Tribulaciones de un universitario

Verano del 94, mi madre me arroja a las fauces de la UNAM. Era lunes por la mañana, un lunes con el cabello mojado y una gorra de los Bravos de Atlanta. El CCH Azcapotzalco era una escuela con fauces, dentadura, dentelladas y brazos aterciopelados. Años después y con otro ánimo mi madre volvió a la UNAM conmigo para tomar un lugar en el coliseo de los exámenes profesionales de la Facultad de filosofía y letras. Esa vez salí con sangre de la escuela y el ojo morado.

La autonomía duele. A los 15 años en los años 90 con Pearl Jam y Radiohead sonando ruidosamente en una banda sonora para la generación X, las palabras porro, fósil y activista también sonaban en el microcosmos educativo en que el núcleo es la libertad y lo que la libertad enseña, responsabilidad, autonomía.

Algo me ocurrió en el CCH, dejé de lado la educación de las aulas para aceptar la educación libertaria de la biblioteca. El autodidactismo. Por aquellos años también había un lugar en el que vendían cerveza llamado La biblioteca, el emprendedurismo del barrio chintolo que dándole de beber a los jóvenes lleva el pan a la mesa. El alumno del Colegio de Ciencias y Humanidades desarrolla un espíritu crítico implacable. Es fácil tender al activismo político y protestar. La participación activa en las asambleas es alentada incluso por algunos profesores. Antes de AMLO y su democracia participativa.

El pasado 3 de septiembre en Ciudad Universitaria, alumnos del CCH Azcapotzalco, activistas en mis tiempos, chairos en este tiempo protestaban en Rectoría cuando fueron atacados por unos porros. Flashback, en el 95 los porros eran esos cuates de nuestra misma edad que en un tiro cantado sucumbirían a nuestros puños, pero que con petardos, cúteres, piedras y palos nos reventaban en desigual batalla. Además, había porros de todas las escuelas aledañas, Politécnico y Bachillerato propinaban putizas apocalípticas, esperaban en una esquina como oxidados, llegaban a las pedas a partirte el hocico porque así es la violencia juvenil, irracional y bastardea toda la corrección política en la que estamos enfrascados. Como no había celulares, quedaba el testimonio del lunes: wey, me madrearon los porros, se llevaron mi mochila con los libros de la biblioteca, me reventaron los lentes en la jeta, me dieron unos cinturonazos con la hebilla cuando ya estaba en el suelo, se chingaron mi gorra. Ojetes.

¡Fuera porros de la UNAM!, gritaron miles dos días después de la agresión, gritaban los que hoy quieren ser parte de lo que sea a fuerza, como el año pasado luego del temblor del 19 de septiembre en la Condesa. Yo los vi desesperados por levantar una piedra y ahora marchando desesperados por primera vez en su vida, porque sienten que los están matando. Otra cloaca por dónde la indignación se va. Mejor hubieran marchado con los maestros del CCH que exigen un aumento salarial. Mi estupefacción ante la masa demandante es porque los medios tendieron a exaltar a los golpeados y heridos otrora activistas y ahora chairos. Nada más les falto decir todos somos chairos. Cuando, en general (como en el 99) al activista se le criminalizaba como a los maestros que protestan. Mi estupefacción se duplica cuando hay adolescentes que por este hecho se cuestionan si estos tiempos son como los de hace 50 años y temen por un 68. Yo que doy clases, temo por sus mentes y por ellos.

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