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A veces no hay que esperar para saber que hay que esperar. Hago así como todo lo que los blogs, portales de salud y sitios viven recomendando. No, no es que obedezca por consumirlos, conozco lo que dicen de memoria y así me comporto. No fumo, el alcohol es bastante letal cuando se encuentra con mi hígado vapuleado por una temprana hepatitis. Hago las comidas pertinentes, variadas y frugales. No salteo nada. Camino mucho y corro un poco más. Y no pertenezco a la franja etaria con la que debería intensificar mis tareas intelectuales, pero esas las repito por gusto propio. Un poco es mi autobranding.
Desde hacía unos días venía con la energía desorientada, durmiendo mal. Molestias para hacer pis? Sí, y algo más. Esperé, seguí los días con mal humor rampante.
El martes, haciendo fuerza para no volverme china del dolor (abrazo la cultura, no si eso conlleva un sacrificio metamorfósico) cancelé mi turno de terapia (el dolor que debés estar manejando para estar yendo al médico, respondió mi terapeuta) y empecé a caminar, como podía, el trayecto que me quedaba del trabajo a la estación de subte (todavía mis finanzas se resistían a la comodidad de un taxi que apacigue el camino, idiota).
Entro al sanatorio. Pulsera de guardia, como en un recital de enfermedades me siento. Un all access de sueros y apósitos. Me hacen una pre consulta solo para chequear mis signos vitales. En la sala hay 3 amigxs. Una está especialmente preocupada, lo veo en sus ojos. El pibe (son dos chicas y un flaco) pone videos desde su celular, se empiezan a reír. Funcionó la distracción. Gracias YouTube.
Me llaman, la chica es rubia y, como un acto inconsciente que tengo cada vez que el dolor, la angustia o cierto sentimiento me domina, pongo especial atención en un detalle del consultorio. Sus botas, o mejor dicho, el puente de tachas que tienen sus botas en la parte trasera. Medio incómodo para elegirlas como calzado en una guardia. Ella sabrá. Como también sabrá lo que me está pasando. Tengo que hacer pis y esperar una hora a que me den el resultado. Una hora. Es mucho tiempo para estar sola cuando te sentís mal y sin saber cuán mal se está en realidad. Entrego la muestra según instrucciones, pego la etiqueta con mis datos en el envase. Me empiezo a ver un dato, soy un registro, voy dejando migas por las bases de datos de la institución. Me siento como puedo (y no puedo mucho). Revuelvo en la mochila y saco lo único que tengo dentro además del celular: un libro. Es malo pero lo quiero terminar y es el único elemento distractorio del que dispongo. Leo. Al ratito viene un señor llevando a su padre en silla de ruedas. Le falta la pierna derecha y no logran que orine. También le pone videos para que se entretenga. Suena algo motivacional del pop, como Coldplay. Eso no ayuda. No ayuda para nada. Sigo esperando. Cuando vuelvo a entrar al consultorio estoy fatal, temblé esperando. Empiezo a sentir un poco de fobia a los olores clínicos y me tapo con la bufanda. La doctora asegura que es un principio de infección urinaria y me medica. Tuve muchas veces esto y el dolor nunca se comparó al de hoy. Esto es algo más, pensé.
Ya me está empezando a costar cerrar las piernas, estoy toda hinchada. Se lo comento. No, no es normal. Me revisa, no se alarma proporcionalmente a mi dolor. Pero agrega una inyección y una crema para que desinflame la zona, que con eso estaré regia. Bueno, la inyección se percibe como más fuerte, así que me voy más confiada (no desconfío de la doctora, solo le temo mucho a mi dolor).
Me compro cena de cumpleaños (sanguchitos de miga y batatas fritas de paquete) y me pongo a ver tele, no tengo atención para nada más, siento que el efecto de la droga me hará dormir temprano (avisé en el trabajo que mañana no voy). Antes de las 22hs. estoy en la cama. Duermo bien, ok. El miércoles no condice con las instancias de curación, me incomoda todo, hacer pis me mata, caminar es una tortura. No pasó ni un día, me digo. Me baño, me pongo la crema y me siento a ver tele, otra vez. Al rato creo que mañana no estaré al menos lista como para volver a trabajar. Aviso, ya no cae muy simpática la noticia y enseguida me avivo de ir al Día% a abastecerme para no tener que salir de nuevo. Papas de tubo, era hora de probarlas, yogures cordobeses, milanesas de soja, aceitunas negras, Rodhesias. En la fila para pagar de nuevo. Congelamiento visual por dolor ciego. El hombre delante mío trajo una bolsa de vivos colores donde llevar sus compras. Es rosa y azul y tiene figuras de moluscos. Me aferro al carrito y no puedo pensar en lo que será volver a casa (3 cuadras). Pago, el cajero no me habla y solo quiere despachar. Vuelo hacia casa, todo lo poco que la tensión entre mis piernas me lo permite. Algo acá pasa, pienso otra vez. Llego, guardo las cosas en la heladera, caliento las empanadas que antes de ir al super compré en la esquina y me siento a comer. Esa incertidumbre física me vuelve por demás vulnerable, nostálgica y reflexiva. Algo temerosa? Seguro. Entonces, hago lo que venía postergando pero que creo un buen atenuante: llamo a mi mamá. No voy a decir lo que implica hablar con ella cada vez, pero digamos que pensaba que hacerlo sería más otro peso que un alivio. Minimizo la situación, le digo que en realidad la llamaba para saber cómo estaba y de paso le comento que tuve que ir al médico. Hoy, además, tuve que INSISTIR laboralmente con el temita de que no me encontraba en condiciones de volver a mis tareas. Eso me jodía bastante más. No puedo, me desbordo, lloro. Aclaremos aquí que yo no lloro jamás, creo que tengo un promedio de una vez al año y tal vez sería exagerar, que se entienda.
Mi madre, pese a todos mis pronósticos, no sólo no quiebra a dúo, sino que me da palabras de apoyo. Ayuda. Focalicemos en vos. Vas a estar bien. Continuamos la charla un rato más e incluso nos reímos. Me quedo mirando un rato más de tele. No entiendo mucho las tele, la verdad. Lo que menos iba a entender fue lo que venía después. Una de las peores noches que pasé en mi vida. No poder dormir del dolor, dar vueltas, respirar hondo, putear, decirte que pasó poco tiempo, mirar la hora y que no pase nada. A las 8hs. sonaba el despertador para que tome el antibiótico, pero ya estaba despierta. Me levanté gritando, ya ni siquiera con un ritmo aceptable de pasos, me arrastraba. Tomé el medicamento con agua de la heladera y volví a la cama, con la esperanza de que el pronto efecto me de ganas de desayunar más tarde. No, ni más tarde ni más temprano. Hasta las 12 habré estado dando vueltas, medio estática en la cama. Hablando con una amiga que me sugirió que llame a la urgencia médica, imaginarme caminar ya chocaba con mis sensaciones dolorosas. Llamo, son 3 horas de margen en el que pueden venir. Tengo que vestirme y ver si tengo plata en la billetera para pagarles. Cómo me levanto? No sé. $200 doblados en la billetera. Prendo la tele, una vez más. Intrusos. O es el peor día de la historia para verlo o es tan demencial lo que estoy sufriendo que ni Bowie bailando la Cachaca funcionaría como distractorio. Cumplido el horario, llamo para reclamar. Fueron y no estabas. Sí, estoy acá esperando. No te debe andar el celular ni el portero, te mandamos otra vez la urgencia, son 3 horas más. 3 horas. Las de recién pasaron como plomo. No, no puedo más. Le mando un audio a mi amiga, avisándole que me voy, un asomo de llanto. La conmuevo porque nunca me vio llorar (ahora escuchó). Le corto, me paro para ponerme las zapatillas y lloro. Estoy paralizada. El dolor no me deja hacer nada más. Tengo que seguir o me desmayo. Del radio taxi indican 35 minutos de demora. Llueve mucho, no tengo otra alternativa. Me quedo con lo puesto: pantalón de pijama, buzo con manchas de lavandina, zapatillas floreadas, campera, bufanda. En la mochila solo está mi billetera. El taxi viene a los 10 minutos por suerte. Maldito segundo piso por escaleras. El taxista quiere hablar, quiere saber cosas, me meto en el celular y lo ignoro. Solo quiero llegar. Pago y empieza la peregrinación. Las escaleras del sanatorio son enormes. Me siento Alicia, bajo los efectos de mi propio dolor, todo se ve más grande y trabajoso. Pulseras otra vez. Profesionales varios, otro tanto de administrativos. Gritos de partos, espera. Me ven uno, dos, derivación al jefe. Es para internación. Bueno pero que no grite. Nadie viene a buscarme, insisto. No me puedo mantener en pie. Un chico alega supuesto apendicitis. Tampoco vienen por él. Más formularios, mi DNI ya es una baba gramatical. Una amiga me hace chistes por WhatsApp mientras espero. Llega la silla de ruedas. Me hago bolita en la silla mientras subimos al ascensor. Qué te anda pasando? Necesito drogas y que me dejen de preguntar cosas. Noticia: no hay habitaciones disponibles para internarme, voy a cuarto de guardia. Te libero el boliche, flaca, me dice el médico al que le estoy uzurpando el consultorio. Enseguida llega mi amiga, una con las dos con las que venía hablando. Me besa la frente y me dice que tengo fiebre, que si sé algo más. Nada. Se acabó la joda: chau ropa, me quedo solo con una remera gris de estrellitas y a la cama. Toda sábana recién puesta es excitante salvo la de cama de clínica. Es esa comodidad que no se disfruta porque el trasfondo enturbia. Y ahí viene lo gore: llegó el momento de la sonda vesical. 27 años y nunca grité e insulté tanto a dos extraños como en ese momento. Relajate, JAJAJA. Respiro, tengo la boca seca, aprieto las sábanas de la cama como sedante. Me acuerdo de las escenas de películas con heridos de bala, porque sí, para mí así debe de doler. Mi amiga tiene mucha experiencia con estas situaciones por antecedentes familiares, le indica a la enfermera que soy de presión baja, le insiste por un médico porque pasó un rato y nadie vino a vernos. Al fin me medican. Ketorolac, i just called to Say i love you. Algo más me dan, pero estoy tan aturdida del dolor que no puedo prestar atención. Tipo 22 hs. me traen la comida. En mi cabeza imaginaba el pollo hervido del que se habla siempre como “típica comida de hospital”, pero no. Pizza, brochete de pollo y puré de batatas. Postrecito de vainilla. No comí nada en todo el día y tampoco tengo demasiado apetito. Come más mi amiga que yo. Mejor, así se va lista para descansar. Le digo tipo 12 que vaya, tiene que ir a laburar al día siguiente. Mi madre está en camino pero va a llegar muy tarde de Mar del Plata. Antes me mudan de habitación, a una más chica pero con tele, un commoditie esencial según el énfasis de la enfermera. Habitación 24. Quedo sola y trato de dormir. Estoy muy molesta. Todavía jode y mucho. No tengo fuerzas para cambiar de canal, creo que los fármacos me dejarán dormir. Error. Cada 15 minutos miro la tele y veo que el tiempo no pasa más. Están esos programas de concursos donde una chica sofovichesca te da consignas absurdas de fáciles pero siempre todos la pifian. 1, 2, 3. 3.45 hs. llega mi madre. Me ve y contiene el susto. Yo estoy invisible casi. Me agarra la mano y me besa. Se le cae mi teléfono que había dejado desprolijamente sobre la silla. Hablamos dos palabras y esperamos que arranque la ronda y nos vengan a ver, no sé cuánto tiempo pasó, para mí fue mucho. Perdí la cuenta de la cantidad de personas que nos visitaban. Enfermerxs, camillerxs, médicxs, personal de limpieza, encargadxs de llevar la comida, una legión humana traccionando para vos. Creo que la experiencia me lleva de sentirme un verdadero cacho de carne (al entubarme y manipularme con las distintas etapas del tratamiento) a tomar control de vos, y recordar que sos tu propio CEO, por eso hay que cuidar cada región corporativa de tu cuerpo. Viernes al mediodía veo a la ginecóloga y mis cantos gregorianos vuelven a performar nivel The X Factor. La puteada viene con yapa: mi lindo absceso drenó solo y no hay necesidad de operar. Al rato volverán a curarme (la paciencia y delicadeza de esa persona me hizo sentir un bebé con título nobiliario) y deberemos esperar un día más para ver como sigue todo. No, no te vas a ir como una Playboy, eh. Al cabo que ni quería. Para evitar posible trombosis el ángel curador me recomienda que me siente (hace casi 24 hs. que estoy fija en la misma posición). Primer alivio de la semana. Sensación de comodidad, o algo parecido. Merienda: torta de ricota con café o té con leche. Comé tranquila que te mudamos de habitación. Ahora sí, royalty: 911. La referencia numérica me tiene sin cuidado, realmente. La cama es una nave, cama arriba cama abajo cama arriba cama abajo. Tele, placard, ducha (mi linyera interno se sonroja), una cama para la visita, mi mamá está sin dormir así que agradece. Yo también. Hay hasta un escritorio con mesita y dos ventanales que dan justo a la otra torre del sanatorio. Todavía no me animo a bañarme, siento haber perdido el dominio de mi propio cuerpo. Me lavo la cara y cepillo los dientes, vuelta a la cama. Pongo MTV, está Hotline Bling, quién es ese negro? Pregunta mamá. Uno. Me medican. Me siento molesta y ni me acuerdo que ceno. Mentira, si me acuerdo: lasagna de ricota, crepes con arvejas, simil postre Balcarce. Uso un poco el celular, sin mucho estímulo de música ni otra cosa. Intento dormir y casi que tampoco puedo. Mi mamá se desploma sobre el sofá cama. Lloro de la impotencia. Amanezco un poco mejor. Tomo valor y me baño con ayuda de madre. Me vuelve a ver desnuda. Yo te tuve, nena. Bueno pero igual. La sonda no la puedo sostener si quiero ducharme así que mucha opción no tengo. El baño me renueva. El shampoo 2 en 1 del dispenser debe ser algo industrial pero no, prioridades. Que el antitranspirante aleje lo más posible los olores clínicos, vuelvo a la cama con sábanas nuevas. Desayuno una medialuna y una lágrima. Vienen como 7 médicos al hilo. Momento de decirle chau a la dependencia orinal. Warflashbacks. El enfermero es un amor, again, me habla de la facultad, me enternece mucho el recurso de preguntarte por cosas personales sin otra intención que la de olvidarte del mal trago que estás por pasar. No me duele nada. Bien. Sí hago pis by my own me puedo ir a casa. Viene una chica a limpiar y me cuenta que su hijo estuvo internado por tomarse dos Tafirol. 4 años. Qué desesperación, le digo. Una compañera llega y me dice que si estoy cerca del alta que espere a comer así tiene tiempo ella de terminar unas cosas, porque sino la mandan a limpiar enseguida. Le digo que sí, que como rico ahí así que con gusto. Se ríe y se va. Última comida, esta vez elegida por mí dentro del menú que te dan: soufflé de queso, sorrentinos de calabaza y soufflé de dulce de leche. Podemos retirarnos. Me cortan la pulsera de ingreso en recepción, cual bautismo sanitario. Me considero una persona educada pero hacía rato que no decía tantos gracias a la vez. Estoy en casa.

