El 10 de julio de 2010, escribía mi descorazonada crónica sobre el partido inicial de mi vida, ese que me sacó del clóset futbolístico y que vuelve una y otra vez, como en las pesadillas, a repetirse entre las brumas del recuerdo mítico: Alemania contra Argentina, 4tos de final, Green Point Stadium, Ciudad del Cabo. Ese texto, primer intento por volver a una infancia que apenas recuerdo, se convirtió en adicción al tiempo que lo iba escribiendo: desde ese día, y hasta hoy, no he podido parar de hablar de fútbol.
Argentina — Alemania. Estadio Azteca, 1986. Mi papá sujeta mi mano y bajamos la cuesta de Sagrada Familia rumbo al Barrio Villa Ligia. Empate de Völler al 80´. Nunca recuerdo si papá detesta o ama a Argentina. El partido se alarga y la verdad es que ya tenemos que irnos. Nombres recién aprendidos a los 6 años: Maradona, Lothar Matthäus, Jorge Brown. ¿Qué hay detrás de este juego milenario, que me saca las lágrimas en la sala de una casa desconocida, cuando al grito ensordecedor de “gol” papá entra corriendo por la primera puerta abierta para ver en repetición a Jorge Burruchaga escapar como el correcaminos por el costado derecho y hacer ese gol salvador e impecable que le arrebataba la esperanza a Alemania en el minuto 90´? La pasión.
Argentina — Alemania es el inicio de un rito de domingo, del fútbol por inercia sentada al lado de papá en el sillón de la sala. En la cocina huele a frijoles recién hechos, a tortillas palmeadas, a barbudos. Comemos hasta después del partido de las 11, porque a mamá no le gusta la tele encendida durante el almuerzo. Esa mano de papá que aprieta la mía mientras bajamos la cuesta de Sagrada: el fútbol compañero inseparable de mi vida.
El fútbol, ese territorio ameno y maravilloso en el que papá y yo hablamos de tú a tú y nos entendemos. En el que él se ríe de mí cuando pierde el Herediano y yo no digo nada cuando pierde la Liga porque lo mato. En el que papá dice que no sé de qué mierda estoy hablando cuando aplaudo la lista del profe Pinto para Brasil 2014. El lugar que le deseo a todas las muchachas del mundo, en el sofá de la sala, al lado de sus papás. Argentina y Alemania, el comienzo. Habrá que ver qué nos trae el final.
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