Ursula de la Peña
Sep 8, 2018 · 1 min read

UN ACCIDENTE CONTINUO

Lo más duro de un choque no es el golpe. Es solo el ruido. El sonido de lo inesperado.

Llevaban incontables horas de recorrido. Ella miraba por la ventana, despierta como un buen copiloto, aunque subordinándose a sus pensamientos. La brevedad entre la lluvia impetuosa y los cielos despampanantes. Thinking out loud. El placer de ver el parabrisas limpiarse. Salir. Llegar. Moverse.

Y se detuvo ahí, en la sensación de tránsito. Estar en camino, pero en ningún lugar. De pronto, volvió en sí al escuchar que, curiosamente, estaba lloviendo en un solo lado de la carretera. Sonrió impresionada y se preguntó si la lluvia los alcanzaría.

Qué difícil no tener un destino. Huir a medias. No irse completamente. Distraerse de las distracciones. Que no sea tan fácil escapar. Ella no sabía de qué huía ni adónde iba. Y, por eso mismo, no terminaba de irse.

Y, allí mismo, sucedió el impacto. Súbito. Ruidoso. Profundo. Y no supo qué le sorprendió más. Si la rapidez con que alguien giró el timón sin que ella se diera cuenta. O el descubrimiento, como un reflejo involuntario, de que todo el tiempo era ella quien estaba en el asiento del piloto.

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