Las partículas de concreto de la ciudad generan pensamientos divergentes

Las moléculas se fragmentan y no hay nada qué hacer para evitar

Regresas de correr. Son las 8:14. Hay muchos planes para este día. Tantos que empiezas a sacudirte la cabeza para expulsar tantos pensamientos que sacuden el instante y lo saturan de dolor, de neurosis, por estamos así socialmente, ¿quién lo dijo, en qué estación de radio, o fue en la televisión?, ya no recuerdo pero de que alguien lo dijo, lo dijo. El instante fue lobotomizado y sodomizado por el eterno pasado y futuro, ahora estamos con un pie en ambas franjas, pero no entendemos lo que ocurre en este momento, en este. Siempre hemos querido viajar por el tiempo a través de una máquina poderosa que fragmente las moléculas de nuestro cuerpo y mente y las transporte a otro espacio-tiempo. Qué chingón es ese Einstein, dices mientras avanzas por la calle, por cierto quiero teletransportarme de esa vialidad llena de mierda de perros y homeless. Oigan, pero ¿y si todo ha sido una mentira tramada desde los griegos con su pensamiento racional para que nos perdamos en este laberinto de sin sentido donde trabajar y no pensar es –¿paradójico?– lo único que vale. Una ocasión un señor me decía en una fila de autobuses que nos han hecho creer que no podemos viajar por el tiempo, que el pasado ya no existe y el futuro tampoco pero según él todo está allí frente a nosotros, que a diferencia de lo que creemos el pasado es como una fotografía y que sólo basta accionar el botón para ir hacia atrás y retomar lo más importante. Qué viejo loco, pensé. Ahora ya no estoy seguro, aunque como dice el poeta: el destino de las ratas es el mismo destino de los hombres. Regresas de correr y la mañana aún no se levanta sobre el aire asfixiante de la ciudad, los zombies, no todos, aún no se levantan. El sol apenas caliente el asfalto. Es mejor pensar en los sapos y en los cactus de los versos de Panero, el loco.