Chernobyl, Venezuela y una forma de creer en las ruinas

Imagen de Ángela Bonadies

La cantidad de radiación que se regó en Chernobyl fue equivalente a trescientas cincuenta bombas como las que se lanzaron sobre Hiroshima. Pero, camaradas, el país estaba normal. Prohibida la duda, era absurdo que el átomo de la paz, la máquina heroica, se hubiese derramado sobre su gente como fuego venenoso. Decirlo era una locura y quien lo evitaba no era tanto una llamada superior sino un impedimento íntimo: imposible cavar la tierra para sepultar a los propios dioses.

Después de leer Voces de Chernobyl me quedó la extraña sensación de un viejo silencio compartido. A mí, que tengo tiempo pensando a qué oponerme, viendo desde la distancia el desastre moribundo que terminó siendo el chavismo. El libro de Svetlana Aleksievich me llegó en un momento de virulenta desazón con esa trampa que llamamos izquierda. No diré la continental, pero la propia, la tragedia de una izquierda petrolera.

Obamas en La Habana, foto oficial de la Casa Blanca, caballero

Terminé Voces de Chernobyl el día en que Barack Obama aterrizaba en La Habana y saltaba charquitos para no mojarse junto a su esposa Michelle y toda una alegre comitiva que sostenía paraguas como protagonistas de una película imposible. Lo cerré en un momento en que busco ponerle nombre a un fracaso. En el que no me pueden volver a pedir que crea en una guerra entre las corbatas y el pueblo oprimido. Porque no ha pasado al poder ninguna lucha justa. Se han puesto la prótesis de una retórica solo para ver a los pobres llorar el día que se mueren sus excusas gigantes.

No me pueden pedir que crea en una ideología como forma de administrar el rencor o como una técnica para coleccionar chompas de tejido indígena. Un firmamento barbudo de estrellas rojas que al final solo han sido humanas en su carisma y en sus perversiones. Hay un catecismo de la escasez, de la contingencia pedigüeña. Resista, camarada, que vienen tiempos mejores; aguante, compatriota, que la patria se lo pide; muera compañero, que el futuro será un gran abrazo colectivo. El sufrimiento como estilo de gobierno encuentra en lo precario una nueva manera de declarar la guerra.

Un testimonio de Voces de Chernobyl es especialmente demoledor, el “Monólogo sobre el poder ilimitado de unos hombres sobre los otros”, firmado por Vasili Borísovich Nesterenko, exdirector del Instituto de Energía Nuclear de la Academia de ciencias de Belarús. En cuatro páginas se nos revela la configuración del hombre nuevo, aplastado por una “combinación letal de ignorancia y corporativismo” donde el silencio y el miedo pisotean el alma. Y, de paso, ponen en riesgo a todos: “en un país donde lo importante no son los hombres sino el poder… la prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la vida humana se reduce a cero”.

Ya sabe qué hacer cuando se pregunte por qué el gobierno no hace nada por la escasez, por la inflación, por la inseguridad, por qué sentimos que a nuestro alrededor se derrumba todo y no hay una voz sensata. Piense en el poder, aunque esta vez se vista de rojo.

Una imagen tras la otra revela el modelo: mátense barriendo escombros radiactivos y reciban de regalo un afiche del gigante Stalin, tomen estos dosímetros rotos para que puedan seguir creyendo, repártanse como puedan su heroicidad, sus embutidos envenenados y su vodka porque la historia los aguarda. Esto ocurre en 1986 y el libro se publica por primera vez en 1997: “Todos éramos parte de este sistema. ¡Creíamos! ¡Creíamos en unos grandes ideales! ¡En la victoria! ¡Venceremos a Chernobyl!”. Y otra voz que va hacia atrás: “Han pasado cincuenta años, solo cincuenta años. Ahora a mí también me parece que son otros quienes gobiernan el mundo, que nosotros, con todas nuestras armas y naves cósmicas, somos como niños”.

Muchas veces me he preguntado si en la retórica tonta del despertar de los pueblos, el folklorismo programático y el militarismo de cartón no hay una estrategia de dominación aún más perversa: la que se acoraza en el ridículo. Esa ha sido la forma que ha tomado el chavismo que habla con pajaritos, mientras los venezolanos quedamos encerrados en nuestras propias miserias y nos prometen salvar al mundo. Nuestros cosmonautas no llegaron a despegar, pero sí un satélite patrio — esa barajita la tenemos — y un cancerígeno comandante que solo supo oler el azufre en estrados ajenos.

De una cosa se han sabido adueñar: de las palabras. Nadie como ellos para erigirse como administradores de la patria, del pueblo y del sentimiento. Toda una teología nacional fundada para hacernos creer que pertenecer a un país es obedecerlos.

En Voces de Chernobyl el hombre nuevo debe hacer su luto más catastrófico, mientras en la cuenca Caribe, en el 2016, nos decidimos si ponerle o no la alfombra roja a la planta insolente del extranjero. Es extraño y doloroso vivir estos coletazos de la historia. Pero nadie aprende por quote de Bolívar ajeno.

Edit: gracias al interés de JM, a quien agradezco,una versión editada de este texto se publicó después en Gkillcity

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