«El nombre de la rosa», en nombre del humor

Fragmento de la portada del libro «El nombre de la rosa» en la edición de Lumen

Quiero comenzar con una anécdota: rondaba yo los catorce años, era el ciclo escolar 93–94. Cursaba el último grado de secundaria y para la materia de Español — creo que así se llamaba — , había que leer un libro a libre elección, una lectura independiente de las del curso. Hasta entonces mi acercamiento con la literatura había sido muy pobre, por no decir nulo. En casa los libros que había eran enciclopedias, pero nada más. En el verano del 93 había yo comenzado a vivir internado y entonces vi el ejemplar en el librero de la oficina de uno de los superiores, que así se les llamaba a los encargados del lugar. No sé qué llamó más mi atención, si el título del libro o la edición en la que se presentaba. Sé que el autor no, porque entonces no lo conocía. Pedí prestado el libro.

Emprendí el viaje a la abadía en compañía de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk. Me perdí en el laberinto, busqué el libro prohibido, me asusté con la figura de Jorge, leí con ansia el incendio de la biblioteca y con morbo adolescente la escena de la cocina. Acaso por el contexto en que vivía en ese entonces, quedé maravillado con la descripción de la abadía; con la vida de los monjes; con el repaso de cierta parte de la historia del cristianismo llena de herejías. El nombre de la rosa se convirtió en mi puerta de entrada a eso que llaman literatura gozosa — la que uno hace por gusto, sin deberes escolares u otras obligaciones — y la edición de RBA Editores (1993) fue la llave. Pero como todo lo que empieza acaba, terminé la lectura y regresé el libro.

Algunos años después, cuando comencé a armar un ejercicio de biblioteca personal, quise tener esa edición. No la encontré. Mientras daba con ella, me hice de la edición de Lumen y seguí buscando: hurgué en librerías de viejo, en botaderos, en mesitas. Nada. No era una búsqueda obsesiva, pero siempre que tenía oportunidad clavaba mis ojos en repisas y mesas, buscando. Sobra decir que esta edición se convirtió en una suerte de fetiche editorial. Más de alguno de ustedes me entenderá, estoy seguro.

El año pasado lo encontré en la repisa de un consultorio, pero lo supe imposible: tenía dueño y no estaba a la venta ni nada por el estilo. Me resigné a seguir buscando. Un par de meses después, lo encontré en las manos de un amigo a quien, grosso modo, le conté la anécdota de mi búsqueda. Le propuse un trueque: mi edición por la suya. Aceptó. Luego, cuando supo del afecto que le tenía a la edición de Lumen — ese afecto que producen las relecturas — , me dijo que así lo dejara y me quedé con los dos. 20 años después, mi búsqueda había terminado.

«El nombre de la rosa», RBA Editores, 1993

Me tomé la libertad de comenzar con esta anécdota para compartir con ustedes el gusto que me dio hablar de El nombre de la rosa en la segunda edición del ciclo Libros Prohibidos, organizado por la Secretaría de Cultura de Jalisco. Sin embargo, debo reconocer que resulta un tanto cuanto extraño hablar de este libro en un ciclo de libros prohibidos porque, desde su aparición, esta obra de Umberto Eco no ha sido prohibida o censurada, como sí ha ocurrido con otros títulos que se han abordado en este ciclo desde su primera edición. Por otra parte, tampoco resulta tan extraño hacerlo ya que, como la mayoría de ustedes sabe — ya sea por el libro o por la adaptación cinematográfica hecha por Jean-Jaques Annaud — , la trama de El nombre de la rosa se teje alrededor de un libro prohibido: el segundo volumen de Poética, de Aristóteles, que es celosamente custodiado por Jorge de Burgos para que los monjes de la abadía no tengan acceso a él y a lo que en sus páginas se aborda. ¿Qué le pasa a los que logran vencer el cerco construido por Jorge en torno a dicho libro? Mueren misteriosamente. El encargado de desvelar estas misteriosas muertes es el franciscano Guillermo de Baskerville que, acompañado por Adso de Melk, un novicio benedictino, ha llegado a la abadía para mediar en un conflicto entre franciscanos y la jerarquía cristiana.

La tentación de prohibir es algo que ha estado y sigue estando presente en la historia de la humanidad. Y uno de los objetos preferidos de los censores, me atrevo a decir, es el libro, acaso por su alcance como medio de difusión masiva a partir de Gutenberg y, sobre todo, por la permanencia de la palabra escrita. En el caso particular de este libro, la censura está expresada en dos líneas generales: la primera, la persecusión contra las corrientes de pensamiento que eran contrarias a la forma de vida de la jerarquía cristiana del siglo XIV — especialmente aquellas que predicaban la pobreza radical — y que eran catalogadas como herejías; la segunda, contra las corrientes de pensamiento paganas, es decir, todas aquellas que fueran diferentes al pensamiento cristiano, especialmente la filosofía griega en general y el pensamiento aristotélico en particular. (En ese sentido, mucho tenemos qué agradecer a san Agustín y a santo Tomás por el rescate que hicieron de Platón y de Aristóteles, pero esa es harina de otro costal.) Destaco dos de los enfrentamientos que Umberto Eco presenta en las páginas de El nombre de la rosa: el primero, el de la pobreza contra la riqueza, que ya mencionaba líneas arriba; el segundo, el de la fe dogmática contra el avance científico, representado en la lucha intelectual entre el conservador Jorge de Burgos y el progresista Guillermo de Baskerville.

¿Qué es lo que, según Jorge, hace tan peligroso el volumen de Poética resguardado en la abadía? Dos cosas. En primer lugar, su autor: Aristóteles. Cuestionado por Guillermo sobre por qué ese libro y no otros más oscuros o contrarios a la fe, Jorge responde:

«Porque era del Filósofo. Cada libro escrito por ese hombre ha destruido una parte del saber que la cristiandad había acumulado a lo largo de los siglos. Los padres habían dicho lo que había que saber sobre el poder del Verbo y bastó con que Boecio comentase al Filósofo para que el misterio divino del Verbo se transformara en la parodia humana de las categorías y del silogismo. El libro del Génesis dice lo que hay que saber sobre la compsoción del cosmos, y bastó con que se redescubriesen los libros físicos del Filósofo para que el universo se reinterpretara en término de materia sorda y viscosa, y para que el árabe Averroes estuviese a punto de convencer a todos de la eternidad del mundo […] Cada palabra del Filósofo, por la que ya juran hasta los santos y los pontífices, ha trastocado la imagen del mundo. Pero aún no había llegado a trastocar la imagen de Dios. Si este libro llegara… si hubiese llegado a ser objeto de pública interpretación, habríamos dado ese último paso».

En segundo lugar se encuentra el tema del libro, leído por Guillermo cuando, a manera de premio por haberlo descubierto, Jorge le da el libro. Lee Guillermo:

«En el primer libro hemos tratado de la tragedia y de cómo, suscitando piedad y miedo, ésta produce la purificación de esos sentimientos. Como habíamos prometido, ahora trataremos de la comedia (así como de la sátira y del mimo) y de cómo, suscitando el placer de lo ridículo, ésta logra la purificación de esa pasión. Sobre cuán digna de consideración sea esta pasión, ya hemos tratado en el libro sobre el alma, por cuanto el hombre es — de todos los animales — el único capaz de reír».

La preocupación de Jorge no es menor. Ya en una discusión con Guillermo en otra parte del libro, el monje ciego, cuestionado sobre qué tiene de malo la risa, había afirmado: «La risa es un invento diabólico, que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos», y también había dicho: «La risa acaba con el miedo. Sin miedo no hay fe. Porque sin miedo al diablo, no se necesita a Dios».

Durante muchos siglos, el miedo fue la herramienta preferida del cristianismo para afianzar su poder. Mucha de la fe de las personas estaba cimentada sobre el miedo al Infierno y el castigo eterno; en un plano más terrenal, en el miedo a ser acusado de hereje o de brujería y sucumbir bajo el poder de la Inquisición. El nombre de la rosa está ambientado en los primeros siglos del segundo milenio. En la Europa medieval se paseaba todavía el fantasma del fin del mundo que, según se había anunciado en el Apocalipsis de Juan, debía llegar alrededor del año mil. Los oscuros anuncios hechos en ese libro permean el ambiente del monsaterio creado por Umberto Eco, al punto de que los monjes comienzan a asociar las muertes de los monjes con las trompetas que, según el Apocalipsis, habrían de anunciar el final de los tiempos. Aunque en principio Jorge logra capitalizar la confusión, Guillermo hace gala de su tenacidad y su avidez en la búsqueda de la verdad para resolver el enigma.

Si bien estamos hablando de una obra de ficción, es importante señalar que el temor a la risa o, mejor dicho, la aversión al humor, no son para nosotros algo ajeno. Basta recordar cómo hace dos años la revista francesa Charlie Hebdo fue objeto de un ataque terrorista a manos de un grupo fundamentalista islámico por reproducir viñetas que hacían mofa de Mahoma, el Profeta. En los tiempos de lo políticamente correcto, cada vez queda menos espacio para el humor y la risa. Darío Adanti, director de la delirante revista Mongolia, en España, ha dicho:

«Estamos en una sociedad donde el cerco al humor se cierra cada vez más, y ojo, no nos engañemos, no se cierra sólo desde el poder, no es sólo la derecha la que cuestiona nuestros recursos y nuestras herramientas. En sectores que, a priori, se dicen afines, sectores del progresismo, tanto ciudadano como político, la moral de la educación cristiana y la culpa pequeñoburguesa está tan arraigada que colaboran e incluso promueven este corralito al humor.
Y no siempre es por moral, a veces es por incomodidad, otras es por sectarismo, otras por ese buenrrollismo que pretende que sólo veamos la parte buena de la humanidad para así crearla a imagen y semejanza de esa visión ficticia».

Sin embargo, es necesario señalar que el humor, el humor que provoca, que mueve, que nos hace reír y, al mismo tiempo, cuestionarnos por qué reímos de lo que reímos — el humor negro, que le dicen, tan lejano del humor simplón o del pastelazo fácil — , no tiene por que ser respetuoso de dogmas o formas. Retomo una voz local, la de José Ignacio Solórzano, también conocido como JIS, quien en su texto “La necesidad de ser cruel” afirma que:

«Una de las zonas fundamentales del trabajo humorístico es el lado oscuro del hombre. Y para meternos al lado oscuro no podemos andar de puntitas, diciendo cosas amables, evitando lastimar sensibilidades. No, es materia espesa y hay que entrarle sin compasión ni piedad. No nos hagamos pendejos. Hay verdades que solo salen después de verdaderas cirugías. Hay que sacar el corazón sangrante para darle unas buenas cachetadas».

¿Por qué parece que me salí del laberinto de la biblioteca creada por Umberto Eco en El nombre de la rosa y terminé yéndome por las ramas y hablando del humor? Por dos razones: la primera, porque poco después de que Guillermo lee las primeras líneas de Poética de Aristóteles comienza el incendio de la biblioteca y todos sabemos que no es bueno estar dentro de una biblioteca-laberinto mientras todo arde. Lo más sensato era salir de ahí.

La segunda razón es que — y aquí tengo que subrayar que es una interpretación absolutamente personal y, por eso mismo, seguro es un rotundo disparate — creo que una de las ideas principales de El nombre de la rosa es la defensa del humor, de la risa, como una herramienta de la racionalidad. Ciertamente hay muchas otras lecturas, todas ellas incluso más válidas. Umberto Eco, a quien hace unos días recordamos por su primer aniversario luctuoso, nos regaló una obra redonda, pulcramente investigada y maravillosamente ambientada. La investigación histórica y el trabajo detrás de la hechura de El nombre de la rosa, así como la impecable recreación de los ambientes donde transcurre, nos hacen olvidar — o bueno, eso me pasa a mí, espero que a ustedes también — que estamos ante una obra de ficción. Sin embargo, me interesa reiterar el apartado de la risa y el humor porque son estos dos elementos los que ocasionan que el libro sea prohibido, que se envenenen sus páginas, que mueran los monjes.

En las páginas de El nombre de la rosa la búsqueda de la verdad es también la búsqueda — y la defensa — de la risa; la búsqueda — y la defensa — del humor; una búsqueda — y una defensa — que no debemos dejar de lado en los tiempos que corren. Porque sólo hechando mano del humor es posible conservar la cordura en medio de las distintas tragedias que asolan un día y otro también a México — desaparecidos, inseguridad, feminicidios, corrupción, impunidad y un largo etcétera.

Y es que, como señala Jorge Ibargüengoitia en su texto “Humorista: Agítese antes de usarse”:

«Hay quien afirma, y yo estoy de acuerdo, que el sentido del humor es una concha, una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia impotente».

Y habiendo dicho lo anterior, termino. Antes de que se nos queme la biblioteca.

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