Tres diálogos en la esfera de la cotidiano y de cómo resuenan sus sonidos varios días

Esperar lo inesperado, como una opción ante la vida

Como todos sabemos no hay casualidades en el plano de la materia: las relaciones, encuentros, palabras, miradas, pensamientos, historias de vida y hasta lo fortuito tienen un sustento de causa-efecto, sólo que nuestra cotidianeidad elimina este estructura principal de nuestra memoria de plazo corto con la finalidad de hacernos creer que todo es nuevo, que es sorprendente, que (quizá ¿por qué no?) hay un alguien que juega con nosotros (algunos le llaman dios) y nos mueve a sus capricho. Es decir, se trata de convencernos de que dentro de este flujo mecánico existe algo que se escapa a nuestro raciocinio y nos aproxima al pensamiento mágico, o algo aproximado.

Tengo tres ejemplos de este tipo de conexiones que me sucedieron en un lapso de siete horas este jueves.

PRIMER ENCUENTRO. El vagón del Metro está saturado, ya no cabe nadie más. Son las siete menos 18 de la mañana. Los que subimos al tren lo hacemos a empujones a sabiendas de que si no es así se quedará en el andén otros 10 minutos a esperar al siguiente que vendrá todavía más lleno. Son sólo tres estaciones, me digo para darme ánimos. En medio del silencio de los pasajeros un señor como de 70 años (o más) le dice algo al de su izquierda, el otro asiente lo que lo vuelve en un monólogo en voz alta que todos los que estamos alrededor escuchamos sin querer. Más o menos el tipo canoso le comentaba a su mudo interlocutor que él desde siempre ha trabajado, que desde los seis años ya cruzaba la ciudad (no dijo en qué ni de dónde a dónde). Así pasaron dos estaciones. A la tercera estación, para hacer el transbordo, me aproximo a la puerta con dificultad porque unas señoras se colocaron a la salida de una forma que tenías que brincarlas para poder salir. El señor de pronto me dijo: Estas personas que no saben viajar complican la salida a los que sí sabemos. Como me sacó de mis pensamientos sólo alcancé a voltear y sonreír de un lado de la cara como si tuviera parálisis facial. El tipo creo que me dijo durante 40 segundos lo mismo que le había dicho a su anterior cómplice de platica, pero en algún momento cuando tocó el tema de la edad de “seis años” le pregunté por la actual y respondió que “92 señor”. Se veía grande, dije, pero no para tantos. Al llegar a Centro Médico salí primero y me olvidé de él, aunque tanta gente en los pasillos lo volvió a colocar a mi lado y él maldecía, apresuraba a los que le “estorbaban” a darle el paso. De pronto me dijo: “¿Ahora que vas junto a mí qué sientes”. Qué siento, le pregunté. Pues nada. “Entonces no has entendido nada. Adiós”, respondió y continuó abriéndose paso por el pasillo donde venían cientos de personas que acababan de sair de un tren. Yo seguí mi camino sin entender nada, qué debía sentir. Y me reí.

SEGUNDO ENCUENTRO. Aunque no me gustan los perros, uno de los lugares que disfruto mucho estas mañanas entre semana es llevare mi termo con café y probarlo mientras me asoleo en el parque México, en la colonia Condesa. Siempre están los mismos perros, siempre ellos me ven a mi entre las nueve y las 10 mientras corren tras una pelota u otro objeto para entretener a los canes de su tipo. En eso estaba, cuando de pronto se acerca un señor como de 50 años, delgado, con un paliacate en la cabeza amarrado como si fuera cholo de Los Ángeles, pantalón y playera sucia, delgado, moreno, con voz de esas personas que ponen tono de quienes no son. Me dice “buen provecho, déjeme decirle unas cosas mientras usted se toma su café”. Veo su silueta a contraluz. Empieza a decirme que el mensaje que tiene para mí es divino y que hay un “dios que tiene una corte de santos” que nos enseñan que sólo estamos de tránsito por esta vida, que hay otras cosas más importantes, “como la trascendencia” y en varias ocasiones comienza a hablar de Leonardo Alcalá Leos como una especie de representante, apostol o no sé qué de dios padre. Y de súbito al verme que no simpatizo con el tema me deja esta url de Youtube y se marcha agradeciendo el tiempo que tuvo de hablar.

TERCER ENCUENTRO. En dos o tres ocasiones supe que M. estaba en la ciudad de visita y cuando acordamos vernos para irnos a echar un trago siempre se canceló porque no había tiempo en su agenda o porque yo no podía en ese momento. Una ocasión en Madrid tampoco pudimos vernos porque me perdí en el barrio Malasaña. Entre estos encuentros fallidos hubo una llamada teefónica y otro causal encuentro en un café de la calle López y Ayuntamiento a las siete de la mañana. Volteas y pum: la cotidianeidad a la que me referí al inicio se nublaba y aparecía otro factor. Pues estaba metido en asuntos de trabajo cuando de pronto alguien se acerca a mi derecha preguntado por el que hacía las redes sociales, giro el rostro y los dos nos quedamos un instante sorprendidos.