En medio de tanto sonido que termina siendo ruido, de prisa, que termina convirtiéndose vértigo y de las relaciones sociales (y de alta sociedad) que terminan transformando cualquier reunión en una millonaria ronda de negocios, el silencio, el hablar pausado y el mirar a los ojos con atención y ternura terminan retumbando, aun más que aquella música “funcional” que envuelve a los eventos, incluso a aquellos en los que solo estamos de paso, para trabajar, para formar parte sin ser parte; ni del ruido, el vértigo, la rueda de negocios, pero tal vez si de aquel trago, subido en costo, que no beberíamos un martes cualquiera.

Fue esa pausa atenta, ese silencio de quien espera aliviar una pena escuchando, esa mirada tierna que se fijaba en los detalles, ojos, manos, cabellos, pies, sonrisa. Esa caricia en la cabeza, esa orden de parar un segundo todo. “Veni, traele algo de comer”, fue ese momento de calidez humana dentro de tanta frivolidad, el que terminó robando toda mi atención.

Vi a un niño, como lo fui yo (y como vos, obvio, hace mucho) que buscaba algo inalcanzable, dentro de un mundo imposible para él. Un niño que por los rasgos del polvo en las manos, en los pies y el pelo, marca sus días de infancia entre el hambre, la desilusión y una vida de negación permanente: “no tenemos”, “no podemos”, “no es para nosotros”, “nosotros no podemos”. Un nene que no espera nada, que sabe que no recibe nada y lo peor, que dentro de su corta edad sabe que no va a recibir nada. ¿Te pusiste a pensar que dura puede ser la vida para alguien que no tiene expectativas?

Probablemente vos, fuiste la única persona que se tomó el tiempo necesario de preguntarle su nombre y que quería, (la única en los últimos meses incluso) es que niños como él, solo son parte de la escenografía que no se ve con los vidrios arriba.

Sin darte cuenta, casi como una intuición, le escuchaste y le diste la oportunidad de vivir y cumplir lo que él deseaba casi como una travesura, casi como una osadía, tocar algo que era de los grandes, tocar algo que no era de su clase social y mucho menos para la realidad de su familia. Lo quería hacer por inocente, por esa irreverencia de ser niño. Era tan grande su ilusión, que se olvidó que ese mundo no era suyo, se olvidó de las diferencias sociales y pidió una oportunidad. Vos, le regalaste esa oportunidad.

Sin que pasen 24 horas, él se fue, presto a vivir su realidad aumentada, a tocar ese mundo en el que no necesita nada, ese mundo en el que sin tener dinero, pudo pintar con una brocha virtual, un mundo que tal vez no vivirá, pero lo soñó o alguna vez imaginó, tal vez para hacer pasar el hambre. Una experiencia que no duró más de 30 minutos, pero le pudo cambiar la vida.

Eso se llama cambio de expectativa, por unos minutos, no importa cuántos, cambiaste las expectativas de un chico que vivía sin ellas. Le diste igualdad, ante todos, eliminaste sus diferencias sociales y le diste la chance de CREER, que hay algo mejor al hambre, a la indiferencia y a las monedas que le puedan dar. Le diste una historia que contar a sus hermanos, mamá o papá si los tiene “ajapo nio mamá petei mba’e naimo’aiva” (hice algo mamá que no creía) le diste una experiencia que contar. Le cambiaste la expectativa, le diste una arma fundamental para que el pueda continuar la vida de otra forma, un arma que se llama ILUSIÓN ¿Imaginaste una vida sin ilusión alguna vez? Le dista unas gafas para que pueda mirar la vida con otros ojos, para que sueñe con cambiar la oscuridad por luz, lo gris por color, le diste unas gafas que hasta hoy para él, son de realidad virtual, pero mañana podrían ser para una realidad mejor.

Hiciste que una acción montada para clientes que no tienen menos de 500 mil dólares en sus cuentas, termine siendo una acción humanitaria para mover ideas en una cabeza que solo movía necesidad.

Nos diste una lección a los pocos que pudimos darnos cuenta del detalle, en silencio y a la distancia.

Y aunque para vos, pueda ser una exageración, hiciste que siga valiendo la pena pensar que las pequeñas acciones cambian el mundo.

Ahora imaginate un corazón. Uno que vive, convive y sobrevive de la misma forma que ese chico. Con el mismo rastro de polvo por el abandono, la misma falta de ilusión, de sueños, de expectativas. Uno que vive en ese ruido, vértigo y rodeado de esas relaciones que lo terminan frivolizando todo, uno que vive sumergido en la música funcional que confunde las palabras. Un corazón que no esperaba nada.

Ese era el mio, el que vi reflejado esa noche. En la misma noche que encontré a quien me dio esa mirada paciente, me miro como quien alivia la pena de otro escuchando con atención y me dio las armas para cambiar mi forma de ver las cosas, para cambiar mi corazón, para cambiar MIS EXPECTATIVAS. Esa noche, en ese lugar, ahi donde formaba parte, sin ser parte, decidí abrir mi vida, para permitirme buscar mi propia realidad virtual, mi propia realidad aumentada.

Con el tiempo me doy cuenta no solo del valor de esos gestos, hoy me doy cuenta del coraje que tienen las personas para seguir creyendo en el amor, aun cuando este le hizo perder las expectativas.

Hoy siendo el número par de mi días, la parte tierna de mi carácter, el lado inteligente de mis decisiones, la firmeza de mis acciones, la parte con más sueño de mi rutina, el pañuelito en la mesa de luz y un par de zapatillas verdes, me ayudaste al volver a creer que el amor se construye todos los días de pequeñas cosas, tan pequeñas como aquellas que cambian al mundo.

TG.

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