Del miedo a la verdad

1
Necesito entender.
Decime, por lo menos
qué soñás, qué querés
que yo no tenga ni pueda crear
con mis músculos o mis palabras.
Decime, al menos, por qué
mi deseo inagotable
–al que responde tu cuerpo–
se agota en tu mente.
Contame, por favor
qué es mejor y más cálido
que mi aliento en tu cuello
en las tardes de lluvia.
Contame qué ves
cuando cerrás los ojos
y te negás a verme
aunque esté ahí, tan obvio
como tus pesadas dudas.
Necesito entender, tan solo
por qué preferís mi indiferencia
–que no existe ni existirá–
a mi hambre de vos.
Es decir, mi hambre
de más hambre de vos.
2
Necesito saber.
¿Por qué no querés
que te quiera
si vos misma
a espaldas de vos
ya me querés?
¿Cómo no ves en los espejos
lo mismo que yo veo?
Magia, luz, fuerza
una potencia cruda
pero reprimida o guardada.
Un resorte contenido
que espera, a tientas
su propia liberación:
la puerta, la tapa
se abre desde adentro.
¿Por qué si, como decís
mis manos parecen hechas
específicamente para tu cuerpo
y extrañás mi presencia en tus madrugadas
te vas solo porque no sabés
cómo quedarte?
No comprendo por qué elegís
ese mundo insulso, diminuto
de los hombres corrientes
–tan demasiado hombres
que no saben, ni sabrán
acompañarte, estimularte
crecer con vos y celebrarlo–
en lugar de mi pecho entero
soleado, aventurero, cómplice.
Y ya tuyo.
Amor, nadie sabe cómo.
Uno y otro solo deciden quedarse
y el saber cómo lo inventan luego, juntos.
3
El miedo a la noche se vence
dejándose consumir por ella.
Mañana, todas las mañanas
–es mi única promesa–
siempre amanecerá
y al darte la vuelta
me verás ahí.
Lo sé
–como la Tierra sabe girar–
porque yo ya estoy
aquí. Y espero.
Espero ser capaz de consumirte
como una noche tibia y clara
como un abrazo desnudo y cierto
capaz de tragarse completo, tu miedo.
Te quiero, tanto
como quiero la verdad.
