Anotaciones sobre el sueño de la empresa propia

Hace un par de días me invitaron a hablar en un panel de “millenials”. Accedí porque unas semanas antes varias amigas me escribieron quejándose de que a dicha actividad solo habían invitado a panelistas varones, pero con mi presencia el porcentaje de mujeres en escena ascendía al 33 %. “Algo es algo”, me dije. Más allá de las motivaciones de la organización, o de si el evento estaba dirigido al público correcto, dejando por fuera si es trillado hablar de “millenials” a estas alturas, o si alguna gente piensa que estas actividades son “fresa”, o consisten en una seguidilla de “yoístas” hablando sobre sí mismos, me preocupan las cuotas de representación femenina. Y como me preocupan, cada vez que un panel deja de ser “all male” y me convoca, no solo voy, sino que trato de llevar a otras mujeres, y de establecer con la organización vínculos que nos permitan -más adelante- organizar eventos en los que la presencia de mujeres no sea un tema incómodo de discusión.

Manos en la Masa inicialmente fue un blog. Luego fue un pop up bimensual. Después una pizzería mínima en un Festival de las Artes. Luego una cafetería pequeñísima en un hermoso centro cultural en Barrio Escalante. Y ahora es un restaurante. Hay una motivación que une todas esas mutaciones: la búsqueda constante de nuevas preguntas cada vez que una respuesta hace su aparición. La historia me parece interesante, y me gusta hablar de ella por eso mismo. Pero lo que más me gusta es reflexionar, junto con otra gente, sobre las lecciones aprendidas, las buenas prácticas, los errores y las dificultades que han convertido este proyecto en lo que es: una casa de puertas abiertas, en la que amamos atender a cada una de las personas que nos visitan.

Mi abuelita Lía (qepd), parió diez hijos e hijas, que en total le dieron unos 45 nietos. Cincuenta y cinco personas en total, más las parejas de tíos y tías, y las de primos y primas casados. Cada reunión de mi familia era una fiesta, celebrada desde la escasez con la que mi abuela se las ingeniaba para darnos a todos de comer. Dos kilos de trocitos de pollo. Un paquete de arroz. 1 kilo de papa, otro de zanahoria y uno más de chayote comprados el sábado por la madrugada en la feria. Cubaces recién arrancados de la mata y pelados a mano. Tortillas de maíz cocinado y molido en casa, preparadas en el rescoldo del fogón. En su huerta arranqué mi primer repollo. Mi primer rábano. Con esa cantidad de comida almorzábamos entre 20 y 30 personas todos los domingos en su casa. Ella iba y venía diligente y contenta, alistando aguadulce y café para después de almuerzo, sacudiendo las cenizas que cubrían la hoja de plátano con la que tapaba el tamal asado antes de meterlo al horno en una olla de hierro. Nunca pasó por la puerta de su casa una persona que no recibiera al menos un vaso de agua fresca y un pedacito de dulce de tapa para masticar. Cuando estaba enferma, al borde de la muerte, y ya no podía levantarse a atender a sus visitas, le dio unos días de pesadilla a mi mamá y mis tías, obligándolas a ellas a ejercer esa misma hospitalidad con cada amistad, familiar y vecina que se acercaba a la casa.

“Hospitalidad”. A veces me he preguntado si elegí entrar a este negocio porque esa palabra me recuerda a mi abuela, quien fue una de las personas que más he querido en mi vida. Tener un restaurante es lo más lindo que me ha pasado, y también ha sido mi peor sueño hecho realidad. Proveedores irresponsables, clientes malencarados, críticas por el precio de los productos, la intensidad de la luz del salón, la incomodidad de las sillas. Inspectores municipales. Personal de Hacienda. Acreedores. Empleados. “Mi abuelita no tenía que lidiar con esta parte”. A veces me sorprendo a mí misma pensando en eso. Y me canso. Algunas veces no puedo abrir los ojos por la mañana, luego de haber dado vueltas toda la noche en la cama, recordando que el recibo de la luz vino altísimo, que una de mis empleadas necesita con urgencia un ultrasonido pero en el hospital le mandaron la cita para dentro de tres meses, rogando porque no se nos meta el agua por todas partes cuando llueve fuerte. Me zumba la cabeza entera, y me aguanto las ganas de llorar porque me da vergüenza parecer débil frente a mi equipo de trabajo.

“Hospitalidad”. Del otro lado están los recortes de periódicos y revistas que mi mamá colecciona en un ampo para mostrarle a sus amigas: la vez que Manos en la Masa salió en Perfil. La vez que nos hicieron un reportaje para Tiempo Libre. El lunes que salí en 7 Días. Los cuarenta menores de cuarenta del 2016. La vez que fui chef invitada en “Revista Sabores”. Y todas las historias increíbles: la pareja que se conoció en la barra. Los que venían a ligar y tuvieron su despedida de solteros con nosotros. Los bebés a cuyas mamás hemos cuidado y chineado durante sus embarazos y ahora son parte de nuestra familia. La esposa del exministro que nos dijo que solo había comido así de rico en Barcelona. Las clientas a las que nuestro pan es el único que no les cae pesado en el estómago. El muchacho que calificó nuestra pizza con un “14 de 10". El que comparó nuestra hamburguesa con la de uno de los mejores restaurantes de Canadá.

“Hospitalidad”. En medio de todo eso están un ayudante de cocina que ha rechazado trabajos en los que le pagarían el doble porque jura que algún día vamos a ser tan grandes que él va a administrar nuestros negocios (dios lo haga profeta). Un chef que decidió invertir su dinero en nuestro restaurante en vez de abrirse otro que fuera solo suyo. Una panadera que siempre sonríe mientras trabaja. Un grupo de pasantes que sale debajo de la lluvia a achicar el agua que amenaza con inundarnos el salón principal. Una pilera que nos deja mensajes preciosos, escritos con las limitaciones ortográficas de su baja escolaridad, en la pizarra de la cocina “dios vendiga a todo este equipo de trabajo”. La barista que además es mi hermana y que aprendió a ser mi empleada en horario laboral, aunque nos ha costado mucho a las dos. Y mi esposo, que acuerpó mi sueño y trabaja todos los días para que este restaurante se parezca cada día más al lugar que siempre he querido que sea.

“Hospitalidad”. A la hora de la verdad, cuando hubo que poner el cuerpo, mi mamá me dio sus ahorros. Aún no se los he devuelto. Mi papá me prestó la propiedad que mi abuelo le dejó en herencia para que la hipotecara. Mi suegra pagó nuestro primer horno. ¿Quién tiene la posibilidad de fracasar en ese escenario? Nuestros amigos han aparecido como ángeles cada vez que se presenta un problema: el arquitecto, la abogada, los comunicadores, el chef ejecutivo, los diseñadores gráficos. Los que vienen a pintar paredes y se dan por pagados con una lata de cerveza. Las que nos regalan matas y organizan sus actividades familiares con nosotros para apoyarnos.

Desde hace unos meses el restaurante ha rendido suficiente para pagarme un salario. Pero hubo un tiempo en el que mi pareja trabajaba doble para mantenernos a los dos. No puedo quejarme, porque Manos en la Masa nunca nos ha dejado pérdidas, pero sí puedo afirmar, sin ningún asomo de duda, que esa situación es absolutamente insostenible en el tiempo. Que si pasados los años el emprendimiento no evoluciona hacia una empresa, hay que repensarlo. Que si no se sostiene a sí mismo, y debemos seguir trabajando en otra cosa para mantenerlo, es un pasatiempo y no un negocio. En el panel del que hablaba al inicio dije esto. Alguien tuiteó la última frase y la internet entera me llovió encima. Me dijeron “hija de papi”, “fresa”. Alguien comentó que “lo más difícil de emprender” seguramente había sido “convencer a mi papá de que me soltara los 200 millones para la start up”. Y no: lo más difícil de emprender es lidiar con la gente que cree que es facilísimo, y que te quejas por gusto y que por ser empresario automáticamente explotas a tus empleados. Lidiar con la gente que cree fervientemente que para tener un negocio exitoso necesitás patas y una familia adinerada. Con los que te critican de “populista” cuando decís que no sos “jefa” sino “líder de equipo”. Con los que piensan que voy todos los fines de semana a la playa mientras mis empleados trabajan como esclavos, cuando en realidad durante años el último salario que se pagó -si alcanzaba- fue el mío. Lidiar con la gente que no ha limpiado nunca una trampa de grasa, de cuatro patas en un hueco debajo del fregadero. Que te critican despiadadamente pero nunca han destaqueado un sanitario que algún desconsiderado dejó lleno de mierda y papel higiénico sucio. Porque emprender es facilísimo, y por eso todo el mundo lo hace…

Mi abuela me enseñó algo valiosísimo, que mi mamá practica todos los días y me ha transmitido a lo largo de mi vida: cuidar a los demás es clave para que todo lo que está alrededor de nosotras funcione. Practicar esa dinámica y enseñarle a la gente que trabaja con nosotros a implementarla a nivel interno ha sido uno de los factores de éxito más grandes de este proyecto. Desde las limitaciones, con los recursos que haya a la mano, un equipo de trabajo debe cuidarse a sí mismo todos los días. Pero hay otra parte que yo solo he logrado entender a las patadas, cuando mis dolores se vuelven crónicos, la fatiga no se me quita, el zumbido en mi cabeza no para: el auto cuidado. Esa es la lección que más me ha costado aprender durante estos tres años de proceso: cuidarse una misma, atender los llamados del propio cuerpo. La empresa que surge y se mantiene sobre el sacrificio y la explotación de uno de sus miembros, no es sostenible al mediano y mucho menos al largo plazo, por una razón bien sencilla: no hay cuerpo que lo resista.

Dicho todo esto, les invito a compartir sus lecciones aprendidas, sus fracasos, sus dificultades, sus sueños y sus miedos. Gracias por leerme :-)