La palabra, el orígen del mundo
Entrevista con don Simplicio

Zipolite, Oax– Simplicio Salvador de la Cruz recorre las playas de Zipolite, San Agustinillo y Mazunte con tapices de papel amate pintados por él; las ofrece a turistas que se asolean en el Pacífico oaxaqueño bajo el poderoso sol de agosto. Unos le dicen no gracias, otros se detienen a observar las piezas que lleva en los brazos. También lleva máscaras que su hermano elabora y que él pinta hasta darles ese toque artesanal que le dan los artistas de la sierra.
Al principio parece ser sólo otro más de los vendedores que ofrecen sus trabajos en la franja costera entre poblados, mercados, tianguis y cruceros. A simple vista no hay nada extraordinario en él: un señor de unos 50 años con sombrero, de origen indígena y trato amable que se desplaza entre las hamacas y camastros de los visitantes asoleados. Tampoco sus productos parecen ser diferentes, a simple vista, de otros que hayas visto ante. La magia sale cuando dice que tiene otros dibujos que cuestan el doble pero que son únicos, que son los que él escribe.
En ese momento el conejo blanco salta hacia la playa y veloz se sumerge en el mar.
La atención se enfoca en los tapices de amate y comienzan a salir las historias de dos muertos que dialogan sobre una mesa la noche del 1 de noviembre. El rostro de Simplicio se va transformando en rostro de madera mientras el hilo de su voz narra las aventuras de gentes y fantasmas que conviven en nuestro mundo, pero no los podemos ver, pero él nos ayuda a detectarlos en este mundo de internet, televisión y redes sociales.
Él es un artista que continúa con la tradición de los ancestros que en los viejos tiempos se reunían alrededor de la fogata y contaba las historias de los hombres de los primeros tiempos y su relación con los seres invisibles. Él es la continuación de esa linaje de humanos que pasó de la narración oral a pintar los muros de las cavernas con episodios que no deberían olvidarse. Es como José Francisco Borges, ese artista de la tradición del cordón que se encontró Eduardo Galeano en el pueblo de Bezerros, Brasil.
Una de sus hijas es maestra, como su esposa; otra es chef; “de este trabajo artesanal salió para que les diera estudios”, comenta orgulloso sin darse cuenta aún de la importancia de lo que hacen sus manos. Entre risas, recuerda que una ocasión trabajó durante seis meses como carcelero en la prisión de Iguala. Una noche antes su compadre le dijo que si quería ir a trabajar con él, le dijo que sí (“además tenía todos los documentos que pedían”). Los primeros tres meses todo fue miel sobre hojuelas: labor de oficina, en la sombra y sin presiones; esto cambió a partir del mes cuarto cuando lo pusieron en la entrada del centro penitenciario, bajo el sol, de pie, a vigilar que nadie se escapara. Su jefe le advirtió que si se fugaba uno de los internos a él lo iban a poner en su lugar. “Entonces me dije: no para qué estoy aquí. Yo no me voy a quedar en este lugar”. Allí acabó su breve historia como guardia carcelario.
Es un narrador que no piso la escuela de escritores, todo lo aprendió de forma autodidacta en San Agustín Oapan, en la sierra de Guerrero, cuando sus padres lo pusieron a pintar platos, jarrones y vasos de barro que se venden en la zona. Cómo él otros cientos de menores trabajaron en los talleres y patios de sus casas en esa labor. Los personajes sabios que hablan a través de él nacieron en esas comunidades mezcaleras donde la lengua original es el náhuatl, unas tierras donde conviven los dioses africanos, precolombinos y los santos cristianos. Oapan se localiza en el Municipio Tepecoacuilco de Trujano; para llegar a esta comunidad hay que pasar por Iguala, donde fueron baleados y asesinados normalistas de Ayotzinapa; hasta ahora siguen desaparecidos 43 normalistas.

Si le ponen una fotografía o una pintura para que la copie en el papel amate no lo puede hacer; lo que él realiza es íntimo, introspectivo, primero lo piensa, lo ve en su mente y luego ya lo boceta y decolora. Lo mismo pasa con los diálogos de sus personajes. ¿En qué se inspira para estos encuentros de ángeles, humanos y fantasmas? En nada; dice que no lee. Le llegan por inspiración. Es como si hackeara, o mejor dicho, tuviera acceso a ese banco de datos universal que contiene la memoria primigenia y nos recordara lo que no tenemos que olvidar. Asegura que su método no es el de copiar imágenes tal como las encuentra; su forma de definirlas y darles vida es en silencio de su mesa de trabajo, poco a poco, como si se tratara del revelado de una fotografía en el cuarto oscuro, donde lentamente surgen las figuras entre charola y charola hasta fijarlas con químicos, pero en él su herramienta son los pinceles.
