Madre

Mi madre, Ana, fue valiente y atrevida. Trabajó desde adolescente para ayudar a su familia. En contra de muchas voces que querían impedirlo, se casó con mi padre y se fue a Nueva York sin saber inglés ni haber salido nunca del país. Perdió un hijo. Regresó. Y tuvo dos hijos más que la seguimos queriendo.

Mi madre, como cualquier ser humano, también tuvo debilidades e imperfecciones. Una de ellas era, paradójicamente, ser perfeccionista, a veces obsesiva y terca, y hacer cualquier cosa para que todo saliera como ella quería.

Hoy, día de la madre, la gente acostumbra halagar la perfección de sus madres. O, en general, de ser madre. Suena muy noble, pero ningún ser humano es perfecto. Yo no celebro a mi madre porque haya sido perfecta, ni siquiera perfecta para mí, ni sabia al 100%. La celebro porque, a pesar de que ya de por sí es difícil ser humano en sentido individual, más difícil es ser humano a cargo de otros, hacerse enteramente responsable de otros y hacerlo bien. Y mi madre lo hizo bien.

Hoy vivimos una cultura de selfies-hness y la atmósfera nos invita todos los días a autoayudarnos porque, se supone, no debemos esperar ayuda de nadie (reverso: no debemos perder nuestro tiempo ni nuestra vida haciendo cosas por otros), o porque está mal necesitar a alguien (reverso: no debemos hacernos necesarios para nadie). Cada quien debe valerse por sí mismo. Solo debemos querer –reza el estribillo– a quien no nos necesite…

No creo que sea cierto. Ningún otro animal en la Tierra es más sociable que nosotros, y más necesitado de sociabilidad. Aunque queramos, aunque nos parezca heroico, no podemos dejar de necesitar a otros y ser necesarios para otros en alguna medida. Hay experiencias que nunca son iguales en soledad que en compañía. Los que organizan cárceles saben hace tiempo que el peor castigo para un ser humano es el confinamiento en solitario: desvincular a las personas de todo tipo de relaciones con otras personas. También está muy estudiado que la expectativa de vida de las personas solitarias se reduce en cinco o diez años, en comparación con las no solitarias. La soledad es un factor de riesgo equivalente al fumado.

Quizá es eso lo que, más que otros humanos, siguen teniendo clarísimo las madres, o nos siguen enseñando las madres: cualquier ser humano, solo, sin vínculos fuertes, es una aberración. “Nunca se deja de ser madre”, he escuchado no pocas veces; o bien: “para una madre sus hijos siempre serán niños necesitados de apoyo, ayuda, amor”. Tampoco es cierto que todas las mujeres sientan instintivamente el deseo de ser madres, ni que, quienes lo sean, sean todas igualmente abnegadas. Pero eso no es importante. Lo importante es advertir que, de ser cierto ese evangelio individualista que hoy nos venden por doquier, los humanos no habríamos salido nunca de África a poblar el mundo entero. Quizá nos habríamos extinguido. El vínculo madre-cría es, en todos los mamíferos, el vínculo primordial, primero de una serie de vínculos cada vez más amplios que, en nuestro caso, nos llevan a querer también a hermanos, primos, amigos, paisanos, correligionarios y, en el mejor de los casos, al mundo entero. En este sentido, el amor maternal es un símbolo lúcido de muchos otros amores posibles; incluso, por qué no, de la cooperación en general.

Hoy yo no necesito, materialmente, a mi madre. Pero ella me necesita a mí. Hoy mi madre está enferma y la mayoría de las veces no me reconoce cuando me ve. Así como no reconoce su casa ni a su esposo de más de 50 años. Curiosamente, sigue reconociendo mi voz; por teléfono, por ejemplo, siempre sabe que soy su hijo. Es comprensible: con el paso de las décadas mi voz no ha cambiado tanto como mi aspecto. Mi voz es casi la misma que la de su hijo pequeño, el de hace 20 o 30 años. Pero también sabe que soy su hijo cuando la abrazo y la beso, o, al menos, sabe que soy alguien que la quiere. Lo noto por la entrega total con la que, dentro de su mundo de extraños y enemigos, me abraza de vuelta.

Hoy la mente de mi madre es una tormenta sin asideros, una niebla de rostros difuminados. La memoria de su vida ya no habita su mente y eso la deja abandonada, como los muelles en el alba, que decía Neruda en su canción desesperada…

Y, sin embargo, lo único que parece no haber olvidado es precisamente que tuvo hijos, sabe que tuvo hijos; a veces olvida nuestros nombres, pero en sus noches sin forma ni fin se despierta de pronto y le pregunta a mi padre dónde están sus hijos, y se levanta y no nos ve en las camas y se angustia porque no hemos llegado. O quiere, a deshoras, alistarnos el uniforme para la escuela. Mi padre, paciente como un árbol a través de todas las estaciones, intenta calmarla. A veces lo logra. O mi padre me llama y la pone al teléfono, y a veces mi voz la tranquiliza, “estoy bien, mamá, llego mañana”, le digo, “duerme tranquila, besito”.

Mi madre, pues, que ha olvidado todo de su vida, parece no poder olvidar que fue madre. Que lo sigue siendo. Como si ese recuerdo se almacenara en otra memoria, una mucho más emocional que esa que, a lo largo de sus años, se fue llenando poco a poco con imágenes y palabras y que ahora la enfermedad ha ido desbastando hasta no dejar nada más que un órgano vacío.

Pues yo tampoco la olvido. Ni un solo día. Y espero no olvidarla nunca.

Hoy celebro este hecho simple: hay al menos otro ser en el mundo que pensará en mí (aunque ya no tenga yo ni nombre ni rostro) y me querrá hasta que su mente se desvanezca para siempre. Es decir, en un sentido radical, ni estoy ni he estado nunca solo. Lo mínimo que puedo hacer es pensarla yo también a diario, aunque no pueda visitarla a diario.

Imagino a mi papá tratando de leerle estas palabras de la pantalla de su computadora. (No hace falta, papa, solo dile que la quiero.) Y tal vez ella sonreiría por unos breves segundos, pero al instante ya no sabría lo que acaba de oír y volvería a su noche interminable y le diría “papi” a su esposo de siempre, o Carlos o Juan o lo que sea, menos su nombre…

Y mi padre tendrá de nuevo la paciencia de cuidarla, de darle de comer, de llevarla por enésima vez a la cama… Los imagino a ambos, viejos que se acompañaron siempre, ya tan viejos y juntos en esa última cuesta de la vida, y entonces los celebro a ambos, porque ambos fueron madres para mi hermano y para mí, y también fueron madres uno para el otro. Y mi padre sigue siendo la madre de todos. Y fueron madres porque se quisieron y se quieren; y fueron madres porque quisieron a sus hijos y los quieren. Fueron madres porque nunca abandonaron a sus seres queridos, porque no decidieron nunca ser exclusivamente individuos, sino siempre familia.

Ella, mi madre, casi siempre se siente mal, y la pasa mal, ¿cómo no hacerlo si no sabe dónde está ni quiénes la rodean? Pero cuando llego a su casa y mi padre le dice, “mira, Negra, ahí viene tu hijo”, ella se levanta de su sillón –sí, esa es mi madre, una reducción ósea de la belleza de mujer que era– y trastabilla y se esfuerza por dar los pasitos necesarios para recibirme en el garaje y levanta sus brazos y le brillan los ojos. “¡Hola, mi amor!”, dice. Y yo la abrazo y le beso la frente y siento que ella siente por unos segundos que su vida vuelve a tener sentido.

Desde hace tiempo que yo ya no la necesito. Hago mi vida sin su ayuda. Ella, en cambio, sí necesita aún esos segundos, ese parpadeo de mi abrazo que, sin razones ni palabras, le hace sentir que sigue siendo humana, mamífera, persona, madre humana. Ella, supongo, necesita sentirse necesaria. Y para eso nos necesita a nosotros, a sus hijos y su marido: somos –o es nuestro cariño– el último vínculo que le queda con su historia y con el mundo.

Me equivoco… También yo la sigo necesitando a ella, porque es ella quien mejor me recuerda a diario que el amor, en todas sus formas, sigue siendo posible, urgente, imprescindible aun cuando parece imposible. De otro modo, moriríamos todos, así, en vida, desmemoriados y solos.

A single golf clap? Or a long standing ovation?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.