Sol

Día indeterminado, pero es de esos días en lo que no tienes nada que hacer, la más pura nada que hacer en casa. Libros para leer siempre hay, incluso para releer; quedarse en casa es lo mismo que aburrirse, queda salir… inauguraron una plaza cerca que todavía no vi, si mi abuela me hubiera visto salir con mi ropa: una camisa que podría pasar por una de hombre, un tanto grande para mí y por eso cómoda, unos pantalones de esos que se usan ahora y unas zapatillas. “No podes salir a la calle, de ciruja que sos” escuchaba su voz en mi cabeza y sonreía “péinate al menos” y así salí, llaves, mi mochila, un libro y la cámara.

Plazas había visto muchas, todas con fuentes, bancos que, si querías verlos nuevos, tenías que ir los primeros días porque si no las anotaciones con corrector te ganaban. Todas con árboles, bancos no reconocidos y con una vista espectacular. Unas muchas fotos a las flores, árboles, personas que, si bien no posaban para el momento, no era necesario. Una vez un amigo me dijo que está mal sacarle fotos a la gente sin pedirle permiso, pero si pedía de seguro dirían que no y, si aceptaban, la imagen ya no sería natural: una madre besando a su pequeño de rulos, amigas de la vida riendo, una pareja abrazada, dos niños de la mano, el abuelo cebando mate… esas cosas me gustaban, naturalmente bonitas.

Muchos árboles, algunos con flores amarillas, violetas, rojas que con el sol casi yéndose parecían como fuego, naturalmente bonitas. Elegí un árbol y me trepé, me gustaba hacer eso, la gente miraba como si estuviera loca, pero veía cosas que ellos no subida a esos árboles. Abría el libro, hubo un tiempo en el usaba marca páginas de los más elaborados, con flores, arabescos, frases de libros, dibujos, fractales.. dejé todo eso porque se tendían a perder y ya no los encontraba, unos muchos los he dejado dentro de los libros que devolvía y nunca aparecían; entonces ahora usaba una hoja de cuaderno arrancada, anotaba muchas cosas, nunca sobre el renglón, nunca respetando el margen (¿para qué?), anotaciones que después buscaba, palabras para averiguar el significado, frases, ideas que surgían, mis marca paginas eran puras letras.

Justamente cuando estaba muy enfrascada en mi lectura, cuando debajo del árbol todo se convertía en el escenario de lo que leía, cuando el día se transformaba en noche, cuando de repente llovía a cantaros, cuando todas las personas se transformaban para formar parte del paisaje literario. Justamente en ese momento escuché la melodía, una guitarra, dulcemente, delicadamente rasgada… no tuve otra opción más que girarme en su dirección, al principio no la encontré pero la seguía escuchando, a pesar de podría ser posible, estaba segura de que no era parte del “paisaje literario”.

Había muchas guitarras siendo rasgadas en la plaza, muchas personas caminando y algunas otras cantando; si había muchas guitarras, muchas personas caminando y cantando ¿Por qué me interesaba tanto encontrara a esa guitarra, a esa persona?, no tenía idea pero lo buscaba. Y lo encontré, entre medio de las personas sobresalía, su cabello oscuro, no sabía si era negro o marrón, revuelto, sus manos sujetando esa guitarra y rasgándola suavemente, sacándole esas melodías tan bonitas; caminando cantando, por algún motivo su voz me produjo algo; sin pensarlo saqué la cámara, estaba algo lejos pero el acercamiento me ayudo bastante. Por razones de comodidad nunca usaba flash, así que me sorprendió que sus ojos me vieran a través de la cámara, la cual bajé para verlo ¡sus ojos! Siempre creí que los ojos eran especiales, cuando hablaba con alguien miraba sus ojos, y los suyos eran hermosos, brillaban y sonreían por sí mismos. Gracias que la cámara tenía correa porque si no se volvía “nunca más” en el piso. Me tomé un tiempo, serían unos dos minutos, para guardar la cámara y el libro, cuando volví a buscarlo ya no estaba ¿a dónde había ido?

Sonara loco, sino demente, pero bajé del árbol para buscarlo, no lo conocía pero quería conocerlo, quería saber que lo había llevado hasta esa plaza, ese día, quería saber porque la melodía de su guitarra, de su voz, seguían resonando en mi cabeza y, lo más importante, quería saber si volvería a verlo.

Al final no lo encontré ese día, a pesar de recorrer la plaza, ni tampoco al siguiente. Lo encontré semanas después, sin buscarlo, saliendo de la cafetería a una vereda llena de gente dónde todos se esfuerzan por no empujar a nadie, y él pasó justo al lado mío, su hombro casi rozando el mío; me tomo unos segundos reconocerlo, su aire bohemio, sus ojos brillantes, y entonces me giré a mirarlo.

Su cabello seguía revuelto, también tenía su guitarra pero enfundada y sujeta a su espalda y, al igual que en la plaza, él giró también para mirarme… los mismos ojos que me habían quitado el sueño tantas veces, y ahora se agregaba su sonrisa ¿Por qué sonreía?, ¿me sonreía a mí?, ¿Por qué??

Y es por estas horas, cuando me acuesto para dormir, dónde su recuerdo llega, siempre nítido, brillante como él mismo, iluminando y, aunque mi día haya sido una porquería, aunque quisiera tirar todo por la ventana y desaparecer, su recuerdo, su sonrisa, sus ojos lo mejoraban todo. Y por estas horas viene y se queda en mi cabeza, haciendo que lo piense y, más tarde cuando me duermo, que lo sueñe.

Lo volví a ver unas cuantas veces más, siempre me decía “la próxima le hablo” pero en la próxima me olvidaba de todo; algunas veces estaba solo, otras de la mano con una joven de cabellos rojos que bailaban al viento, otras con amigos riendo… lo volví a ver muchas veces y él también me vio a mi. Nos encontrabamos sin buscarnos, no se que me movía a salir todos los días que no tenía nada que hacer, digo no se pero si lo sabía: cada que salia de casa, ya sea hasta la esquina, esperaba encontrarlo. Espero encontrarlo.

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