Despedida de mi abuela

María Crespo
Sep 6, 2018 · 3 min read

Cuando mueren los abuelos se comprende mejor el paso del tiempo; sé que nadie escapa a la cuenta atrás pero se me había olvidado que la despedida era inevitable. Mi abuela María murió el último día de agosto a los 100 años y yo sigo buscándola en el sillón gris en el que solía sentarse. Su cuerpecito arrugado, sus ojos casi cerrados, la cadena de plata al cuello con la llave de su cajita de las cosas importantes, el pelo despeinado, aún negro en ciertas partes y el rosario en la mano, con el Padre Nuestro siempre en la punta de la lengua.

Era profundamente creyente y sufría porque yo no lo fuera. Solía tomarle el pelo diciéndole que debía de tener a Dios hartito de tanto pedirle. Los últimos días, cuando ya no soportaba el dolor y casi había perdido esa cabeza hasta entonces privilegiada (le decíamos, medio en serio, medio en broma, que habría podido llegar a ser ministra; hasta hace un año seguía las noticias y se interesaba por cuánto valían los pisos) ella sólo repetía, en bucle: "Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, amén". Fue sobrecogedor verla en la cama del hospital repetir esa frase como si fuera su salvación, comprendiendo, también, que estaba rogándole a su Dios irse del todo porque estaba cansada de vivir.

Casi han coincidido el nacimiento de mi hijo y la muerte de mi abuela, qué caprichosa es la vida y qué extraña la naturaleza. Nunca me había fijado en lo mucho que se parecen un recién nacido y alguien a punto de morir. Las manos en un puño, los ojos cerrados, el silencio (uno ha dejado de hablar, otro no sabe aún como hacerlo) y esa fragilidad que asusta y enternece.

Mi abuela era una buenísima cuentista. Entre sus historias preferidas estaba aquella en que mi tío Jerónimo fue al Ayuntamiento a pedir permiso para matar a todos los pájaros del pueblo; el día que él mismo retó a un albañil a ver quién tenía más puntería disparando a una manzana colocada encima de la cabeza de mi tío Tomás; la forma en que mi madre cuidaba de los chivos y les decía la suerte que tenían de no ir al colegio (luego fue profesora); el chiste escatológico que repetía muerta de risa de unas monjas con incontinencia; la historia del hombre que se había escondido en una cuba de vino en la guerra o la vez en que Tomás se quedó dormido debajo de un sofá y no lo encontraron durante un par de días, igual que tampoco encontraron a su primera hija, Águeda, porque después de enterrarla cuando era un bebé cayó tal nevada que no fueron capaces de ubicar dónde estaba el ataúd.

El día que enterraron a mi abuela medio pueblo pasó por el primer banco de la iglesia a darnos el pésame. Besé muchas mejillas de gente que me recordaba que era muy buena, muy generosa. Luego, en el cementerio, ví bajar varios metros el féretro por la tierra. A lo lejos, un cura cogía en brazos a Manel. Mi madre lloraba detrás de unas gafas de sol y pedía no alargar, aun más, la despedida. Ella que lleva despididiéndose el último año.

Ya dije que no creo en Dios pero si lo hay habrá recibido ya a mi abuela como quien se encuentra con un viejo conocido. Me la imagino contándole lo mucho que repitió a sus nietas que lo más importante es el amor a la familia y ahorrar un poquito, porque nunca se sabe.

Cuando el cementerio se vació me quedé en la puerta dando de mamar a Manel. Había avispas, hacía mucho calor y recordé otra de las historias de mi abuela, aquella sobre cómo sus hijos saltaban de teta en teta debajo de las sábanas, porque allí estaban más calentitos. Cuántas veces le dije, casi regañándola, que no me contara otra vez las mismas historias. Cuánto me gustaría que me las contara una vez más.

María Crespo

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Periodista en El Mundo. Busco asilo para una tribu de palabras mutiladas.