Cuento bizarro: 6 horas
Mientras pasaba por su garganta, caliente y sin gas, el último sorbo de aquella cerveza Costeña que hace 6 horas ella dejó llevándose con ella mucho más que lo que dejó, pensaba: Es increíble el poder que tienen ciertas personas en cambiar la perspectiva de un problema simplemente con una sonrisa, una palabra, una mirada o nada, simplemente estando, pero algo aún más sorprendente es la forma en que la miraba mientras pasaba sus dedos entre sus cabellos por la mañana al despertar mientras discutían si mejor pan o arepa para el desayuno.
Pensaba en lo raro que es fumar para detener el paso del tiempo y poder disfrutar con mayor intensidad los momentos con ella pero no recordarlos con el detalle de una escultura renacentista que anhelaba para al menos en su mente retener aquellos ojos que le brindaban paz y calma a su alma mientras todo lo demás se derrumbaba sin mediar nada.
6 horas contemplando una botella ambar que contuvo, junto con su llanto, aquel elixir que él creía bendito, pues su sabor le recordaba sus besos. 6 horas por las que su mente pasaron miles y miles de posibilidades, a la vez y al revés, torciendo aquellos recuerdos y distorsionando lo último que le dijo: “te quiero pero no puedo”.
“Si no es con ella no es con nadie” se repetía con cobardía mientras miraba la avenida dejando que el tráfico bajara un poco para que la velocidad de la embestida fuera suficiente para, quizá, no sufrir tanto como lo estaba haciendo en ese preciso momento. Ella lo tomó desprevenido en una tertulia cualquiera en un día cualquiera como cualquiera anhela, queriendo. Le avisó que aunque ya estaba gestándose nunca iba a nacer el hijo, que sin haberlo mediado los dos anhelaban pero no era el cuando. No podría, ella, arriesgar su brillante futuro como escudriñadora de la mente humana, de la condición de miseria de los que trabajan la tierra, de tanta y tanta problematica contada que enamoró, sin quererlo, a un frío laboratorista.
Esa es la vuelta: él quería y ella también pero nunca pudieron encontrar el porqué para que ambos decidieran seguir sin pensar en el ayer, antier o cualquier excusa para no querer.
No se movió del asiento durante 6 horas pero mágicamente, como si la cerveza, el sorbo o simplemente el cosmos conspiraran en un conjuro raro pero hermoso: terminó esa agria, caliente y hasta asquerosa cosa que ella le dejó viéndola volver llorando y arrepentida pero, mágicamente, como si alguna posibilidad retorcida de esas que cruzaron en su cabeza perdida fuera la elegida para acabar con la vida de ella y lo que venía. Cruzó sin ver la calle cuando el trafico ya había mermado con la puta suerte de que la atropelló un afanado que iba a casa para dejar lo que desde la mañana tenía guardado y que significaba por lo menos 2 semanas de comida en su casa.
Murieron 3 ahí y 6 horas después el número ya aumentaba a 4.
