Esa mañana cualquiera

Cuando suena el despertador, ya no hay marcha atrás. El silencioso vecino que ha llegado a las 4 de la mañana — ilustre fanático de karaoke — y sus zapatos hacen ya 3 horas que duermen a pierna suelta. Pero tú no. Tu derecho a pernoctar ya se ha cumplido. A ti te toca empezar la ronda de “Arriba, hijos, que ya es la hora”, de encontrar la zapatilla que se ha llevado el perro con nocturnidad y alevosía, de levantar esa persiana inmensa del comedor que cada día fibra el bíceps de tu brazo bueno — ese con el que siempre perdías al pulso con tu padre — y de percatarte que anoche no sacaste el pan del congelador para tu bocadillo matutino. Para cuando encuentras las gafas y te cercioras mirando el reloj de la cocina de que ya han pasado más minutos de los que pensabas, entonces y solo entonces, tu mente está trabajando en la teoría de que existe una mínima posibilidad de que sea Sábado. Epic fail y de los grandes. Es viernes y tienes ya esperando en tu cuenta de twitter unos cuantos FF en los que te desean un feliz día, un próspero fin de semana y un “nos leemos el lunes”. A todo eso el café aún no ha subido porque no le has puesto agua a la Nesspresso y el tdt no funciona porque hay obras en la zona hace ya un par de días. Esperando a que el grifo se digne a entregarte el agua caliente antes de ducharte, se te escapa una sonrisa cuando ves al pequeño de la casa cual vaquero con su cepillo eléctrico en mano, preparado ante su gran reto: no mancharse. Mientras, escuchas al mayor tatarear el “llum, foc, destrucció” de nuestro amado Goku, ese que le enseñaste hace tres días en internet para que viera que lo de antes sí que eran dibujos y no los gormitis esos que ven ahora. Duchado, vestido y perfumado, ¡bien!. Y cuando por fin visualizas a tus hijos detrás de las mochilas que les doblan en tamaño, suspiras. Sabes que el camino hacía el colegio es el penúltimo escollo para conseguir la primera victoria del día y sentir en tu piel la condición de espartano triunfador. Coges las llaves de casa después de haberlas buscado en todos los rincones menos donde las dejaste anoche y sales a la calle. Te preparas para coger el coche y le preguntas a tu hijo mayor donde lo aparcaste. Tu memoria ya no es lo que era. Y las piernas tampoco, susurras mientras subes las escaleras para buscar el móvil que te has dejado olvidado en el cuarto de baño mientras te peinabas la barba. Ya montados en el vehículo que nos llevará a la velocidad de la luz — porque el tiempo no se para, el tiempo no se para -, llegamos al segundo hogar de tus hijos: el colegio. Que recuerdos, que recuerdos.. “Venga, un beso, portaros bien y disfrutad mucho”, les sueltas en voz baja. Saludas a todos esos padres y madres que tienen la misma cara que tú y te preparas para afrontar la segunda prueba del día: tu negocio. Eso para los afortunados que lo tienen que, cada vez, son menos..

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