Ni Žižek ni Peterson. Más allá de la ideología de la felicidad.

Lo que inició como una provocación en Twitter culminó con la organización del evento: “Felicidad: Capitalismo vs. Marxismo”. Los 3,000 asistentes y miles más de espectadores remotos nos quedamos con más tarea que soluciones.

“Uno no puede tener la casa en orden, porque la sociedad no está en orden”. Zizek a Peterson.

Conozco a pocas personas que creen que es un buen plan pasar tres horas viendo como pelean un filósofo misántropo marxista hegeliano con un psicólogo conservador canadiense, autor de teorías que equiparan la jerarquía del hombre blanco con una langosta.

Si tú eres una de esas personas puedes sazonar tu día escuchando el debate entre Slajov Zizek y Jordan Peterson. Frente a una audiencia en vivo, estos pensadores hicieron uso de las emociones que acompañan al capitalismo y el socialismo, tratando de no dejar fuera el concepto de felicidad, que era el tema central por el que miles de personas pagaron un boleto de casi 300 pesos.

En un camino cimentado sobre el significado de la responsabilidad individual, la persistencia del sistema económico e incluso la compleja relación entre ideología y nuestros vicios de pensamiento, ninguno dio un golpe certero, aunque los aplausos de sus seguidores podrían sugerir lo contrario.


Ambos se presentaron a la cita con su peculiar carisma, listo para ser desplegado en un encuentro para la posteridad. Y cómo no habría de serlo. Estamos en un momento histórico de búsqueda. Muchos de nuestros líderes no se comprometen a respuestas claras o generan doctrinas simbólicas que son incapaces de aterrizar en un programa de acción.

La nueva realidad hace que las palabras sean gratuitas pero las conexiones profundas escasas. La tecnología ha permitido que encontremos la información en poco tiempo, pero no nos ha dado las herramientas para determinar de manera autónoma qué hacer con ese poder. Más aún, ante los mares de contenido aparecen intérpretes como salvavidas. Los jóvenes encuentran en figuras como Alejandra Ocasio-Cortez paladines para la re apropiación de conceptos mientras muchos adultos navegan huérfanos un océano de nuevos paradigmas de pacotilla.

Pareciera que la misión es simplificar lo complejo para facilitar la vida, que es de por sí ya complicada. Con todo y eso, a veces quienes hacen esta tarea por nosotros (empresas, líderes sociales, gobiernos) lo llevan hasta un extremo que nos vuelve temerosos. Sabemos que queremos una vida mejor, pero no estamos eligiendo qué significa esa vida, o qué estamos dejando fuera para llegar a ella.

El llamado de Peterson es entonces a ordenar la casa, a retomar valores conservadores que nos hagan mejores líderes, mejores personas. El truco en su pensamiento se esconde detrás de interpretaciones simplistas de hechos biológicos y evolutivos. En su necesidad de descomponer el discurso identitario permite un guiño a ideologías supremacistas. Slajov, cansado de la corrección política, es seducido a desestimar cualquier crítica bajo la idea de que no conocemos a Hegel y a Marx tan bien como él. Es sin duda más ágil con las palabras, pero fiel a su estilo, no le interesa dejar alguna idea bien anclada.

No son ellos quienes podrán darnos un mapa para salir de nuestra Narnia contemporánea. Tal vez sin pensarlo optaron por dejar en nosotros la exigencia de reflexionar -aquí un buen lugar para empezar-, coger alguna de las nociones que sacudían frente a la audiencia para llegar a decisiones que nos permitan construir jerarquías propias sostenidas por el pensamiento crítico.

Lo que recordaremos en algunos años no son los memes, ni mucho menos la forma como llegó a darse este encuentro. De todas las reflexiones posibles, me gustaría recordar que en una época turbulenta, la mejor manera de ordenar nuestra casa, es con autocrítica y una comunicación abierta hacia otros.


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