Patologías comunicativas (II). La 2.0 manía

Si buscamos en Google la palabra “manía” surge en la cabecera de la pantalla una definición que dice así: “Trastorno o enfermedad mental que se caracteriza por una euforia exagerada, la presencia obsesiva de una idea fija y un estado anormal de agitación y delirio”. La 2.0 manía se podría entender, en consecuencia, como la obsesión patológica por interactuar permanentemente con cualquier pantalla o gadget que nos permita compartir contenidos (texto, imágenes, vídeos, etc.) con nuestro entorno de relaciones digitales.

Una persona 2.0 maníaca es aquella que está a tu lado y te envía un mensaje por WhatsApp, que cuelga en Facebook una imagen o un vídeo mirándose al espejo para que le digan si sigue siendo la más bella mientras le esperas en el portal, que se responde a sí misma en Twitter que no está de acuerdo con lo dicho en su propio “pío” anterior o que, como Ramón Trecet (@trecet), informa un jueves cualquiera a la hora de comer de que ya hay alineaciones para el Sudáfrica-Gales [de rugby, se supone] y a continuación las tuitea sin espacios en blanco.

En el ámbito de las organizaciones, la 2.0 manía supone el envés de la fobia a las redes sociales que tratamos en el anterior post de esta serie sobre patologías comunicativas. Supongo que a bastantes de vosotros os sonará un diálogo parecido a este:

- Hay que estar en las redes sociales.
- ¿Por qué? ¿En cuál de ellas? ¿Para contar qué? ¿Con qué asiduidad?
- Y a mí que me dices. Eso es cosa tuya. ¡Qué más da! Hay que estar en las redes sociales.

La 2.0manía de las organizaciones puede derivar, rara vez, en un rotundo éxito en las redes sociales; pero la más de las veces desemboca en un sonoro fracaso, como acertadamente dibujada Enrique Dans (@edans) en su post “Social media zombies”.

Exitosas o zombies, más allá de la acumulación/pérdida de tiempo, de dinero y de esfuerzo que la 2.0 manía supone para personas y organizaciones, sociólogos, psicólogos y neurocientíficos comienzan a advertir del mundo que estamos creando con la excesiva atención que prestamos a los mensajes que nos llegan a nuestras cada vez más omnipresentes pantallas.

El célebre psicólogo, Daniel Goleman (@DanielGolemanEI), autor del superventas Inteligencia Emocional, alertaba en su libro Focus, traducido el castellano en 2013, que vivimos “una encrucijada peligrosa para la humanidad”. Sostiene Goleman que, adueñándose de nuestra atención, la tecnología entorpece nuestras relaciones. De tal modo que el compromiso con el mundo digital tiene un coste en lo que se refiere a nuestra capacidad de “leer” los mensajes no verbales.

“La nueva camada de nativos de este mundo digital -afirma Daniel Goleman- es tan diestra en el uso de teclados como torpe en la interpretación, en tiempo real, de la conducta ajena, especialmente en lo que respecta a advertir la consternación que provoca la prontitud con la que interrumpen una conversación para leer un mensaje de texto que acaban de recibir”.

No hace falta retrotraerse a Paracelso para apreciar que, como en casi todo, en el mundo 2.0 el veneno está en la dosis y no en el principio activo en sí. Las redes sociales y su entorno 2.0 han dado un nuevo sentido a la comunicación. Han generado una capacidad de interactuar poderosísima y barata. Han demostrado que la humanidad estaba deseosa de comunicarse. Pero también se ha hecho patente que ese deseo, mal digerido, se puede volver obsesivo y patológico.

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