Espejo

Todas las mañanas miro el espejo y desconozco el rostro que en él veo.

Lanzo entonces un fuerte puñetazo: 
golpeo el espejo 
que cae roto 
en mil pedazos.
[Nunca los he contado, pero mil me parece 
un número adecuado 
para un espejo roto.]

Hincado, me asomo a cada uno 
de los no-mil pedazos 
buscando un rostro conocido 
 — uno que haya visto alguna vez en otra parte, cualquier parte — , 
pero también desconozco los no-mil rostros 
que veo en los no-mil reflejos.

«Buenos días, joven, ¿va a querer lo de siempre?»,
me pregunta, cada mañana, 
el maestro vidriero de la colonia. 
Le digo que sí, y hablamos de fútbol, 
de religión y economía,

mientras prepara un nuevo espejo 
con sus no-mil rostros 
dentro de cada uno de los no-mil fragmentos.

Nos hemos hecho amigos.

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