Qué sentido útil tienen las bibliotecas públicas cuando en internet casi están todos los libros
¿Quién de ustedes ha entrado a una en los últimos dos años?

Sí, internet ha cambiado todo. Todo. La mayoría lo sabe, pero una pregunta que quizá valga la pena hacerse en medio de este desierto digital donde todos leen, pero eso no importa, ya que la pregunta es qué leemos. ¿Lo que leemos en la red nos nutre, nos hace mejores, nos hace reflexionar –en el sentido clásico del término, o mejor dicho, en el sentido preinternet–.
Otra pregunta: ¿Existen todavía las bibliotecas públicas en la ciudad de México? Si la respuesta es afirmativa, entonces, ¿qué papel desempeñan? Los lectores se han trasladado a las pantalla y aunque de alguna manera hasta leen más eso no significa que sea de calidad. De igual manera ocurre con los libros, entre texto leído y texto comprendido hay una gran distancia. ¿A quién le interesaría acudir a una biblioteca pública entonces?
En el norte de la ciudad se encuentra un ejemplo de arqueología urbana: la Megabiblioteca Vasconcelos; un gigante de concreto y metal que almacena miles de libros de muchas disciplinas. Fue la cereza del pastel del gobierno de Vicente Fox, pero sus fallas estructurales la convirtieron en un monstruo semi-abandonado a pesar de ser un buen proyecto al que no se le ha dado seguimiento para fortalecerlo debido a las fobias de los gobiernos en turno que no dan continuidad a los de sus antecesores.
En una ciudad donde los conciertos en el Zócalo son sinónimo de proyectos culturales el fomento a la lectura debería ser el músculo de una sociedad dinámica crítica, informada, analítica, pero ¿eso ese nivel de ciudadanía le conviene a las estructuras del poder?
¿Para qué acudir a una biblioteca pública?
Una pregunta que se resuelve fácil si lo que uno necesita es un amplio acervo actualizado o sólo el placer de perderse en los pasillos silenciosos sin la pulsión de revisar cada minuto lo que se dice en Twitter y Facebook para no interrumpir la lectura. Como parte de los rituales urbanos actuales este goce se ha trasladado hacia fuera de los sitios al punto de ponerlos en jaque si no entran a una fase de modernización urgente donde los acervos físicos se complementen con tablets, pantallas gigantes, ebooks a préstamo y gratuitos descargables en los dispositivos de usuarios, apps atractivas y programas de creación de nuevas escrituras en la red.
A principios de 2009 la Megabiblioteca mide más de 37 mil cuadrados y se encuentra a un costado de lo que fue el tianguis cultural de El Chopo, ahora simplemente un mercado de ropa, discos y atuendos urbanos; lo cultural se fue hace tantos años. Estuvo cerrada durante 18 meses luego de que se denunciaron todo tipo de fallas de construcción en la obra que costó más de mil 200 millones de pesos, pero el golpe final fue cuando se descubrió que Sergio Vela, entonces responsable del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) dio su aval para que los andenes metálicos del lugar se usaran como escenario para una sesión fotográfica de moda.
Como simple ejercicio de antropología urbana recomiendo acudir a la Megabiblioteca, recorrer los pasillos, hojear libros, sentarse en uno de los cómodos sillones que hay por todas las instalaciones. Hay Wi-Fi y no es fallido por si necesitan, también ofrece el préstamo de computadoras. Un paseo por un lugar que no está planeado para ser un lugar-paisaje sino un lugar-de-libros. Otro dato: no deben dejar de visitar la “Ballena” de Gabriel Orozco, que a pesar de estar colocada en el vestíbulo principal, muchos pasan abajo de ella sin voltear a verla.
Si las bibliotecas no se crean ni se destruyen, sólo de transforman entonces en la ciudad de México aún falta mucho por llegar a esos fantásticos inmuebles de Japón o Finlandia que ya realizan un despliegue de arquitectura, tecnología y diseño para darle a los usuarios el tiempo-espacio para el goce de la lectura. ¿Pero, el placer de la lectura sólo puede acontecer en las 7363 mil bibliotecas públicas que hay en el país y en las 408 que tiene la ciudad de México? Si la respuesta es afirmativa entonces urge modernizarlas para que no sean lo que hasta muchas son, elefantes blancos; si la respuesta es negativa, entonces ¿qué función tienen ahora? Eso voy a investigar y publicaré el resultado en otro post.
En una búsqueda por tener mayor precisión y perspectiva sobre lo que escribe le pregunté a Ale QuHe, colaboradora de la Biblioteca Vasconcelos, y esto respondió vía mail:
¿Si todo está en internet: libros, qué función tienen ahora o deben tener las bibliotecas públicas? Teniendo en cuenta la brecha digital en el país y de que no todos tienen lector de libros digitales?
Personalmente, me parece que es un error considerar que todo está en internet: ni está todo, ni todo lo que está es de calidad. El internet se ha idealizado a grados nocivos para la indagación y la creación. Es simplemente una herramienta que tiene la ventaja de ser más inmediata y accesible. El punto es saber utilizarlo a nuestro favor.
Las bibliotecas públicas son, primordialmente, instituciones educativas. Son mucho más democráticas que la escuela porque no se te pide ningún documento para entrar y utilizarlas. Como tales, se encargan de emparejar el suelo para todos los ciudadanos. Cuando una biblioteca asume esa visión, ese reto, entonces se vuelve relevante.
Las bibliotecas públicas pueden y deben funcionar como el ágora de nuestro siglo. En las ciudades, el espacio público es cada vez más reducido y generalmente se concibe únicamente como el espacio abierto. Los ciudadanos debemos mirar las bibliotecas como espacios de encuentro, no sólo con otras personas ni de información, sino del encuentro con uno mismo.
Las bibliotecas se están transformando para poder satisfacer las necesidades de información y recreación de los usuarios. Por ejemplo, han migrado del catálogo de fichas impresas a los OPAC (Online Public Access Catalog), lo que permite que la gente consulte el catálogo de la biblioteca de manera remota. En el equipamiento físico, los servicios se han automatizado para que el usuario goce de autonomía, lo que economiza tiempo y recursos. Sin embargo, las personas aún requieren orientación en la búsqueda de información y es algo que solamente pueden brindar los bibliotecarios. Esto se denomina alfabetización informacional: saber de qué fuentes es válido tomar información para transformarla en conocimiento. Las bibliotecas organizan y ponen a disposición los saberes en formatos muy diversos, saber utilizarlos es indispensable.
Respecto a la brecha digital que mencionas, la última estadística reportada por el INEGI revela que el 57.4% de mexicanos utiliza internet. De las 7 mil 363 bibliotecas públicas que hay en el país, 3 mil 917 de estas tienen acceso a internet, lo que ofrece a los usuarios el acceso a este servicio tan relevante en nuestros tiempos. Podría parecer que no es suficiente, pero habría que evaluar las condiciones que hacen imposible que este servicio esté disponible en toda la Red de Bibliotecas Públicas.
En el caso concreto de México, la lectura de libros digitales es incipiente. No tiene el mismo ritmo que el de otros países. Mencionas que no todos tienen un lector de libros digitales, sin embargo, estos son cada vez menos necesarios. Consideremos que 77.7 millones de personas utiliza celular y dos de cada tres usuarios de este servicio posee un teléfono inteligente. Con el auge de estos aparatos, tener o no un lector es irrelevante. Los teléfonos inteligentes pueden almacenar libros digitales que estarán disponibles con algunos movimientos de la mano. Ahora bien, esto dista de ser una necesidad para los mexicanos. En el transporte público o salas de espera, podemos ver mucha gente jugando con sus teléfonos. Quizá algunos pensemos que podrían estar leyendo, “aprovechando” su tiempo pero esto no es el interés de la mayoría de la gente. El reto que enfrenta México no tiene que ver, al menos no exclusivamente, con la accesibilidad ni la disponibilidad de bibliotecas, libros o tecnología si no con la falta de un proyecto de formación de lectores.