Ahora antes que nada

Qué me pasa con #NiUnaMenos

Nunca había estado en una marcha. Mejor dicho, nunca había ido a una marcha por voluntad propia. Sorteé varios paraguas pro Nisman saliendo del gimnasio, vi cacerolas sodomizadas, pero eran las circunstancias las que me encontraban a mí, yo no salía a buscar ni a mi conciencia.
Es que no sé si necesitamos una causa por la cuál luchar o es ella la que depende de nosotros.

Ni el apolítico me queda. No tengo fundamentos que respondan a mi rechazo. De chica la política me daba bronca porque era lo que me alejaba de mi papá y mi hermana. De sus conversaciones “de grande”. Cosa seria. Tan ajena como un modismo de una región asiática. Rompecabezas de 5000 piezas. Afecciones nerviosas. Novelas de terror. Política. Ok, ahí me voy yendo. Nunca supe cuándo entrar en el juego. No sabía cuando era “el momento”. Y ahí quedé, en un limpio y peligroso margen. Margen en el que pensás por imitación o ni siquiera te encargás de ponerlo en práctica. La edad y el trabajo me llevaron a leer. A leer. A querer saber. A hacerme preguntas. A darme cuenta de que yo también soy parte. Que los porcentajes de índices y estadísticas están realizados con algunas de mis partículas. A que yo también puedo ser.

La identidad compartida en la que se puede compartir una marcha, el pulsar constante de los bombos, un soldadito acústico sosteniendo los motivos. Sentimientos nuevos, sensaciones que se mezclan con otros y empujan. Piel de gallina. Sonrío de emoción.

Soy mujer. No necesito mucho (nada) más para sentirme identificada. Para tener la empatía del dolor. Para conocer la impotencia de cada número que se suma a la lista de ausencias. Ese otro posteo en Facebook. Otro retweet. Otra vela. Otra fotocopia que estampa postes y cubre publicidades que alientan los primeros aspectos del tema. Un proceso que conocemos mejor de lo que quisiéramos.

Cuando era adolescente había una canción de moda que relataba livianamente el asesinato de una chica. La cumbia del momento era una crónica policial, pero eso no impedía los meneos de la gente en Bariloche. Me costaba creerlo. Aún entonces, antes de que se legitimen los femicidios como tales (mujeres mataron siempre, sólo el crimen cobró una tipología propia, con mucha razón).
La escena era terrible. Como pretender bailar con una voz en off narrando obituarios, pero sacando el mote poético. Cito esta canción porque la teatralización de la tragedia fue el principio de mi despertar (no confundir esta expresión con intenciones religiosas, en ese ámbito ya nací narcoléptica y pretendo conservar esa capacidad divina).

Entiendo la importancia de lo informes oficiales. Estuve presente en el primero y tuve muchas ganas de llorar (por ahora la represión también atenta contra mis lagrimales, mierda). Pero más que los números, son imágenes y palabras las que más me motivan a querer hacer algo con todo esto. Son personas que no se cansan, testimonios que se repiten. Gente que parece creer que es una exageración o peor, que se trata de una situación comandada por dos bandos en los cuales sucede lo mismo. Y sabés que no? Sabés que vos no tenés que adecuar tu forma de vestir al lugar al que vayas, desarrollando una suerte de variables y situaciones para estar más o menos tranquila, sabés también que tus cortos son de fútbol y si se te suben o bajan no va a cambiar tu desempeño en el partido.
Sabés, probablemente, que depredador es el nombre de una película y no el comportamiento posible de tu mirada en la vía pública.
Porque el “algo habrán hecho” o el “qué le dijiste para hacerlo enojar” de algún hijo de puta random se escuchan con más frecuencia que el pronóstico climático.

Yo me enojo y me enojo mucho (siempre me enojo) cuando me dicen “eso no lo puedo hacer, para eso están ellos”. QUÉ? Vos podés. Claro que podés. No fomentes incapacidades culturales. Podés abrir ese frasco, pagar (aunque te quede menos resto) y hasta abrir la puerta. Viste?
Prácticamente todas las divisiones que se hacen respecto al sexo son mentira. Colores, oficios, deportes. 
No tuve a ritos hasta los 13 años. Uno de mis juguetes favoritos era un camión de La Serenísima y en mi casa me puteaban cuando querían tomar gaseosa y no podían porque había cerrado la botella con fuerza. También pedía ser arquera en el handball y solía ganarle a las pulseadas a mis compañeros.
“Qué masculina sos”. No puedo más que cagarme de risa ante esa sentencia que ya conozco de memoria.

Darte cuenta de que podés elegir y que justamente lo que está instalado es lo que tenemos que arrancar (el glosario antikarma me prohíbe la palabra cambio en el texto, al menos en esta instancia) es liberador y como una droguita que estimula, todo el tiempo.

Hay varias personas que no conozco personalmente (algunos ni saben de mí) pero tengo que agradecerles. Porque por ellos empecé a investigar, a cuestionar, a invadirme de impotencia y a la vez entusiasmo. Sin interesarme por lo que hacen no me hubiese enojado con alguien que me dijo “esperemos a que lleguen los hombres”, cuando le comenté que había que cambiar el dispenser de agua, o puteara a un amigo al describir el decálogo de tareas intransferibles de un “macho”.

“Nada gira alrededor de tu pija”, “Yo elijo cómo vestirme y quién me desviste”. Todo lo que vi lo pensé, lo sentí, lo quise gritar. Frases, carteles o miradas que te hacían temblar, esa sensación que es como llover por dentro.

Mi experiencia se traduce en descubrir una obviedad para muchos (pido perdón por no saberlo mucho antes y aprieto la lapicera para decirlo, sí, esto se escribió a mano antes).

Vale la pena. Cada comentario, cada corrección, hacerle ver a los que tenemos cerca que eso que dicen todos los días no está bien y que entienda por qué. Toda observación ante un chiste, porque la licencia que brinda el humor no deja de respaldar cosas terribles. Estas mismas páginas que estoy completando y que luego se transcribirán a la plataforma que se me ocurra. Esto también vale la pena.

Dudo ser el motor de la curiosidad de alguien, pero al menos tengo la fortuna de haber saltado en toda esta máquina de personas que supieron que había que empezar a hablar, porque de entre todos los que estén alrededor siempre, aunque sea una sola, eso que diga le va a quedar dando vueltas. Es ruido. Del bueno. Es ese el ruido que también vale la pena.

Nota: Cuando encaramos Av. de Mayo (un recorrido que hacía todos los días cuando trabajaba en un lugar que me hacía mal, motivo por el que estaba doblemente movilizada) una nena de no más de cinco años se paró en la vidriera de un local que vendía tazas. Había varios modelos: con flores, corazones, hadas con coronas. La nena me miró y le hice cara de no me gusta. Pensé en esos detalles chotos pero también me acordé de mi individual verde escocés que usaba para el jardín y que tenía que apurar el paso porque no encontraba a mi hermana. Pedí permiso y seguí.

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