Barroco Low-Tech

La dicotomía de lo apolíneo y lo dionisíaco desarrollada por Nietzsche es un modo de ver la historia de la práctica arquitectónica, donde ésta posee un comportamiento pendular, oscilando de períodos abigarrados, barrocos y desbordantes hacia austeros, minimalistas y ascéticos, y visceversa. La modernidad aceleró los vaivenes. La posmodernidad los precipitó.

Lo barroco low-tech está en el merchandising que una empresa multinacional regaló a sus clientes el año pasado, en el cotillón con leds usado en una fiesta de casamiento descontracturada, en una pareja de hipsters comiendo sushi de alguna cadena de comida asiática, en una IT girl vistiendo una remera souvenir de algún parque temático de los 90s.

La generación post-millennial y post-paramétrica en su mayoría: funcional a la experiencia de usuario de Snapchat, experta en curaduría de estilo de vida en Instagram y que todo lo entiende como a e s t h e t i c s — reconoce su yo como una composición de lo físico y lo virtual ponderados en igual importancia. Aun así, en su mayoría, este conjunto no comprende lo que un servidor proxy o un blockchain, poco sabe de programación -en relación al tiempo invertido con dispositivos programados — y recuerda someramente que existe algo llamado deep web por un documental de Netflix que miró dos fines de semana atrás.

Las destacadas, anglosajonas y mediáticas casas de estudio, dirigidas por la heterogénea generación de fin de milenio (arquitecturas del exhibicionismo, del constructivismo, de la reconstrucción y deconstrucción, de la forma liberada) alzan el estandarte del parametricismo como la pedagogía avant-garde. Es la generación fascinada por lo high-tech, resabio del Archigram y el Metabolismo Japonés, evangelizando sobre una generación que a tientas responde a otras motivaciones, también heterogéneas (arquitecturas de emergencia, de periferia, del infill, del patrimonio, de lo sensible, de lo fenomenológico) y que también ws capaz de simpatizar con el carisma siniestro de los escandinavos y el ascetismo puro de los as áticos. Irreverente y políticamente correcta al mismo tiempo. Definida por la cultura del like , conmovida por la pobreza urbana, encandilada por la riqueza pero indistintamente hambrienta de reconocimiento constante y efímero.

Oficinas jóvenes y emergentes de arquitectura prefieren modos de representar originariamente predigitales, abstractos, inexactos y caricaturescos que abogan por lo fenomenológico y lo naïve, donde no todo es decodificable. Oficinas jóvenes y emergentes de arquitectura abrumadas por lo hiperrealista le escapan críticamente al render. El render y su capacidad de crear falsas realidades son una postura política contundente en un contexto donde la arquitectura se ha transformado en un bien comerciable. El collage y su interpretación subjetiva es un intento de hacerle frente a dicho contexto a partir de las experiencias fragmentadas. El render comunica a los clientes y el collage, a los arquitectos.

La preexistencia de imágenes hacen a la creación. El collage se concibe como una multiplicidad de preexistencias. Alimentado por las redes sociales, el collage no es una mera producción gráfica, sino un método proyectual. Cuando la creación se encuentra acabada y haya sido publicada en la red, un adecuado registro visual retroalimentará la lógica collage. Fotografiar criteriosamente algo hace la diferencia. La imagen es importante.

El objeto también es importante. La (sobre-)teorización y lo efectista de la arquitectura funcional al neoliberalismo de las últimas décadas del siglo XX tuvo su impacto en espectacularidad sin calidad. Se olvidó cómo construir, de que el arte es saber hacer bien algo. Todavía se intenta recordar cómo construir: objeto no es tan perfecto como imagen, aunque a veces lo aparente en las publicaciones, beneficiadas por el encuadre, la posproducción y una lente tilt-shift.

Las sucesivas crisis económicas en los países dominantes, la masificación de la educación de grado, la excesiva cantidad de graduados que excede la oferta laboral y, quizás, una motivación por el rol ético de la profesión han hecho que, en un mundo donde lo high-tech, (digital, virtual, inalámbrico, automático) se extiende alrededor de nuestras vidas, sea lo low- tech lo que caracteriza en verdad a la nueva generación de arquitectos. Y en cierto sentido, es lo high-tech que permite la preponderancia de lo low-tech. El arquitecto artesano del siglo XXI, beneficiado por el abaratamiento de las tecnologías de control numérico, produce lo que proyecta. El arquitecto gestor del siglo XXI, beneficiado por la globalización y la Internet, proyecta a distancia y produce globalmente.

El arquitecto como artesano interdisciplinario, como diseñador-productor, como gestor-activista de sus propios proyectos. De la cuchara hasta la ciudad, no como en la Bauhaus. No como una preocupación ética, sino como una necesidad de supervivencia. La cuchara es llana, realista, de rápida producción y venta, económica, mercantilizable. La ciudad es compleja, utópica, procedimental y burocrática, costosa, improductiva. El arquitecto hace cucharas para llenar el bolsillo y ciudad, para el espíritu. Hace cucharas y ciudad indistintamente, ambas con las herramientas al alcance de su mano, donde el taller de construcción y la oficina de computadoras conviven en un mismo espacio, no solo como una búsqueda estética sino como una necesidad.

La contemporaneidad inmediata anuncia una arquitectura barroca de representación y low-tech de edificación donde se pretende que imagen y objeto sean igual de perfectas, siempre imagen antes que objeto bajo la lógica de la posverdad.

Texto publicado en Engawa #21