La lámina

Uriel Arechiga
Sep 2, 2018 · 4 min read

Justo hoy traigo corbata. ¡Carajo! Me doy cuenta de que no importa cuán intensamente me le quede viendo a las puertas, no se abrirán; ni siquiera sé si el elevador está entre pisos o detenido en uno.

Yo ya sabía que los elevadores del edificio, que ya tienen 50 años no funcionan bien, sin embargo, como otras tantas veces me subí y apreté el botón de planta baja.

Ya me enteraría por las malas que debía haber usado las escaleras, no solo porque iba para abajo y no me venía mal moverme un poco, sino porque rompería el récord de tiempo de los atrapados en el elevador.

Me aflojo el nudo de la corbata y me siento en el suelo dispuesto a esperar que vuelva a funcionar. No veo ninguna trampa en el techo para escapar y me rio ¡ni que estuviera en una película! De todas maneras no creo poder hacerlo, quedaría atorado por la mitad como una vaquita marina. Me rio de nuevo. Lo único que me queda es esperar (no sé si a que me rescaten o a que el elevador funcione solito) como dice el letrerito pegado junto al panel de botones.

¿Cuánto tiempo tendré que esperar? Me acomodo mejor, me recargo y comienzo a golpear la pared rítmicamente con mi cabeza. Es flexible y no me duele porque el panel es una lámina de aluminio que suena como un gong a cada golpe. Dejo de usar la cabeza y con mis puños comienzo a golpear con fuerza el panel para ver si alguien me escucha; el ruido es estruendoso y me doy cuenta de que no me es ajeno…

Mis amigos y yo teníamos 13 años y lo agarramos como una moda, todas las noches, tomar una piedra y lanzarla con fuerza a la caseta hecha de lámina acanalada donde dormían unos albañiles que también hacían de veladores de una construcción cercana a mi casa, para luego salir corriendo entre carcajadas hasta nuestra calle.

Lo hicimos por días hasta la vez en que, sin darnos cuenta, los albañiles ya nos estaban esperando…

Al momento en que lanzamos las piedras, ellos (eran 3) salieron de la nada con las suyas. Dios sabe que corrí como solo un pecador puede huir en la hora del juicio final, pero me fueron cercando mientras por el rabillo del ojo observaba que mis amigos ya no estaban conmigo.

Cuando me agarraron, me llevaron a rastras a su caseta de lámina y me lanzaron dentro, tratando de guardar equilibrio acabé azotando contra una de las paredes que sonó como un relámpago, como suena ahora que golpeo las paredes del elevador.

Al parecer no hay nadie que me escuche por lo que dejo de pegar en la pared y me tranquilizo, que bueno que no soy claustrofóbico, aunque percibo que estoy sudando mucho, pero esta ocasión es diferente de la otra.

Dentro de la caseta sentía como estaba sudando frio, con un temor que calaba hasta los huesos, tardé un tiempo en poder enfocarme en el entorno en que estaba. Lo primero que sentí fue un fuerte olor a encerrado, algo dulzón y húmedo al a vez, como una cobija muy usada. En una esquina en un colchón destartalado sobre un petate, estaba una señora con dos niños llorando, eran bebes como de uno y dos años. El olor de la pobreza.

Los albañiles hablaban de mí, me imagino que discutían que iban a hacer conmigo, yo no entendía porque hablaban en una lengua indígena, pero en algún momento uno ellos se volteó y me dijo en español que me iban a romper una pierna para que aprendiera, que, qué tal si mis amigos y yo hubiéramos lastimado a uno de los bebes con las pedradas…

Les juré con el corazón que no volvería a hacerlo y busque la mirada de la señora para pedirle perdón, pero ella no volteó a verme. Lo que me caló más hondo es que no había coraje o indignación en su rostro, tan solo una suerte de pena y resignación que con el tiempo aprendí, te da cuando pasas de una situación de carencia y discriminación a otra.

En ese momento supe también que los albañiles tampoco me iban a romper una pierna, la flama de la venganza no ardía en su mirada.

Un rato después me dejaron ir y yo estaba infinitamente agradecido de salir de ahí en una pieza, pero también con un sentimiento de vergüenza la darme cuenta de que me había salido muy barato el asunto, que no me habían hecho nada, que mi pedrada fue solamente una de tantas porque ya estaban acostumbrados a recibir mil “pedradas”

Ya de camino a mi casa decidí no volver a juntarme nunca más con mis “amigos” que me habían abandonado, de los cuales me separé diez años después.

Viendo mi reflejo en la lámina me pregunto qué es lo que yo he hecho para merecerme esta vida de privilegio que llevo y que tendría que pasar para hacer un lado mi dignidad que es lo mínimo que tengo para sentirme un ser humano. También me seco las lágrimas porque el elevador ya está bajando y todos van a pensar que estuve llorando por mariquita.

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