Esta tarde
se rompe el firmamento,
sumiendo a la humanidad
en un rugido bárbaro estridente
y entonces el silencio
da su mayor concierto.
El sol,
el sol
parece haber trepado montañas
para impulsarse
hasta el vértice más alto
y ser un ojo centinela color lumbre.
Ahora que en la tierra reina el caos
incluso más que antes
y el mundo ha abierto sus fauces,
niñas vestidas de inocencia
apuran los últimos instantes
del ocaso
y de la vida.
Todo se entrega
a un ámbar cenizo y polvoriento
que siembra
podredumbre.
Arde el mundo.
tú y yo bailando entre dos aguas.
De soslayo, distingo al diablo
inmerso en tus gestos.
Entre el gentío,
un sabio ateo se rinde al credo
implorando al cielo.
Necios corazones que habitan el mundo.
Pero tú,
tú no viniste aquí a ser Eva
o desertora de leyes divinas.
Tú no viniste aquí a ser Penélope
o la presa prófuga de un juicio final.
Porque es este fuego apocalíptico y letal
que te baila el agua
quien te proclama vencedora
y te da derecho a detener instantes
mientras lo arrasa todo a su paso.
Tú viniste aquí a que la parca
te llore la muerte;
a que el diablo
te perdone la vida.
Y yo a mirarte.
Cómo no bailar contigo
al son de tambores de guerra
en un sacrificio,
cómo no pisar cristales,
morder el fruto prohibido,
hacer que caigan sobre mí los doce castigos
de Heracles,
la cólera de Aquiles
y la maldición de Tutankamón.
Si tú bailas conmigo,
que arda el mundo.
Que arda el mundo, he dicho.
Tú y yo hemos encontrado
tierra,
mar
y aire
en un mismo infierno.

