No entendés nada.
Ellos me vieron, escucharon, juzgaron con lujo de detalles y con varios parámetros. También, buscaron incansablemente todos mis escondites y trataron de medir el compás de mi respiración. Inclusive trataron de analizar mi forma de caminar o de escribir.
Se quedaron hablando de mis ojos y mi forma de actuar, trataron de escudriñar mis palabras y deducir mis deseos. Se creyeron capaces de calibrar mis emociones y desencriptar mi cerebro.
Pero, aún así, contra todo pronóstico, ninguno entendió nada.
Vos tampoco, lluvia.
Vos no tenés idea de como cambia mi cara en invierno o como se estira mi alma en ciertos momentos.
Crees conocerme y que podés hablar de mi cuando jamás me viste vibrar en un concierto, cuando nunca te conté de la música que suena en mi cabeza cuando río o cuando lloro.
Deja de definirme si nunca nos dimos la mano hasta dormir o si nunca te bese amando, recordá en todo momento que no me viste bailando cuando tengo frío y que no te conté ningún cuento en ninguna terraza.
Te crees tormenta y huracán cuando no entendés absolutamente nada al verme suspirar, lluvia.
No creas que me conoces porque jamás te deje entrar, por algo no entendés de que hablo o de que escribo.
¿Cómo podrías?
Si jamás te hice sentir un choque eléctrico de donde yo vengo, nunca te hice seguirme a explorar lo inexistente y ni se me ocurrió hacerte viajar conmigo en el tiempo.
No hables más de mi, fingiendo saber de que color veo el cielo o que leo cuando tengo miedo.
No hables más de mi, no nos quieras humillar a los dos.
¿Qué querés saber?
¿Qué más querés inventar?
Si seguís hablando por hablar
y todavía, después de todo este tiempo,
nunca (me) entendiste nada.
