Carta a la niña que fui

Queridísima yo:

Sé que estás pasando un buen momento. Sé que sos feliz a tal punto que no tenés ni la más pálida idea de lo mucho que lo sos. Sé que crees que tenés problemas, pero creeme que todavía no exploraste muy bien de qué se trata ese concepto.

Dejame decirte algo: vine para darte un par de consejos. Vine para tratar de evitar que te conviertas en uno de esos “adultos infelices” que tanto criticás y tan poco entendés. Lo creas o no, vos también lo vas a ser algún día. Pero ojo, no es tan tarde: todavía podés revertirlo. Todavía estás a tiempo.

Dudo que sepas muy bien qué es la adultez o que tus expectativas sobre esta coincidan con la realidad. Dudo incluso que pienses muy a menudo en ello: dentro de tu magnífica ignorancia se esconde una sabiduría enorme que sólo sabe de vivir el momento. Cuánto me gustaría que vos me enseñaras hoy un poco sobre eso.

Primero que nada, dejame aclararte que no tengo todas las respuestas, ni todo muy claro, ni todo resuelto dentro de este desafío monumental que es crecer. Y esa es la primer lección que te puedo enseñar: no siempre uno es lo suficientemente sabio y está bien que así sea. La vida es un aprendizaje constante y naturalmente uno no deja de aprender nunca. Vas a tener dudas y te van a faltar respuestas hasta el último día de tu vida. Y está bien. Es normal. No desesperes. No importa tanto que sepas todas las respuestas, sino que busques las de aquellas preguntas que consideres importantes. El camino mismo es un aprendizaje y a medida que lo vayas transitando las vas a ir encontrando.

Por otro lado quiero pedirte algun que otro favor, y realmente espero de corazón que los puedas cumplir, o que al menos des lo mejor de vos para lograrlo.

Primero: nunca, jamás, no importa qué es lo que pase en tu vida, dejes de soñar. No te lo permitas. La vida deja de tener sentido si dejas de soñar. Todo lo que sueñes puede ser realidad si realmente lo deseás y ponés tu corazón y empeño en trabajar en ello.

Segundo, nunca dejes de creer en el amor. No se puede vivir sin amor, es lo que mantiene tu corazón latiendo. El amor a una persona, el amor a la familia, el amor a los amigos, el amor al arte, el amor a la naturaleza, el amor a las pasiones, el amor a la vida. No importa de qué tipo, pero nunca lo abandones. Nunca renuncies. El amor está ahí.

Tercero, nunca dejes de reír. No pierdas esa risa constante, espontánea; esa que te lleva hasta las lágrimas a vos y a los que te rodean. No importa cuán difícil se pongan las cosas: siempre podés encontrarle la vuelta y reír. Reíte mucho. Reíte con amigos, reíte sola, reíte de la vida, de los problemas, de vos misma. Mirá cosas que te hagan reír, decí cosas que hagan reír a los demás. Juntate con gente que te saque una sonrisa. La risa es contagiosa y le hace bien al alma.

Cuarto, nunca te quedes en un lugar o una situación donde no te sientas lo suficientemente cómoda ni valorada. Sos una persona espectacular por donde se la mire. Sos un tesoro como pocos que hay que valorar y cuidar como tal. Querete. Si algo no te hace feliz, alejate. La vida es corta y a veces la felicidad es mucho más simple de lo que nos imaginamos. Viniste a hacer feliz. Te lo mereces. No te conformes con menos.

Quinto, mimate mucho. Date gustos. Hacete regalos. Regá tu autoestima. Cuidá tu salud tanto física como mental, ponete en primer lugar siempre, tomá decisiones en base a esos criterios, y no elijas nada que pueda ponerlos en jaque. Tu bienestar es lo más importante ante todo lo demás. Tu salud y felicidad es lo único que no se puede comprar. No las negocies.

Sexto, nunca dejes de jugar ni dejes de lado la creatividad. Quizás ahora no lo percibís, pero sos un ser infinitamente creativo. Siempre lo fuiste. Nunca te olvides de esa faceta, regala seguido y no dejes que se marchite. Crear le hace bien al espíritu, te reencuentra con vos misma y te recuerda quién sos. Escribí mucho, leé, dibujá, pintá, hacé música, escuchala. Tenés una imaginación infinita y poderosísima. Explotala. Explorala. Va a ser un buen cable a tierra en los momentos complicados.

Y eso último me da el pie para hacerte un rigurosa y poco amable aclaración: la realidad es que nada va a ser fácil. La vida probablemente no sea como la imaginaste. Las cosas no siempre van a salir bien. La transición hacia la madurez es dura y duele bastante, va a haber miles de tropezones, frustraciones y desencantos. Va a haber enojo y llanto. Va a haber angustia, soledad y desamparo. Muchas cosas van a ser cuesta arriba y vas a tener que afrontar luchas que nunca imaginaste que tendrías. Pero no todo es malo: la buena noticia es que tenés una fuerza inimaginable y vas a darle batalla a todo lo que se te presente con la más alta de las integridades. Vas a estar orgullosa de vos. Vas a descubrir capacidades y fortalezas que no sabías que tenías. Vas a ver la vida de otra manera y te vas a ocupar de construir un mundo mejor para todos y en donde vos te sientas feliz. Y vas a aprender un montón. Y nos vas a enseñar a todos. Y si te acordás de estas cositas que te acabo de decir, te juro que todo va a ser más fácil.

No te rindas.

Todo va a estar bien, te lo prometo.