To live is to perform.

vemos de reojo el Instagram de una persona promedio, encontramos que mucha de la filosofía pop de esta época reafirma la autonomía del individuo en la construcción de su “estilo de vida”.

Para ello, el sujeto tiene la capacidad y obligación de actuar en concordancia con aquello que le satisface. Seguir sus pasiones y conquistar sus sueños.

Ante esta demanda y tras avanzar en el libro “Ways of curating” de Hans Ulrich Obrist, considero que podríamos explorar la opción de ordenar nuestras vidas en el plano de la curaduría y no solo como artistas insatisfechos.

Según Ulrich, la etimología del curar -curare- implica cuidar de algo. Originalmente eran los puentes, acueductos y demás obras públicas que la antigua Roma brindaba a sus habitantes. Con el paso del tiempo se abrieron cuatro roles para la función del curador.

Primero, la preservación de la herencia nacional. En segunda instancia, la selección de nuevas obras que acompañen las ya resguardadas. Después, la contribución a la historia del arte por medio de narrativas y por último el montaje de estas, ‘exhibition-maker’ que es el rol más alejado del ‘caretaking’ pero el más comúnmente adoptado hoy en día.

Así pues, si fueramos curadores de nuestra vida podríamos iniciar un diálogo interno -como el que tiene el curador con el artista.

Este diálogo debería definir qué de nuestros rasgos de identidad queremos preservar al pasar de los años. Después, con nuestras decisiones, incorporar nuevas formas de autorrealización, nuevas obras que acompañen las primeras memorias y nos permitan construir una narrativa, una historia de nuestra vida. Al final, todos estos pasos deberían desembocar en la posibilidad de exponernos, de hacer un performance. Y aquí utilizo el anglicismo por el doble frente que permite. Es la realización de un ideal, pero también la representación del mismo. Es el hacer y el volver a hacer. Objeto inacabado de un destino trazado.

Para añadir una capa más a la analogía, el curador se transformó de la mano de los espacios destinados a su incidencia. Es decir, originalmente el arte era un privilegio de castillos y aristócratas, pero con el tiempo se abrieron museos y galerías promovidos por los estados democráticos, donde las multitudes podrían conocer e interactuar con las piezas. Más aún, la instalación podría formar parte de la narrativa, de ese diálogo entre artista y espectador.

Así pues, en una sociedad y cultura sumergidas en la inmediatez, nuestra vida forma parte de ese espacio y se democratiza. Y con esto no quiero decir que su validez emane de la posibilidad de ser exhibida, así como una obra de Miguel Ángel no requiere ser vista para tener valor. Pero es viable buscar un camino de realización que nos coloque como sujetos de nuestra propia interpretación, artistas-curadores y no solo creadores, en un mercado de sentido.

¿Y por qué digo que podríamos vivir como curadores?

Porque una exposición bien curada permite incorporar la noción de Édouard Glissant, donde habremos de promover nuestra adaptación a través de la interacción con los otros, sin perder o diluir el sentido de identidad [change through exchange with the other without losing or deluding my sense of self].

Cuando decidimos curar nuestra propia vida, no solo es vivirla, sino cuidar de ella a partir del aforismo de Gabriel García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.”

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