Derbi fallero

En la grada, algunos de los aficionados de uno y otro equipo parecían no querer saber lo que ocurría. En el terreno de juego, todos los ojos apuntaban al número quince del equipo visitante. Había colocado el balón a treinta metros de los postes de forma casi milimétrica. Tomó carrerilla. Uno, dos, tres pasos hacia detrás. Uno hacia la izquierda. La mirada fija en la pelota. El sonido de un petardo alteró por un segundo el silencio sepulcral que inundaba el campo de rugby de Quatre Carreres. El pateador tomó aire.

El partido que enfrentaba al Valencia Rugby Club, cuarto clasificado, contra Les Abelles, quinto, correspondía a la penúltima jornada de la segunda división española. Ya sin opciones de alcanzar los puestos que dan acceso al playoff de ascenso, el enfrentamiento entre los dos equipos de la capital levantina era una lucha de honor. Un enfrentamiento fratricida entre dos clubs a los que el roce no les ha dado el cariño. El último partido disputado en el campo que ambos comparten. El Valencia, vestido de naranja, había confirmado a lo largo de la temporada su apuesta por un juego dinámico con gente joven y de la casa. Les Abelles, de blanco y negro, llegaba en trayectoria ascendente tras la reconstrucción total de su plantilla y un inicio dubitativo. Faltaba ver quién mandaba en la ciudad.

La primera parte sirvió a los equipos para medir sus fuerzas. El juego se interrumpía continuamente. Ambos equipos cometían golpes de castigo y no lograban imponer su dominio con claridad. La diferencia en la definición, sin embargo, puso a Abelles por delante. Un saque de touch en la veintidós taronja se convirtió en un maul bien empujado por la delantera visitante, que acabó ensayando antes del descanso.

El segundo tiempo empezó con un torbellino de acciones del Valencia, que espoleaba a su afición con ataques constantes bien defendidos por Abelles. El empate no llegaría hasta el minuto veinte, cuando una melé local fue aprovechada por el número ocho para recoger el balón, tumbar a tres jugadores y ensayar. Abelles pareció acusar el golpe, y el Valencia aprovechó la ocasión para conseguir otro ensayo más que le puso por delante.

A falta de cinco minutos, todo parecía de cara para los locales, sin embargo, la lesión de un jugador de Abelles detuvo el partido durante diez minutos. Su rodilla dijo basta y tuvo que ser retirado en camilla entre los aplausos de los dos equipos. El rival caído merece el mayor de los respetos en el mundo del rugby. El parón hubiera enfriado cualquier otro partido, pero no éste. Como en una buena mascletà, faltaba la traca final, intensa y vibrante. Tras la reanudación, los abejorros echaron el resto. Cada fase de juego, cada metro ganado, era una pequeña victoria. Los choques entre jugadores se hacían cada vez más duros, cada placaje y cada percusión más violentos. Matar o morir, no quedaba otra.

El nerviosismo acabó penalizando al Valencia, que en un fallo defensivo vio como Abelles se plantaba a cinco metros de empatar el duelo. Había pasado el minuto cuarenta cuando el talonador blanquinegro embistió a la defensa naranja para posar el oval en la línea de ensayo, el segundo de su cuenta. 18 a 18, tablas y final del tiempo reglamentario. Sólo quedaba la patada de transformación para terminar el partido.

El número quince soltó el aire y comenzó la carrera. Uno, dos, tres pasos y un puntapié fuerte que mandó el balón entre los palos. Victoria para Abelles y final. Euforia entre los ganadores, desconsuelo entre los vencidos, y aplausos para ambos. Igual que una falla al arder, los jugadores abandonaron el campo y dejaron un vacío extraño, mezcla de alegría y tristeza. Volverán el próximo año.

Originally published at mastersofthejournals.wordpress.com on April 20, 2015.

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