Siete horas formado (en una zona de experimento) por mi credencial para votar

Llevaba cuatro horas formado en la fila para sacar la credencial para votar cuando la voz de una señora como de 60 años me sacó de la lectura, mis audífonos y la lectura del libro-tabicote que me llevé como protección para no suicidarme de aburrimiento y fastidio. La señora, muy platicadora por lo que pude ver, le contaba a sus similares que en una ocasión llevó una acta de nacimiento falsa y que las trabajadoras del Instituto Nacional Electoral cuando se dieron cuenta lo dejaron pasar por alto; “yo todo el tiempo puse cara de que no sabía de qué me hablaban”, narraba, “una de ellas se dio cuenta pero cuando quiso consultarlo con una de sus compañeras la otra le dijo que así estaba bien. Me reía por dentro”, agragaba mientras sus oyentes también se carcajeaban, “al final así la saqué porque sino hubiera tenido que ir a La Huacana, Michoacán, de donde soy, para ir por mi acta”. Las señoras le aplaudian la “buena suerte”.
Esta historia sencilla dice mucho de nosotros como mexicanos, y quizá más allá de las nacionalidades y patriotismos baratos, ya que ante situaciones así siempre trataremos de sacar provecho (a menos de que seas un santo o un evangelizador de la lucha anticorrupción planetaria). Me pregunto cuántos de ustedes hubieran hecho (o no) lo que la señora con el fin de obtener un documento oficial. Yo me quedé siete horas formado, perdí toda la primera parte del sábado: llegué a las 6:15 de esa mañana a 8 grados a formarme para alcanzar lugar entre las 100 fichas que ese día los burocrátas repartieron. A las 2:20 de la tarde pude librarme de ese módulo que era a su vez una especie de experimento social de alguien que sin saber nosotros nos había convocado a asistir a ese encuentro.
Estaba una señora que llegó a las 6:44 de la mañana (lo sé porque yo no dejaba de ver hora en el teléfono como si eso lograra que avanzara más rápido) con un cigarro en la boca, en playera y un café del Oxxo. Mientras fumaba nos veía desde sus alargadas lentillas como si fuéramos un grupo de extraterrestres formados en una oficina de identificación. Fumaba, fumaba, fumaba y nunca hablaba. Ni cuando un tipo le empezó a platicar que él venía de la GAM y que hasta apenas ahora había podido acudir a pedir su credencial porque no le habían dado permiso antes en el trabajo hasta que se peleó con su jefe; “no sé si cuando regrese voy a tener empleo, pero eso sí, ya tendré mi identificación para votar”. Si algun día llevaran al cine Daria, la serie animada de televisión, ella sin duda podría interpretar el papele de la persona ya en edad madura. Cuando abandoné agotado ese módulo ella seguía fumando en medio de la calle fría, inmersa en sus propios pensamientos, ajena a todos. ¿Cómo salió en la foto? ¿Con su cigarro entre los labios?
Pero un tipo llamó mi atención todo el tiempo: unos 40 años pero se veía de más; delgado, pero con esa delgadez de los que consumieron muchos años crack y ahora se ‘recuperan’, moreno, de barrio, pelo corto, casi a rapa y con una cicatriz que se le veía a la altura de la nuca. Él asumió el papel del que organizaba que nadie se metiera a las filas, que las fichas se repartieran de acuerdo con una lista realizada por él y cuando inicio el servicio también se dio a la tarea de explicarle con una paciencia de profeta biblíco a cada uno de los que llegaban a pedir informes que tenían que hacer una cita por teléfono, llebar tales y cuales documentos. Al final remataba su explicación haciéndolos voltear hacia donde nos encontrábamos formados y nos ponía como ejemplos de personas que se esmeran en conseguir lo que quieren así sea levantarse a las 5 de la mañaba para formarse frente al módulo del INE. Cada uno de sus interlocutores lo veían como si se los dijera el mismisimo consejero presidente del órgano electoral. Se notaba el respeto o sorpresa o ambas de verlo cómo les decía paso a paso lo que se tenía que hacer. Dudo que alguien se haya cuestionado quién era ese sujeto sonriente, mandón y que organizaba a todos mejor que el encargado de hacer ese trabajo.
Al final, él se fue una hora antes que yo y yo me quedé sobre una dura silla de plástico guarecido del frío en una sala repleta de gente. Eso me pasa por haber perdido la credencial para votar una semana después de que me la dieran en noviembre pasado, me quedé siete horas por pendejo. Ya no estaban los triciclos con botes de tamales, atole, pan de dulce y café de termo, sólo estaba la basura regada en la banqueta (clásico de los chilangos). Todo era normal en avenida Baja California. Ciclistas evitando a peatones que se cruzan las ciclovías sin darse cuentas, automovilistas que se pasaban el alto. Normal. Estaba feliz de haber salido de esa cápsula.