Controlemos el sentido de nuestra vida

Inicio este nuevo año con una lista de varias metas que me he propuesto alcanzar. Una de ellas está relacionada con mi crecimiento como persona, porque definitivamente quiero mejorar todo aquello que no está totalmente alineado en mi vida. En este caso se trata de mi actitud.

Semanas atrás tuve la oportunidad de hablar con Marshall Goldsmith sobre este tema y debo decir que para mí es un privilegio recibir consejos de un líder de su prestigio. Con la templanza y sabiduría que lo caracterizan, me relató una historia que he tomado como guía para trabajar mi actitud, para aprender de cada situación y no simplemente reaccionar. Hoy quisiera compartir con ustedes esta historia con la ilusión de que también les sirva como una motivación de aprendizaje y nos ayude a todos a asumir más responsabilidades. Es un relato budista que tiene como propósito enseñarnos a responder adecuadamente en lugar de reaccionar de mala manera cuando nos enfrentamos a situaciones límite en la vida.

Dice así: “Un joven agricultor remaba su barco vigorosamente río arriba con la intención de llegar al pueblo para vender sus productos. Era un día caluroso y él quería terminar su venta rápidamente para regresar a casa antes de que oscurezca. Miró hacia adelante y se dio cuenta de que otro barco se dirigía hacia el suyo con gran velocidad. Al percatarse de lo que iba a ocurrir empezó a remar furiosamente para salir del camino, pero no consiguió hacerlo. Entonces decidió gritar: ¡Cambia de dirección! ¡Me vas a atropellar! Pero el bote siguió camino hacia él golpeando su barco de manera violenta. El joven gritó: ¡Idiota! ¿Cómo puedes chocar con mi barco en medio de este ancho río? Y mientras miraba fijamente al barco buscando al responsable del accidente, se dio cuenta de que no había nadie. Había estado gritando a un barco vacío que se liberó de sus amarras y estaba flotando río abajo con la corriente”.

La moraleja de esta historia es que nosotros nos comportamos de manera irascible cuando pensamos que hay otra persona frente al timón. Culpamos a esa persona de lo que nos está pasando, la llamamos estúpida, le gritamos y nos quejamos por nuestra desgracia. Nos enojamos, asignamos culpa y jugamos a ser víctimas. En otras palabras, no asumimos nuestra responsabilidad. No buscamos estar comprometidos de una manera positiva con nosotros mismos ni con los demás, preferimos actuar de una manera negativa y a la defensiva. Y esto finalmente no mejora las cosas.

Si supiéramos que el barco que se dirige hacia nosotros está vacío, actuaríamos probablemente con más calma. Estaríamos en paz con el hecho de que nuestra desgracia fue resultado del destino y haríamos todo lo posible para rectificar la situación. Podríamos hasta reírnos del absurdo de un barco aleatorio no tripulado que sin control viene a chocar contra nosotros en medio de un vasto cuerpo de agua.

Por eso, el desafío para mí y todos nosotros es que controlemos nuestro barco, que encontremos la manera de dominar nuestras reacciones para que éstas no nos dominen. Si estamos frente a una situación límite, pongámonos al frente utilizando nuestro temple para aminorar los daños. Porque atribuir la responsabilidad a otro que tal vez ni siquiera exista es actuar de manera negligente, insensata. Y porque trabajar nuestra actitud nos da la oportunidad de transformarnos en un ser humano mejor.