¿Qué nos deja una buena película?

Rebecca, de Alfred Hitchcock (1940)

En el último tiempo empecé a detectar que las películas nuevas que iban saliendo me empezaban a aburrir. Descubrí que muchas siguen un mismo patrón. Que son predecibles. Que no agregan nada a lo que ya he visto.

Recordando rápido llegué a la conclusión de que de las últimas diez películas que vi, estrenadas en los últimos tres años, sólo me ha gustado una. El resto han sido del montón y olvidables.

Volví a ver cine antiguo y no tan antiguo. Me fui hasta los años treinta, pasé por los cuarenta, cincuenta, sesenta, y llegué, salteando años pero no décadas, a los noventa. Vi clásicos que nunca había visto. Cubrí gran parte de la filmografía de Alfred Hitchcock. Me fasciné con perlas de Kubrick que me habían quedado pendientes. Descubrí filmes que no podía creer que con tanta sencillez pudieran ser tan buenos. Es el caso de 12 Angry Men, de 1957.

Y lo que me pasó fue que me enamoré nuevamente del cine.

12 Angry Men, Sidney Lumet (1957)

Entonces me puse a pensar. ¿Qué es lo que hace que una película sea buena? O, mejor dicho ¿Qué es lo que hace que una película valga la pena el tiempo invertido en verla? ¿Por qué las películas de antes me generan algo que las nuevas no?

Tratando de responder la última pregunta me di cuenta que las películas nuevas, en general, son re versiones de películas anteriores. No necesariamente remakes, pero sí compendios de argumentos, personajes, imágenes y elementos que las hacen a todas más o menos parecidas.

Pero algunas de las películas nuevas sí me gustan, entonces algo deben tener. Hay algo que debe tener en común con el cine clásico que haga que valga la pena verlo.

Mirando una y otra película de las que valen la pena descubrí que lo que hace que una película sea buena, es lo que nos deja. Lo que nos deja a nosotros para el resto de nuestras vidas.

Una película puede dejarnos personajes que nos identifiquen, diálogos profundos, reflexiones de vida, enigmas indescifrables, frases sabias o graciosas que podemos incorporar en nuestro vocabulario cotidiano o música inolvidable que nos dispare emociones de sólo escucharla.

The Shining, de Stanley Kubrick (1980)

Como esta apreciación es subjetiva, lo que recordemos y aquello con lo que nos quedemos será realmente el valor que la película tendrá para nosotros.

El entretenimiento cuenta, pero no tanto. Porque el entretenimiento es temporal. Dura hasta que la cinta termina. Una buena película se extiende más allá del fin del carretel y puede durar eternamente en la mente y en el corazón del espectador.

Entonces, volviendo a las películas actuales, podría resumir diciendo que no me dejan absolutamente nada.

La pregunta que me hago ahora es ¿Vale la pena perder tiempo de vida mirando películas que a priori ya podemos proyectar como intrascendentes?

En mi caso la respuesta es un rotundo NO.

Así que ya elegí a partir de ahora darle prioridad al cine clásico y a películas de al menos 25 años hacia atrás.

Ese cine que en cada obra que mire me dejará algo para el resto de mi vida.

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