Debemos proteger lo que sentimos nuestro.

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Nov 5 · 3 min read

Mi infancia está irremediablemente ligada al mar. Pienso en mis primeros recuerdos y ahí está: cuando aprendí a montar en bici, los largos paseos al bajar el sol, el cine de verano y las tardes de dominó y parchís con mis abuelos. En el Mar Menor, mi abuelo buscaba berberechos con sus gafas de buceo y mi abuela me decía “abre bien los ojos para que se vaya el escozor de la sal”.

Cómo no recordar las amistades que parecía que durarían toda la vida, los bailes y el bingo en la asociación de vecinos (¡y aquel hidromasaje que nunca gané pero siempre quise!). Mi infancia está irremediablemente ligada a Islas Menores, Los Nietos, Mar de Cristal, Cabo de Palos. Y sé que por ello, irremediablemente también, esto tendrá un tono personal, idealizado, nostálgico.

Hace unas semanas, las aguas se salieron de su cauce. El Mar Menor, en una situación delicada e inestable desde hace años, dijo “hasta aquí”.

“Aquí” es una gestión nefasta de un gobierno durante demasiado tiempo, una gestión que ha provocado la famosa imagen de los peces muriendo por falta de oxígeno.

Como yo, muchos de los vecinos sienten que le deben algo de vuelta a este mar, que como dijo Carmen Conde, “es un mar arracimado en dos brazos de tierra”. Les he visto ayudándose para limpiar el barro, levantando muebles llenos de agua, salvando lo poco que pueden.

“No sabes lo que es hasta que no lo ves con tus propios ojos”.

Ayer volví a casa y quise ver el mar. Paseé por la bahía de Portman, producto de otro desastre medioambiental anterior que todavía permanece en la arena negra y en las aguas subterráneas llenas de residuos mineros. Un proyecto de regeneración que se alarga indefinidamente. Por la tarde, fui a casa de mi abuela en una playa vecina, ahora con un cartel de se vende.

Al ser uno de noviembre, aquello es lo más parecido que podrías encontrar a un pueblo fantasma: un paseo desierto y un silencio casi sepulcral. Las olas apenas sonaban contra la orilla.

Pero había algo más: las losas del suelo quebradas por el paso del agua, las marcas todavía en las paredes blancas. La escena palidecía en contraste con las luminosas tardes de mi infancia y me pregunté cómo sería el verano de 2020, el de 2030 cuando quizás el nivel del agua subiese lo suficiente como para tragarse el resto de la playa.

Escribiendo este texto, he pensado en qué quería transmitir con él. Hace falta diferenciar entre una narración nostálgica de mi pasado y lo que es un futuro sombrío para muchos. Yo no volveré a disfrutar del verano de mi infancia, pero esto no va solo sobre mí.

El 30 de octubre, las calles se llenaron para manifestarse por un Mar Menor que persista sin un deterioro acelerado, por un gobierno consciente de dónde gobierna y para quién. Muchos de nosotros creemos, ya no en un futuro idílico donde las conexiones sean mejores o los recursos estén mejor repartidos, sino en un futuro. Para todos. Y se nos acaba el tiempo.

Así que por favor, si por casualidad te sientes identificada con algo de lo que escribo, vota estas elecciones generales. Vota por la pequeña parcela que ocupas en esta tierra y por los pequeños gestos que crean mareas incontrolables. Recuerda: somos los vecinos los que eligen al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde.

O algo así.

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Undisonant 1. (obsolete, rare) Making the noise of waves.

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