El Cholo de Misiones

La historia del San Martín marginado

Por Alejandro De Luca


En un caballito blanco,
mi abuelita me contó,
que un Santo cruzó los Andes
y tres pueblos libertó.

Primera estrofa de José Correntino, chamamé de Waldo Belloso y Zulema Alcayaga

Recuerdo que cuando era chico nos hacían cantar esta canción en el coro de la escuela. Está más que claro que con el tiempo nos dimos cuenta que el caballo no era blanco, ni tampoco era uno solo. Fueron varios a través de muchas batallas. Tampoco se trataba de un santo, era tan solo un hombre. Pero sí fue cierto que cruzó los Andes y que liberó a Argentina, Chile y Perú.

Las construcciones históricas de los personajes ya no nos son ajenas e incluso descreemos de todo. Y con razón. Terribles tiranos han sido convertidos en héroes y pobres mártires fueron la personificación del mal según la conveniencia del contexto político.

Al General José de San Martín le tocó catapultarse a la altura de santo y de héroe nacional. Si bien lo logró, primero que nada, por mérito propio, sabemos que muchas veces los que escriben la historia encuentran la manera de dar vuelta los hechos.

Pero lo malo de esta visión parcial de la historia no siempre es la tergiversación de lo que ocurrió sino el ocultamiento de algunos hechos que para algunos pueden ser menores, pero para otros fundamentales.

En mi caso particular, luego de obsesionarme con la figura de San Martín durante más de dos meses, producto de un viaje a Mendoza, lo que me llamó más la atención de su vida fue su rol de marginado en más de una ocasión.

Lo que hoy se llama bullying y debiera quizás llamarse “acoso escolar” o discriminación a secas, fue algo que padeció San Martín en su niñez como cadete del ejército español, pero que lo acompañó gran parte de su vida.

Las marginaciones

El Cholo de Misiones

José de San Martín nació el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, entonces territorio perteneciente a la provincia de Misiones, actualmente Corrientes. Fue el menor de cinco hermanos. Su padre, Juan de San Martín, era un oficial del ejército español que había sido designado como administrador de los bienes que alguna vez habían pertenecido a los jesuítas sobre el Río Uruguay.

A pesar de lo que muchos pueden creer, San Martín vivió apenas 10 años en el territorio argentino. La mitad de esos años fueron justamente sus primeros 5 años de vida. Luego volvería al país en 1812 para abandonarlo nuevamente en 1817 al liderar la Campaña de Los Andes. Regresaría en alguna oportunidad de Chile y del Perú posteriormente, pero por muy poco tiempo antes de exiliarse definitivamente en Europa.

El niño San Martín ingresó como cadete en el ejército de España, más precisamente en el Regimiento de Murcia. Allí se encontró por primera vez con la marginación por parte de los niños españoles. Su piel oscura, su nariz aguileña y su pelo y ojos negros contrastaban con la pálida piel y los castaños cabellos de los otros. Y su procedencia, de las Indias Occidentales, lo rebajaba a ciudadano de segunda.

Mucho debió sufrir el pequeño San Martín hasta ser aceptado. Aunque nunca llegó a ser uno más. Recibía todo tipo de motes por sus rasgos mestizos. Lo llamaban “el indio” o “el Cholo de Misiones”. Nunca, hasta el final de sus días se iba a poder despegar de esos apodos. Incluso durante la campaña de Los Andes algunos oficiales insubordinados murmuraban esos motes en su ausencia.

A la sombra de Carlos

En 1812, el sueño de libertad de San Martín viajó en barco desde Londres hacia Buenos Aires. Ya había renunciado a su cargo en el ejército español y estaba decidido a ayudar a la liberación del continente americano.

Junto a él, viajaban un grupo de hombres con sus mismos ideales. Estaba, entre otros, Carlos de Alvear, a quien San Martín consideraba un amigo a pesar de que continuamente rivalizaban.

Al llegar a Buenos Aires, Alvear fue la sensación en las tertulias porteñas. Se llevaba toda la admiración y el reconocimiento de los porteños, lo que incomodaba a San Martín. Nuevamente el aspecto le jugaba en contra a la hora de cosechar amigos y apoyos. Alvear se mostraba como el líder de ese grupo de hombres que venían a apoyar la revolución y San Martín había quedado relegado a un segundo plano.

Quizás solo en los brazos de la joven Remedios de Escalada, de apenas, 14 años, José encontró consuelo en su estadía en Buenos Aires. Él ya tenía 34, pero en esa época era algo común, claro está.

Superado por el general improvisado

Ya en 1814, San Martín fue enviado a Tucumán a hacerse cargo del Ejército del Norte que regresaba de dos duras derrotas en Vilcapugio y Ayohúma al mando del general Belgrano. El encuentro en la Posta de Yatasto con el improvisado militar fue histórica y quedó inmortalizada en varias pinturas como así también en todos los libros de historia primarios y secundarios de la Argentina.

Sin embargo no todo fue un abrazo histórico. Compartieron algo de tiempo en Tucumán y fue otra ocasión en la cual José se vio opacado. Y no era que los tucumanos lo hubieran recibido mal. Todo lo contrario. Lo que ocurría es que se mostraban dadivosos con Belgrano a quien veían como todo un triunfador luego de la victoria en la batalla de Salta hacía más de un año atrás. Poco les importaba las duras derrotas que acababa de sufrir.

Además, Belgrano era un abogado refinado rubio y de buen aspecto físico al punto que las tucumanas lo preferían por sobre los otros militares.

Lo peor para San Martín era que este abogado y letrado porteño era un inexperto militar, pero con rango de general. En cambio él, ostentaba aún el rango militar de coronel que había traído del ejército español y que el Triunvirato le había reconocido en su llegada en 1812. Nada importaban sus años de servicio en Europa y las muchas batallas en las que había participado. Tampoco sus conocimientos estratégicos militares.

La mano negra

Llegado el año 1817, José no creía posible derrotar a los realistas avanzando por el norte hasta el Alto Perú. Su idea era cruzar a Chile desde Mendoza, derrotarlos allí y luego, a través de un desembarco desde el Pacífico, invadir Lima.

Pero antes de pensar en el Perú, había que vencer a los españoles cruzando Los Andes y tomando Santiago. Del otro lado de la cordillera, lo esperaba Casimiro Marcó del Pont, general y Gobernador de la Corona Española en Chile.

San Martín necesitaba información sobre el duro terreno que su ejército tenía que atravesar. Así que que como parte de un accionar de inteligencia, instruyó a su armero Álvarez Condarco para que le llevara al general español una copia de la declaración de la independencia de las entonces Provincias Unidas como excusa para que reconociera las montañas.

Marcó del Pont estuvo cerca de fusilar al hombre de San Martín. Sin embargo, le perdonó la vida y lo dejó volver a Mendoza. Pero a modo de advertencia, le hizo llevar al ya general y Gobernador de Cuyo, una nota donde decía que no sería igual de indulgente con misiones similares que pudieran darse en el futuro.

Antes de entregarle la nota a Álvarez Condarco, la firmó y le dijo al soldado:

Dígale a su general que yo firmo con mano blanca, no con mano negra como la de él

Esta clara referencia al color de piel de San Martín caló en lo más hondo de su ser.

Los desquites

El Libertador de América

El tiempo se encarga de hacer justicia y en el caso de San Martín con los españoles que lo marginaron de pequeño, es muy claro. Se fue a su país de nacimiento, organizó un gran ejército y los derrotó con claridad.

Sin estridencias y con mucha humildad le cedió a Simón Bolívar el lugar para que terminara, tiempo después de su salida, la cruenta guerra de independencia de América del Sur.

Se había marchado de España con grado de coronel del ejército español. En su regreso a Europa San Martín ya se había convertido en Generalísimo del Perú, Capitán General de la República de Chile, y General de las Provincias Unidas.

Carlitos dictador

En 1815 aún no se había declarado la independencia y el país ya estaba sumido en la guerra civil. José Gervasio Artigas en la banda Oriental y los otros hombres fuertes de las provincias presionaban al gobierno central de Buenos Aires. Gervasio Antonio de Posadas renunció como Director Supremo y la Asamblea nombró a Carlos de Alvear, su sobrino, para que complete el mandato.

En los apenas tres meses de gobierno que tuvo, la desmedida ambición y las ansias de poder lo llevaron a Alvear a convertirse en casi un dictador. Se rodeó solo de adeptos y se respaldó en la Logia Lautaro. Impuso la censura a la prensa y arrestó a los opositores. En las provincias esta actitud no cayó nada bien.

San Martín era el gobernador de Cuyo y la figura más importante en oposición a Alvear pero había renunciado al cargo por problemas de salud. Alvear envió a Gregorio Perdriel para reemplazarlo, pero la gente de Mendoza lo rechazó y reinvindicó a San Martín.

Poco después, Alvear envió a Ignacio Álvarez Thomas a reprimir a Artigas que había llegado a dominar Córdoba. Pero el jefe se rebeló, exigió la renuncia del Director Supremo, y emitió una proclama a los cabildos y gobernadores para solicitar su apoyo.

San Martín adhirió a Álvarez Thomas. Alvear no tuvo más remedio que renunciar y se retiró a Brasil.

Ambos se volverían a encontrar en Europa, muchos años después pero San Martín ya se había cobrado esa revancha personal.

El número 1

Decir que San Martín se desquitó de Belgrano sería demasiado. Lo cierto es que ambos se tenían sincero aprecio y respeto.

Esto está probado en las cartas que constituyen un gran documento histórico. Una muy conocida la escribe Belgrano antes del encuentro entre ambos en la Posta de Yatasto

Mi corazón toma un nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca porque estoy firmemente persuadido de que, con usted, se salvará la patria (…)

Ya al mando del Ejército del Norte, en una carta al Director Supremo, San Martín escribía:

De ninguna manera es conveniente la separación del general Belgrano de este ejército. No encuentro un oficial de bastante suficiencia y actividad que lo reemplace(…)

Está claro, entonces, el reconocimiento y la admiración mutua de estos dos padres de la patria.

Sin embargo, con el tiempo ha quedado claro que San Martín se erigió como el gran prócer nacional, dejando a Belgrano en un eterno segundo puesto.

La mano blanca

En 1817, estando ya establecido en Santiago, San Martín se enteró de la noticia de que una partida de granaderos habían capturado al ex Gobernador de la Corona Española en Chile, Casimiro Marcó del Pont.

La novedad atrajo la atención de toda la población de la capital chilena. Quien hasta hacía poco era la máxima autoridad de Chile ahora había sido arrestado y lo estaban llevando hasta el Palacio Episcopal donde San Martín se había instalado.

Lo depositaron en un salón solo y allí lo encontró el general libertador. San Martín se acercó y lo saludó:

Señor General. ¡Venga esa mano blanca!

A pesar de la ironía producto de esa sensación de revancha que debe haber sentido, San Martín lo recibió con cordialidad y mantuvieron una charla a solas durante un rato largo. El honor militar estaba ante todo.

Marcó del Pont le pidió que lo dejaran volver a España con la condición de no volver a pelear en la guerra contra los pueblos americanos. Sin embargo, desde Buenos Aires llegó la orden del Director Supremo Pueyrredón que decía que el español debía recluirse en la provincia de San Luis.

El santo de la espada

Un viejo mito proveniente de la familia Alvear cuenta que San Martín fue hijo de una india y de Diego de Alvear y Ponce de León, padre de Carlos de Alvear. Esto lo convertiría en medio hermano de Carlos y de ahí vendría su apariencia de mestizo, también su resentimiento contra los europeos y su sed de libertad en América.

Sin embargo, a pesar de que a algún revisionista le hubiera encantado que fuese así, no lo fue. San Martín no era un indio. Lo dejó claro también Juan Bautista Alberdi luego de su encuentro

Yo le creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado, y no es
más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos.

A San Martín le pasó lo mismo que le pasa a muchos niños hoy en la escuela o a muchas personas adultas en la sociedad. Fue marginado por lo que era superficialmente, o mejor dicho, por lo que parecía ser. En vez de ser considerado y valorado por lo que realmente importaba: los valores de sus pensamientos y sentimientos, la bondad interior, la inteligencia, capacidad, valentía, humildad y el respeto a los demás.

Es mejor conocer la historia no del héroe que nace héroe, sino del marginado que acumula fracasos y frustraciones hasta alcanzar la gloria máxima superando la adversidad… Y la discriminación.

Bibliografía

  • Don José, la vida de San Martín, de José García Hamilton (Editorial Sudamericana, año 2000)
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