Feliz día del niño, papá

No podría llamar inteligente a una persona que no aprende de sus errores. Mucho menos a mí mismo. Y la atención y la paciencia son, para mí, dos de las fuentes principales de ese aprendizaje: sin prestar atención cuidadosa a mis cadenas de pensamientos y a mis actos no podría reconocer mis errores; y sin paciencia no podría aprender de ellos para no repetirlos.

Antes de tener conocimientos formales de nada, siendo todavía niño, ya alguien me había enseñado que la atención y la paciencia son quizá la madre y el padre de todas las demás virtudes: mi papá. Algo se descomponía en casa, o había que hacer algún arreglo, y mi padre se tomaba horas y horas para descifrar y entender todos los pormenores, hasta el último tornillo, y resolver él mismo el problema. Ponía atención al funcionamiento de las cosas y con paciencia incólume las comprendía y corregía. También yo aprendí todo eso viéndolo pensar, moverse, viendo hacia dónde veía y qué hacía, cómo actuaba y cuál era el resultado. Así, observando, preguntando y pensando –según decía– aprendió él mismo los principios básicos de electricidad, fontanería, carpintería… Y seguía el mismo procedimiento se tratara de una cañería bloqueada, una gotera en el techo, un problema de pareja, o explicarnos –con palabras, argumentos y, de nuevo, paciencia y serenidad– a mi hermano y a mí por qué algo que habíamos hecho estaba mal. La suya era una práctica cotidiana de ingenio que tanto podía abarcar aparatos e infraestructuras como aspectos emocionales o familiares.

Hoy mi ducha tenía un problema. Podría haber llamado a un técnico. Podría haberla desechado y tontamente gastar el dinero que no me sobra en comprar otra. Pero recordé a mi papá.

¿Qué haría mi papá? Poner atención minuciosa a todo su funcionamiento. Desarmar cuidadosamente el aparato y lenta y atentamente ver, analizar, encontrar el problema e inventarse una manera para resolverlo él mismo.

Hice todo eso y resolví mi problema. Y, como tantas otras veces, sonreí para mí mismo y le agradecí a mi papá haber sido quien fue para el niño que yo fui; y que sigo siendo cada vez que me descubro haciendo algo que aprendí de él. Como el hecho mismo de no dejar de ser, nunca, un poco niño: a los ochenta y pico de años mi papá no había perdido ni un ápice del deseo de aprender cosas nuevas. Es posible que haya muerto solo porque ya necesitaba saber qué era la muerte.

Ser niño con un papá como el mío no es una etapa de la vida, sino una forma de vivir: con atención, paciencia, compasión y, por esas tres cosas y otras más, con inteligencia. Y sin nunca perder la alegría.

Veo a miles de padres y madres que colman a sus hijos e hijas de regalos y mimos, que les cumplen cada capricho, que los sobreprotegen al extremo sin entender que los están debilitando para ser adultos autónomos y saber tomar sus propias decisiones y ordenar y guiar sus propias vidas. Es terrible: esos niños hipermimados repetirán el ciclo y la sociedad terminará –o quizá ya terminó– plagada de adultos-niños que saben perfectamente chillar y pedir y quererlo todo ya, fácil, regalado y a su medida, como si, siempre, cada día, fuera su día del niño.

Celebrar el día del niño debiera ser también –acaso en primer lugar– ocuparse de ser mejor padre, mejor madre, y en lugar de regalar más chunches, enseñar a vivir, con uno mismo y con los demás.

Feliz día del niño, papa.

Mi hermano, mi papá y yo (centro), en algún lugar no identificado de Guanacaste (?), circa 1978 (?)

    Víctor Alba de la Vega
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