Quieren que nos callemos.

Mi culo no me da vergüenza: me encanta. Estoy orgullosa de él. Es mi mejor vista, lo llevo al gimnasio 4 veces a la semana, le paso cremas, le compro calzones de encaje, le tomo fotos. Y esas fotos son mías. Y me niego a no tomarlas para “evitar situaciones incómodas”.

El ejercicio de amor propio que me ha llevado a respetar este cuerpo, amarlo y darle las gracias todos los días por todo lo que me ha dado ha sido el más duro de mi vida. A ver si encuentro una manera sencilla de explicarme: esta voz, esto que escribo, esta persona que soy, está contenida en un cuerpo que, a lo largo de la historia, siempre ha sido mucho más importante que lo que tiene para decir.

Sobre mi voz, por encima de mi opinión, flotando pendiente de un hilo, está el entendido de que mi cuerpo es un arma que en cualquier momento puede ser utilizada en mi contra. La porno venganza se cierne como amenaza latente, porque somos seres básicos, y nuestra lógica es la lógica perversa de ese cuerpo de doble filo, el que nos da la voz pero pasa por el filtro de la opinión pública para desmerecernos.

En el mundo que habitamos las mujeres, la forma es mucho más importante que el fondo. La foto de las tetas pesa más que cualquiera de nuestras opiniones y es la manera más sencilla de silenciarnos. El contenido privado se viraliza en grupos de whatsapp, en mensajes de facebook y correos electrónicos. La gente lo comparte de manera “inocente”, el juicio se extiende, y de repente todo lo que alguna vez dijimos es menos legítimo porque ya todo el mundo nos vio chingas.

La pornovenganza es la estrategia más burda, más “sencillita” de un sistema patriarcal que sigue ejerciendo control sobre las mujeres a punta de amenazarnos el cuerpo. Ninguna de nosotras está a salvo: todas corremos el riesgo. Las que se meten en política. Las estudiantes. Las amas de casa. Las abogadas. Las calladitas. Las habladoras. Las figuras públicas. Las de perfil bajo. Nuestras nalgas, nuestras tetas, nuestra sexualidad, cómo sonamos al coger, qué decimos mientras lo hacemos: si está grabado en vídeo, si está documentado en fotografía, estamos a un clic de ser exhibidas y, de repente, cuestionadas en lo físico, en lo básico, desviando la conversación hacia nuestra forma, restando importancia a nuestro fondo, a lo que decimos, a lo que sí debería ser relevante frente a la opinión pública.

Porque nadie nos va a tomar en serio si ya nos vio chingas. ¿Saben una cosa? Tenemos que parar esta cochinada. Deschingarnos más y avergonzarnos menos. Y dejar de ser parte de ese aparato de mierda. Le hablo a todos mis amigos y conocidos: cada foto, cada vídeo, cada chiste en el grupo de whatsapp, es la forma tangible, mesurable, evidente de su misoginia. Cada vez que entren al juego nos hacen daño a todas. A TODAS. A sus hermanas, a sus amigas, a sus esposas, novias, hijas, sobrinas. A ustedes mismos. Le hablo a todas mis amigas y conocidas: cada burla, cada comentario impertinente sobre el peso, la silicona, la tanga. Cada cotilleo y mirada de reprobación porque “yo soy buena y decente y ella es mala y zorra” nos perjudica a todas. A TODAS. A ustedes mismas. A sus hermanas, mamás, tías, primas, sobrinas, amigas. Me perjudica a mí.

La conversación sobre las fotos y los vídeos tiene que ser una conversación legal y no moral. Tiene que estar orientada hacia cómo castigar a quienes hacen público material privado para vengarse de las mujeres que se atreven a decir algo, lo que sea. “Nadie la tiene” no es un argumento: es una justificación, muy estúpida por cierto, una excusa para no cambiar esta práctica chabacana, deplorable, básica y cobarde de cerrarle la boca a una mujer usando su cuerpo como medio.