Guía para vivir un año completo.

Me casé el mismo año que los sismos afectaron a un número importante de personas en mi país.

Durante los últimos 12 meses he tenido la fortuna de compartir y leer distintas tesis sobre lo que es valioso, sobre el porqué de la vida y cómo llevarla de la mejor manera.

En este lapso un tema recurrente ha sido la conciencia, como sistema de autoreferenciación, como cualidad primordialmente humana, como moneda de cambio desde la filosofía hacia las ciencias exactas y la memoria como su fiat.

Sin memorias nos resulta muy complicado tejer argumentos para la existencia de la conciencia. Necesitamos recordar aromas, imágenes, palabras, debates, afectos. Necesitamos construir nuevos mundos al contraponer los conocidos. Pesar cada mundo y acudir a escalas que los ordenen, que nos permitan situarnos entre lo humano y lo a-humano.

Cada que prestamos atención a los ingredientes de nuestros platillos, cuando creamos una playlist en Spotify con un sentimiento como escenario, estamos dejando huellas en la arena. Estamos sometidos a la inminencia del océano, pero tenemos esos instantes donde le ganamos.

Es más, los debates morales sucumben ante la fragancia conocida de una infancia que habíamos olvidado; la política se pausa ante una trama memorable, el sujeto desaparece, el cuerpo desaparece, como teorizó Foucault, cuando estamos absolutamente inmersos en la vida.

Así quiero recordar mi 2017. Intenso como fue. Pero tampoco quiero pedirle más. Nos dio todo lo que tenía. Este año nos regaló el presente. Y nos reafirmó que existimos.

(Curiosa coincidencia lingüística, existimos, en presente y en pasado se escriben totalmente igual)
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