Lo indecible
Tenía veinte años, acababa de entrar a la universidad, me enamoré. Vivimos juntos durante un año, que fue un infierno absoluto: nunca dormía en casa, se drogaba todo el tiempo, se iba de putas. Yo pensaba que lo quería, y quería que cambiara. Es más: juraba que iba a cambiar, que eventualmente iba a dejar de ser un malparido, por obra y gracia de mi paciencia y cariño. Nunca mejoró. Estuve aislada por meses, porque me moría de la vergüenza. ¿Cómo contarle a mis amigas? ¿Qué decirle a mis papás? Llegó un momento en el que me di cuenta de que era “él” o “yo”, pero “nosotros” jamás iba a terminar bien. Cuando junté fuerzas para dejarlo y eché todas mis cosas en una maleta, me amenazó con un arma. Y me dijo, sin temblor en la voz, que la había comprado para matarme si me iba.
Vengo de una familia “medianamente” funcional. Mis papás no se gritaban ni se golpeaban entre ellos. De hecho, hace poco cumplieron 43 años de casados. Terminé la universidad. Nunca he estado desempleada desde que comencé mi vida laboral. Y tuve un novio que me pegaba. Ya pasaron veinte años y de vez en cuando me sorprendo a mí misma, frente a la cara sorprendida de algún amigo o amiga que me mira con incredulidad mientras se lo cuento: supongo que las mujeres como yo no hablan de temas como este. No hablamos. Nos da vergüenza. Nos da pena porque la violencia doméstica se nos vende desde la marginalidad, en las páginas de sucesos de los periódicos amarillistas. Solo a las pobres les pegan. A las ignorantes. A las desempleadas. A las rurales. Solo a las pobres las matan.
El problema es que la violencia atraviesa todas las esferas: las socio económicas, las políticas, las educativas. Por más que duela, hay que reconocerlo: a las mujeres nos pegan. No importa si tenemos plata. Si tenemos estudios. Si somos solteras. Nos pegan. Nos pegan para callarnos, para someternos, para aleccionarnos. Nos pegan para sentirse fuertes, para sentirse “hombres”, para sentirse machos. Nos pegan por pendejos. Nos pegan hombres de derecha, de izquierda, de centro. Hombres que no se meten en política.
Esta violencia, que es mucho más que simbólica -es tangible, se siente en la espalda, en el cuello, en los brazos oscuros de moretones- es la que evidenciamos desde la otredad. A veces se nos olvida por dónde ha pasado nuestro cuerpo: queremos olvidarlo. Preferiríamos hablar de otras muertas, de otras golpeadas, de otras desplazadas. Yo quisiera no llevar esta historia debajo del brazo: el semestre en que no pude ir a la universidad por miedo, la mochila en la que cargaba con mis pocas pertenencias porque él siempre descubrió, metódico y siniestro, en dónde me estaba quedando. Invariablemente, me moví de la casa de un amigo a la casa de otro en intervalos de 4 o 5 días, durante muchos meses. La vez que me arrinconó contra la pared de un bar para decirme al oído “ya pará con esta majadería y vamos a la casa”, cuando teníamos más de 1 años de haber terminado. Las llamadas a deshoras a la casa de mi mamá. Las amenazas. Todo el tiempo que fui una intocable porque se corrió la voz de que mi exnovio “loco” le pegaba a los muchachos que se atrevían a salir conmigo.
Qué vergüenza hablar de la orden judicial, de la solicitud de protección, de las idas al juzgado de familia, las denuncias que no prosperaban porque en cada oficina me decían “eso no es aquí”, “acá no tramitamos esos casos”, hasta que topé con la suerte de conocer a una de mis mejores amigas, que también es una de las mejores abogadas del país y quien un día tuvo la amabilidad de enfrentar a la burocracia del sistema de justicia a mi lado. Qué vergüenza que me haya pasado a mí. Qué triste tener miedo de abrir la boca porque sabemos que, irremediablemente, a la vuelta de la esquina está el astuto macho progre que va a encontrar, entre los recovecos de mi historia de vida, todas las razones por las cuales yo tuve la culpa de pasar por esta situación. Todos los “ni titis lis himbris simis isí” que tanta falta me hacen en momentos como este.
Qué pena todo. ¿Qué irán a pensar mis amigas de ahora, las que no conocieron a la Adriana de hace 20 años? ¿Qué va a pasar si alguna vez me lo topo en la calle y tengo una crisis de ansiedad, cómo explicarle a quien ande conmigo que mejor nos cruzamos de acera? ¿Haber “permitido” que una pareja me golpeara me deslegitima como feminista? Regreso unas líneas hasta esa segunda pregunta: ¿se imaginan 20 años enteros de miedo? He sido presa, durante todo este tiempo, de un horror indecible: el horror de haber sido víctima de violencia y no haber podido evitarlo. El horror de que se repita. De que él reaparezca. De que la gente, especialmente quienes no me conocen, hable al respecto como si fueran expertos. Últimamente, todo el mundo es experto en violencia de género: quienes la niegan y dicen que no existe y que es parte de un proyecto “progre” para adoctrinar a los jóvenes. Quienes juran que es la punta de lanza del complot feminazi para erradicar a los hombres del planeta. Las muchachas que están seguras de que ellas se irían “a la primera”. Poca gente, sin embargo, es capaz de mirar con empatía a las víctimas de la violencia de género.
Por una razón que antes me era extraña, pero afortunadamente he ido logrando comprender con el paso del tiempo, para la opinión pública no existen las “buenas víctimas”. Siempre alguien en alguna parte va a poder encontrar esa foto, esa captura de whatsapp, ese audio, ese chisme que nos va a convertir, de manera inmediata, en merecedoras de toda la violencia que recibimos. Las que sobrevivimos, porque nos quejamos a pesar de no haber sido suficientemente, gravemente agredidas. Las que murieron, por no defenderse. Siempre es culpa nuestra. Hace unos años me encontré con un texto increíble de la trabajadora social Brené Brown, en el que la autora cuenta que es muy común, cuando pertenecemos a un grupo históricamente privilegiado, ponernos a la defensiva en el momento en el que nuestros privilegios son cuestionados. Ella dice que la vergüenza nos paraliza cuando nuestros privilegios se traen a la conversación. Diferenciarnos de las víctimas es un paso natural, defensivo, al igual que desmarcarnos de los victimarios. Detrás de ese imaginario de muchas mujeres que cuestionan y culpan a las víctimas de violencia de género, hay un grito sordo de horror y una plegaria continua de nunca convertirse en esa víctima: creemos que si no hacemos lo que ella hizo, si nos vestimos diferente, si no le hablamos a desconocidos, si no salimos solas, si no vamos a esa fiesta, si no tomamos un trago de más, dios quiera y nos ampare, nunca nos van a violar, nunca nos van a matar. Y ojalá ese fuera el caso, pero una abrumadora mayoría de las víctimas de femicidio muere a manos del hombres conocidos y cercanos, en la “seguridad” de su propia casa.
Detrás de ese imaginario de muchos hombres que sienten la necesidad incontrolable de decir “no todos somos así” está la vergüenza de reconocer que, efectivamente, hay un privilegio: de salir a la calle sin miedo, de no pensar en qué ropa ponerse o dejar de ponerse, de saber, que por más horrendo, injusto y triste que suene, históricamente los hombres han tenido el permiso para maltratar, abusar y hasta matar a sus compañeras, a sus hijas, a la chica que les gusta y nos les dio bola, y enfrentar consecuencias mínimas. Hay una construcción social que permite que esta violencia sea parte de la estructura en la que vivimos. Esa es la estructura a la que el feminismo apunta, la que cuestiona y ataca: nuestro enemigo común no son los hombres, es el machismo. Y no solo los hombres son machistas, las mujeres también lo somos.
Comencé a escribir este texto hace dos años, con profunda vergüenza y mucho dolor. No había podido terminarlo hasta hoy, ahora que esa culpa ya no está y que cada vez se hace más necesario evidenciar que la violencia contra las mujeres no es aislada, no es antojadiza, accidental, circunstancial: es violencia de género. Necesitamos más empatía. Necesitamos aprender a ser más vulnerables; a experimentar, a través de la compasión, la tristeza, el dolor y el miedo de las víctimas y sus familias. Dejar de echarle las culpas a “las mamás”, a “los papás”, a “la sociedad”: dejar de echarle la culpa a conceptos abstractos y revisar nuestras propias conductas, nuestros propios prejuicios, nuestros propios miedos. Aunque tome esfuerzo, tal vez preguntemos qué se esconde detrás de nuestros juicios de valor, de nuestras actitudes defensivas, de ese incontrolable deseo que sentimos de desligarnos de este tema como si no fuera pan de cada día, algo que se manifiesta en todos los ámbitos, en todos los espacios, en todas las clases sociales, en todas partes. Reconozcamos que esta violencia existe, para poder desarmarla, combatirla, acabar con ella. Que la vergüenza no nos silencie más.
