La canción de Menquí

Un día, caminando por los senderos húmedos de un arrozal en Menquí fue que lo escuché.

Era un elegante sonido como salido de un cuatro venezolano recién afinado de esos que tararean dulces canciones y se regalan a los niños.

Sin pensar lo perseguí, pero sus escurridizas coreografías que se moldeaban en el viento lograron esconderse en el vaivén de la corriente.

El paisaje agrario formaba deliciosas siluetas flameantes que me invitaban, casi aburridamente, a perderme de aquella balada que se formaba como una pared de ladrillos amarillos, erigiendo torpemente su voz ante mis oídos.

Caminé sobre el agua recogiéndome la ropa hasta la mitad de las rodillas, cada paso era un acorde que salpicaba distinto pero que sin pensar cantaba siempre lo mismo.

Gracias a los arrozales en Menquí esa tarde semi celeste me perdí, intentando alcanzar una melodía seductora, que en un segundo dejó de cantar y empezó a contar historias de héroes y bandidos.

Los sonidos de un nuevo idioma, uno perdido aquel noviembre del año crepuscular y que bajo las estrellas me enseñó a pronunciar un vocabulario escondido.

El sonido de todo lo verde y olvidado, románticamente perdido.

Caminando por los arrozales de Menquí un buen día me perdí, y perdida cantando fue que me encontré y lo descubrí.

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