Mis gustos, mi vida

El fenómeno de las redes sociales ya ha demostrado con creces que no se trata de una moda pasajera. Hoy en día no podemos concebir una vida sin mirar nuestro Twitter en el móvil, sin publicar un comentario en el Facebook o sin compartir un vídeo de YouTube que nos ha gustado.

Estamos en constante conexión con todos aquellos que conocemos e, incluso, con personas que, sin las nuevas tecnologías, nunca se hubieran cruzado por nuestra vida. Ahora sabemos todo de ellos. Sabemos qué música escuchan, sabemos cómo se sienten y, sobre todo, sabemos sabemos su punto de vista sobre cualquier asunto.

Y es que eso es lo mejor de las redes sociales: todos podemos opinar sobre cualquier asunto. Y es que eso es lo peor de las redes sociales: todos podemos opinar sobre cualquier asunto.

Porque existe una delgada línea entre la libertad de expresión y la ofensa, la cual, al ser cruzada, convierte a hombres y mujeres corrientes en auténticos tiranos. ¿Cuántas veces hemos visto a personas reprobar a completos desconocidos en redes sociales solo por no compartir opinión con ellos? Incluso más de una vez nos habrá sucedido de poner un comentario con la mejor de nuestras intenciones y que haya levantado ampollas en alguna persona anónima, ofendiéndose y tratando de corregirte de forma poco constructiva.

Da la impresión de que en las redes circulan individuos en guerra continua contra el mundo. Personas que transmiten su escaso positivismo por cualquier medio y que lo comparten con el resto del mundo como si de una obra de caridad se tratara. Personas cuya vida, sin duda, continuará siendo la misma, independientemente de lo que hagamos nosotros con la nuestra, pero que dan la impresión de sentirse mejor adoctrinando a gente con la que probablemente nunca se encontrarán.

Pero lo que esas personas no entienden es que si no les gusta la música que escucho, no tienen por qué escucharla ellos. Si no les gusta los vídeos que veo, no tienen por qué verlos ellos. Si no les gusta las cosas que hago, no tienen por qué hacerlo ellos. Y si no les gusta lo que pienso, no tienen por qué seguirme en las redes sociales.

La libertad de expresión no es libertad de ofensa. Por supuesto que no todos tenemos que estar cortados por el mismo patrón, y que siempre debe haber espacio para un debate siempre y cuando prime el respeto a cada opinión, pero en el momento en el que se cruza una palabra desagradable, se pasa del debate al insulto, y yo, personalmente, no es lo que busco al entrar en internet.

Soy un ser humano, con mis gustos, mis aficiones y mis opiniones. No necesito la aprobación del mundo, pero respeto a todos y espero respeto por parte del resto. Si no te van mis gustos, no me sigas. Es mi vida, la tuya seguirá igual al cerrar la pestaña del navegador donde estás viendo esa gran ofensa por mi parte.