en el dedo meñique el aro y el otro extremo pegado al pulgar. Al ir cogiendo la caña del maíz, se tomaba la mazorca y con ayuda del pizcador, se obtenía el maíz ya sin hoja.

Este proceso tenía dos variantes: la primera y más sencilla es que toda aquella mazorca de tamaño irregular, era desprendida de sus hojas y almacenada en costales para su posterior almacenamiento y desgrane. La segunda y mas compleja, consistía en arrancar con todo y hojas aquellas mazorcas de tamaño más grande y uniforme; se ponían en costales cafetaleros (de raspa) y se transportaban para su almacenamiento. Con el tiempo y como se fuera necesitando, dichas mazorcas se apilaban y se rociaban con agua para ablandar las hojas y poder deshojar una por una: separadas entre hoja blanca y hoja sucia, la primera para su empaque para venta a quienes hacen tamales y la segunda en cantidades mas grandes para su venta a quienes venden pescado cocido.

Normalmente de este segundo grupo se escogía la semilla para sembrar el siguiente año… eso se hacía desde tiempos inmemoriales, antes de que existiera la semilla trasgénica, que sólo es útil para una cosecha.

Así era año con año, cuando llovía, hacíamos un hueco en los mogotes para protegernos del frío y el agua, hacíamos nidos para mantener el calor. Ahora que estuvimos en nuestra tierra nos da tristeza ver cómo cada vez hay menos siembra y mas cemento, como la ciudad nos está alcanzando. Más gente y menos autosuficientes.

Así las cosas, aún con ello, sobreviven los mogotes, algunos.

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