Otra vez aqui, hablándole a la pantalla (capítulo 42).

Era más cómodo cuando nadie leía estas cosas, cuando éramos la pantalla y yo, el papel en blanco al que todos tienen tanto miedo. A mí no me asusta, es una vasija que recibe todo lo que me sobra en la cabeza, todo lo que no puedo procesar.

Siento bolas de estrés que me crecen en el cuello constantemente. Siento que un viento me lleva de un lado a otro como a esa mota de algodón que vi desde el balcón. Las otras motas seguro piensan que es una mota afortunada y aventurera (y lo es), quizás están orgullosas de esa mota viajera. Pero ella, que ve todo desde arriba mientras se deja llevar por el viento, envidia a las motas que ya encontraron su lugar, que son la mota de alguien y que se levantan todos los días sabiendo que alguien cuenta con su presencia para vivir; las envidia con cariño porque quiere eso, aunque sabe que va a tener que aterrizar, romper el vínculo con el viento y empezar otro con la tierra firme, aprender a estar en tierra firme, otra vez, después de tanto tiempo en el aire.

Otra vez aquí, hablándole a la pantalla.

Alguna vez, en los primeros años de estar lejos de mi familia me prometí no dejar que noten cuando estoy triste o nerviosa, que no sepan cuando me tiemblan las piernas y a colgar antes de que se me quiebre la voz.