«Brasas»

Desde chicos nos enseñan a ocultar nuestras emociones, los hombres no lloran, los hombres no son débiles, los hombres no se aman entre sí. Porque una vez que lo hacen, te quema hasta que duele, como hoy… Hoy todavía duelen las cenizas de ti.

Así comienza mi historia, de cómo sentí y siento las brasas aún en mí. Porque las lágrimas no pueden apagar fuegos, emociones y apegos. Ojalá fueran más abrasivas, como la saliva, esa de tus besos, que barrieron mi pasado, dejando solo espacio para el sabor que tenías en las mañanas, cuando lo único importante era estar tan cerca como fuese posible, para que el inverno que comenzaba a asomarse no enfriara nuestros cuerpos que venían de otras realidades.

Mira que en mis planes conscientes no estaba el amor, o el arrebato de invitarte a salir. Cuando mi ser no encontró nada más atractivo que pararse en el abismo de tu vida, era tan atractivo el arriesgarse, desafiar el vértigo y sentir la adrenalina de correr a los brazos de un desconocido, tú.

Recuerdo nunca dudar cuando me dijiste que “conocerme era lo mejor que te había pasado desde que llegaste a Chile”. ¡Qué tonto! Con el poco tiempo que tenías acá, el primer faro en tu camino sería el lugar que necesitabas, eso antes de que la marea subiera, y la neblina comenzara a opacar mi luz que no siempre apunta en la misma dirección.

Las últimas noches han sido de lluvia, quiero y presiento que el olor a tierra húmeda va a sustituir el calor de tus huellas que nunca se va, cuando mi mente pronuncia tu nombre desesperadamente, invocándote, pero tu amor no es un culto, y yo no soy un sacrificio. Buscaré un mortal, no es necesario perseguir un ideal, no más. Solo recuerda que cada que la noche caiga, alguien te amó.

Santiago, 2018.