68
A 50 años de impunidad del 68 es necesario que el gobierno y el ejército mexicano, quienes quiera que los representen, salgan a pedir perdón por los hechos del miércoles 2 de octubre de 1968. Tarde en que la sangre empapó el silencio pétreo de los edificios precolombinos, coloniales y modernos. Escribo esto la semana posterior a los diálogos que sostuvo el gobierno entrante con familiares de las víctimas de la violencia en nuestro país. Ni perdón, ni olvido para los impunes.
Siempre he tenido una visión alternativa del movimiento porque hice el kínder y la secundaria en Tlatelolco. A los cinco años la palabra “matanza”, estaba fuera de mi órbita lingüística en la que los vocablos “rojo” y “letra” eran los soles gemelos del sistema planetario de mi vocabulario. “Aquí fue la matanza”, dijo la maestra Amanda en la plaza de las tres culturas un año antes de morir aplastada por las piedras del edificio Nuevo León. Hoy, la maestra Amanda estaría aplastada por las piedras de la pedagogía emasculadora con su currículo autónomo y las reformas educativas de la Santa Patrona OCDE. Decia que mi visión alternativa del movimiento radica en el sábado 12 de octubre de 1968, día de la inauguración de los Juegos Olímpicos organizados en México. Enriqueta Bacilio fue la primera mujer en encender un pebetero. Por una asociación pueril vínculo a Enriqueta con mi tía Mago, que murió de un infarto unos meses después del terremoto. Todo esto es una fotografía en blanco y negro de mi tía y sus sándwiches de sardina, su cabello corto y su trote galopante rumbo al pebetero mortuorio de la cremación.
En mi imaginación Enriqueta Basilio entra al estadio de Ciudad Universitaria con la antorcha helénica en la mano. Atleta especializada en 200 y 400 metros planos que usaba los tenis de la secundaria y un traje blanco de atletismo. Frente al pebetero con lágrimas en los ojos arroja del estadio el fuego olímpico y levanta un puño en señal de protesta. El mundo está boquiabierto porque por primera vez hay un acontecimiento de esta índole. Seguramente hubiera sido torturada por el propio Diaz Ordaz. Le hubieran rebanado los pezones de un solo tajo. Esa es mi visión alternativa. Que en señal de protesta y solidaridad el fuego olímpico no se hubiera encendido.