El mundo ha cambiado dramáticamente y no tuvimos tiempo aun para ver si lo que estamos enseñando es lo que el mercado necesita. Una reflexión de la situación actual y una mirada hacia las próximas etapas: ¿cómo debe ser el diseñador del futuro?
¿De dónde venimos?
Como un hijo que hace la pregunta impertinente e imposible
de no responder es como creo debo iniciar este
ensayo.
Si nos remontamos al ADN de nuestra profesión, encontraremos
seguramente una inmensidad de historias de
artistas naturales y oficiosos iluminados de buenas intenciones,
dotados de un gran talento que fueron insertándose
inconcientemente en una maquinaria productiva
en plena formación.
De la imprenta de Gutenberg hasta no hace tanto tiempo
atrás, el genio y las artes aplicadas eran admiradas y
respetadas por el mercado, necesitados y buscados por
sus procesos formativos; pertenecientes a clanes donde
los maestros transmitían a sus discípulos el tan mentado
fuego sagrado.
Tenían un eje motor llamado proceso: al inicio, allá a
lo lejos, comenzaban como aprendices de alguien para
seguir el legado de su maestro luego de su muerte.
Si nos acercamos en el tiempo y fijamos el punto en la
revolución industrial nuestro personaje seguirá teniendo
con sus más o con sus menos una relación con este
proceso formativo y de relación con el mercado laboral.
Finalmente, ya en la segunda parte del siglo veinte extendiéndose
hasta casi su final, nuestros trabajadores
-artistas gráficos- siguieron legando su conocimiento a
sus pares de forma íntima y natural.
Si nos fijamos en el perfil del trabajador primitivo hasta
el que llega a los años noventa nos encontraremos con
un vector común llamado legado, que para ser obtenido
requeriría de ser aceptado por la gran familia. Luego de
demostrar capacidad y paciencia, pasaríamos al estado
de pertenencia y con el tiempo a la conducción de los
designios de un nuevo aprendiz.
¿Qué cambió?
A nuestro entender, la democratización introducida por
la irrupción de la tecnología y digitalización del quehacer
fue el factor fundamental para que este proceso
formativo se transformara con semejante radicalización.
En este sentido, observamos que la generación bisagra
que abarcó toda la década del noventa no desnudó problemas
aparentes ni tampoco evidenció distorsiones y
mal diálogo con el mercado. Se podía entender que el
trabajo de tablero había terminado para pasar al trabajo
en un ordenador, donde se simplificaban los procesos y
profesionalizaban las tareas.
La idea del aprendiz seguía dibujada aunque un poco
desteñida, dado que los maestros ya no eran pares que
manejaban los lápices, que mostraban sus uñas y dedos
sucios de tempera o grafito; sino, por el contrario, eran
provenientes de la informática, la programación, que
encontraban en el desktop publisher un nuevo camino
mucho más dinámico y seductor al que estaban desarrollando.
Asimismo, las imprentas incorporaron equipamiento
de fotocromía, se digitalizaron y los fotocromistas compraron
máquinas impresoras y también se digitalizaron.
Incorporaron operarios muy jóvenes con mucha capacitación
técnica para luego -ya sobre los albores del nuevo
milenio- empezar a reclutar dentro de sus filas egresados
universitarios de la carrera de diseño gráfico.
Otra gran aparición en el mercado fueron los centros de
copiado y la gran fiesta de franquicias que daban una
oportunidad de negocio jugoso a gente que no tenía relación
alguna con este medio.
Las empresas también sufrieron cambios, las agencias
de publicidad se vendían, fusionaban y nacían las boutiques
creativas, incorporábamos la palabra socio estratégico,
la estructura de agencia se desarticulaba y esa
gran pirámide alimentaria se desplomaba como un gran
castillo de naipes para transformarse, reconvertirse y
evolucionar en un nuevo orden.
Con el nuevo milenio llegó la explosión de Internet y
la banda ancha. El cliente había ya dejado de saber e
interesarle dónde se hacía su trabajo y, poco a poco, dejó
de preguntar cuántos eran los que formaban una empresa.
Los estudios de diseño se multiplicaron en pequeños
espacios de directores de artes o diseñadores recién recibidos
con un computador que hacía lo que hasta ayer
hacían más de seis personas.
¿A todo esto cómo era la formación académica?
Para aquel entonces, antes y durante los noventa, existían
en la formación secundaria las escuelas técnicas de
artes gráficas como la Fernando Fader; a nivel terciario,
la Universidad Nacional de La Plata y, como nueva opción,
la Universidad de Buenos Aires dentro de la Facultad
de Arquitectura. En el ámbito privado solamente
existía la escuela Panamericana de Artes, hasta donde
tenemos registro a grosso modo.
Lo importante de esto es ver la dimensión de la enseñan
za a no más de veinte años atrás, donde la oferta era la
que la sociedad y el mercado reclamaban.
Hoy, esa proporción se sobredimensionó en forma desmesurada:
la proliferación de gente con ganas de ingresar
a universidades con la idea de ser diseñadores se
multiplicó por números que mejor no traer a estas líneas.
Podríamos decir que el aprendiz desapareció porque el
maestro murió. No hay más legado que transmitir, todo
está disponible allí, sólo hay que dar ENTER y el ser
comenzará a incrementarse en porcentuales cuan barra
de progreso de un soft en instalación.
Nuestro cliente también comenzó a poder
El mercado creció y comenzó a necesitar de diseño aplicado
a vidrieras, volantes más vistosos hasta llegar a los
sitios Web, entre otras cosas.
La presión comenzó a subir, el cliente descubrió que en
su ordenador también tenía letras que el día de hoy ya
llama fuentes, pudo correr programas profesionales y
en su verba la palabra photoshop se hizo carne. Internamente,
vio que podía contratar a un o una diseñadora
para tareas administrativas y embellecer sus presentaciones.
Así, en este punto se produce un quiebre: el
cliente descubre la autogestión.
Las imprentas comenzaron también a usar a sus operarios
diseñadores para hacer diseño y los centros de copiado
pusieron el bajo costo en la calle y en la discusión.
¿Y la formación?
Tenemos claro que la filosofía incorporada de la academia
entró en una gran discusión con el mercado, donde
este matrimonio desgastado se debate entre el divorcio o
la segunda oportunidad.
El diálogo se encuentra roto por razones ajenas a la conversación,
lo enseñado está desfasado con lo que se requiere
y aún no nos hemos planteado qué diseñador necesitamos
hoy y qué tipo de formación debemos darle.
Las casas de estudio se han masificado y las necesidades
comerciales nos han llevado a elevar la apuesta y construir
figuras de maestrías y doctorados, sin tener un piso
firme por sobre las que luego actuarán.
Para este entonces, tenemos demasiada presión aplicada
a nuestro mercado: el cliente y el consumidor no temen
perdernos pues saben que ellos solos, con su experiencia
en marcas, pueden orientarse en este camino de autodidactas.
Se incorporó a la charla con el mercado la inteligencia
compartida, las redes sociales, el gerenciamiento de comunidad,
el diálogo online y una anarquía virtual de
engañosa organización.
Volvamos a preguntarnos
¿Qué tipo de diseñador debemos formar? Quizás debiéramos
volver a preguntar por qué nadie se atreve a
moverse un centímetro de donde está aparentemente
parado.
Hagamos el intento de pensar en todos los tipos de canales
de comunicación y especializaciones que tenemos
hoy, sin saber a ciencia cierta si es necesaria la formación
que el diseñador está teniendo, si debemos darle la
relevancia que se le está dando y si no es momento de
elevar la apuesta e impulsar desde los centros de estudio
la formación de un cuerpo colegiado que otorgue marco
legal a los profesionales.
Formamos un montón de nada para la necesidad que
nos reclama el mercado y muy pocos diseñadores tienen
la oportunidad de dialogar en serio con un cliente.
Las imprentas dejaron de incorporar diseñadores para
formar sus propios profesionales gráficos y los centros
de copiado realizan menos diseños puesto que comenzaron
a imprimir lo que las empresas les mandan de su
autogestión.
La desilusión reinante en escritos, documentales y charlas
de café no son ni más ni menos que la expresión de
una distorsión producida entre la promesa y la realidad.
Debemos trabajar sin descanso en escuchar al mercado y
escucharnos a nosotros mismos. Saber de qué quiere hablar
nuestro cliente y quiénes quieren hablar para poder
establecer qué se debe enseñar.
Como ya dijimos, es fácil ver cómo la profesión se ha
reinventado a sí misma sin descanso en esta corta vida:
por ejemplo, pasando de ser un profesional del diseño
en la década de los ochenta a ser en los noventa un consultor
estratégico de diseño. Seguramente, lo conocido
poco servirá en la construcción de la nueva tipología de
diseñador. Tampoco sabemos dónde se acomodará esta
potencial transformación y si lo que creemos que es el
futuro, engañosamente puede no ser más que otro pasado.
De legar el conocimiento al compartir el conocimiento
Indefectiblemente, nos dirigimos a una división dentro
de nuestra carrera y será en un nivel inferior de perfil
técnico de aplicación y producción y en un nivel superior
de perfil sumamente analítico, restringido a profesionales
con título habilitante. De este modo, se volverá
necesario por parte tanto de las instituciones como de
los estudiantes el desarrollo de un ámbito de aprendizaje
activo, acompañado por el trabajo colaborativo.
Por este camino creemos que seguirá creciendo y caminando
el mañana. Un espacio colaborativo donde el
todo estará formado por todos. Una nueva manera de
visualizar y conceptualizar la profesión, donde la productividad
será cuestión del pasado y dejará lugar a la
formación de profesionales con gran capacidad de interacción
y conversación.
Quizás de lenguaje más elaborado y abstracto con capacidad
de visión para orientar al cliente en su relación
con el consumidor, cliente interno y proveedores.
Un profesional trabajado bajo un programa que incluya
más cuestiones relacionadas con la mercadotecnia, la
neurociencia, la comunicación y las conductas sociales,
más instruido en la visión paradigmática que en la producción
de ideas. De este modo, no necesitamos sólo
de un conocedor del oficio sino más bien de un híbrido
que logre tomar lo mejor de la técnica para impactar
como un creador inteligente capaz de ejercer un pensar
reflexivo para resolver problemas creativamente.
La realidad nos llama a un cambio y sabemos bien que
estamos en pleno proceso de una nueva revolución en
el conocimiento como lo fueron la irrupción de la imprenta
o la máquina a vapor. De la capacidad de visión
colectiva creemos vendrán las respuestas.
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